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Dios no usa terremotos para probar gobiernos

William Sánchez Lenis

domingo, 23 agosto 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Las recientes declaraciones del presidente de Colombia nos invitan a pensar si ¿tanta gente murió para ponerlo a prueba a él y a su gobierno?

Si usted ha tenido la oportunidad de leer más de una de mis columnas, sabrá que mi perspectiva de la fe no es irracional o basada en religiosidad popular, aún menos basada en fanatismo que busque generar aceptación ciega.

Al contrario, siempre en mis columnas he buscado invitar a quien me lee a descubrir ese rostro amoroso, misericordioso y tierno que Jesús buscó mostrarnos de su Padre.

De un momento a otro hace carrera en nuestra sociedad atribuir todo a Dios para evadir responsabilidades humanas o para justificar decisiones no siempre justas, pero que siempre obedecen a un interés y no necesariamente es el de Dios.

Pero hoy no podemos pasar desapercibidas las palabras del primer mandatario de los colombianos respecto de la intención de Dios de que ocurriera un fenómeno natural con consecuencias devastadoras para miles de compatriotas nuestros para, como él lo ha dicho, poner a prueba su gobierno. Las cifras por sí mismas muestran el nivel de devastación y de dolor que ha causado en miles de familias de todos los niveles socioeconómicos de nuestro país. Definitivamente, esa no es la voluntad de Dios.

Como he dicho ya en columnas anteriores a esta y posteriores al terremoto del diez de agosto, los fenómenos naturales no ocurren porque Dios quiera castigar a alguien, para poner a prueba o dar una lección. Menos aún, el número de muertos no quiere ser un mensaje entre líneas de cuán molesto está Dios o de qué tan alejado está de un grupo de personas.

Hay quienes promueven esas afirmaciones, y lo peor, se hacen llamar líderes religiosos, y por eso muchas personas les creen, pero no son más que falsos profetas, verdaderos mercaderes del miedo, que buscan generar en la población desesperanza para después ellos venir a decirles cómo hay que hacer las cosas para que, según ellos, Dios los vuelva a bendecir.

Pero un edificio no se cae porque Dios lo tumbe, un edificio se cae por un error o una negligencia humana, una licencia que no se debió dar, un análisis que no se hizo, una especificación técnica que no se siguió, un mal material. O cualquiera de las múltiples causas que una investigación técnica deberá determinar. que nada tienen que ver con la voluntad de Dios.

Pensar que una edificación se cae por voluntad de Dios es evitar la conversación incómoda de las responsabilidades humanas en el proceso de construcción en nuestro país.

En ese mismo orden, decir que en los planes de Dios está poner a prueba a una persona o un gobierno mediante un suceso tan doloroso es, cuando menos, desafortunado. Podemos buscar el rostro de Dios en medio de tanto dolor, pero atribuir a Dios la tragedia ya es otra cosa.

El rostro de Dios lo encontramos en cada hombre y mujer que desde el minuto cero han corrido en ayuda de otras personas de las cuales no saben ni su nombre, movidos únicamente por ese deseo genuino que nace en el corazón de ver al otro como un semejante, como un igual, como un hermano en medio del dolor.

Los incansables gestos de solidaridad de personas que dan desde lo más pequeño hasta lo más grande, con el mejor de los deseos de ir en auxilio de otros; la vocación de servicio de bomberos, rescatistas, paramédicos y un sinnúmero de seres humanos que hasta ponen en riesgo su integridad por salvar una vida.

La naturaleza sigue y seguirá su curso. En la medida que estemos preparados para los efectos de los acontecimientos naturales, podremos salir menos lastimados, pero también es la oportunidad para evaluar cómo vemos al planeta en que habitamos. ¿Es nuestro hogar o algo que domesticamos y tratamos como queremos sin ninguna consecuencia?

Nosotros no somos dueños de la naturaleza. Este planeta no nos pertenece en el sentido de capital que tanto se promueve; de vez en vez, la naturaleza nos recuerda que acá estamos, como se dice en el argot popular, de prestado. Esa es también parte de la conversación incómoda que debemos tener como sociedad, no solo evaluar las normas y su cumplimiento respecto de la prevención, además es nuestra visión del mundo en que vivimos.

Definitivamente, Dios no necesita generar una tragedia para hablar con nosotros.