Saltar al contenido

El coronel en Ciudad sobre letras

ARCHIVO: LA CRÓNICA DEL QUINDÍO.

José Nodier Solórzano Castaño

jueves, 25 junio 2026

COMPARTIR LA NOTICIA:

Cuando alguien quiera saber por qué la poesía, los relatos y los cuentos brotan en las aceras de mi pueblo, es muy fácil responderle: porque desde la fundación del municipio tuvimos claro que la educación humanística y el arte no son variables decorativas en un currículo.

Es lo mismo que pensamos quienes fundamos los encuentros de escritores y escritoras Luis Vidales en Calarcá o el Carmelina Soto en Armenia, es decir, que solo la pedagogía extendida en el tiempo, duradera y resistente, puede vacunarnos contra la ignorancia y la crueldad. Y aun así la vacuna puede fallar, como ocurre cuando miramos ciertas patologías sociales en nuestro entorno.

Educadores como José Jota Bustamante, Humberto Jaramillo Ángel, Doña Mariela Bermúdez, Agripina Restrepo de Norris, doña Ruby Giléde, Gonzalo Gutiérrez, Julio César Prieto, Luz Dary Galvis, Baudilio Montoya, Bernardo Ruíz, Elmer Marín, y tantas otras mujeres y hombres, nos enseñaron con su ejemplo que buena parte de la respuesta a las incertidumbres de la cotidianidad estaba, está, en los libros, en las revistas, en la lectura. En la solidaridad, compasión y empatía, y mundos alternos, que nos entregan la ficción o la historia.

Un hijo de ese mundo, humanístico, es el coronel retirado Julio César Prieto. Es un militar, investigador y autor colombiano destacado por su lucha contra el paramilitarismo en el departamento de Santander. Como comandante del Batallón Luciano D’elhuyar entre 2003 y 2005, adelantó acciones contra estructuras armadas ilegales y posteriormente aportó testimonios y pruebas en procesos judiciales relacionados con la parapolítica.

Le también: Tintortulia “La No Violencia de Gandhi”, una experiencia cultural, esta semana en Teatro Azul

Su obra más conocida, Desenmascarando al hombre que mató a Pablo Escobar, documenta presuntos vínculos entre dirigentes políticos y grupos paramilitares, convirtiéndose en una referencia para el estudio de la violencia política y la memoria histórica regional. Su trabajo combina testimonio e investigación histórica.

Julio César escribe, en la serie Ciudad sobre letras, cómo se hizo lector, cómo se creó él mismo como escritor y nos recuerda a esos maravillosos educadores, como su papá, en nuestro terruño.

 

Calarcá, mi primera página

Julio César Prieto Rivera

 


Mi relación con la lectura comenzó en Calarcá, esa tierra quindiana que llevo sembrada en la memoria como se lleva la infancia: con gratitud, nostalgia y amor. No fue una relación abstracta. Nació en un lugar, en una época y bajo la guía amorosa de mi padre.

Mi niñez y mi juventud, antes de ingresar al Ejército Nacional de Colombia, transcurrieron en la Calarcá del segundo lustro de los años sesenta, durante la década del setenta y en los primeros años de la década del ochenta. Fueron tiempos de calles conocidas, vecinos cercanos, colegio, juegos y aprendizajes que quedaron grabados para siempre.

Viví en barrios que hacen parte de mi memoria más íntima: Las Américas, El Laguito y El Cacique. Esos nombres no son simples puntos en el mapa urbano. Son escenarios de formación, afectos, primeras amistades y esa vida sencilla que va moldeando el carácter.

Allí, entre las montañas del Quindío, el aroma del café y maestros que dejaron huella, tuve mis primeros encuentros con las letras. Aprendí a leer de la mano demi padre, quien falleció hace 26 años y cuya memoria sigue viva en cada una de mis páginas. Él fue un profesor consumado, un educador de profunda vocación, que dedicó buena parte de su vida a enseñar en colegios del Quindío.

En él encontré al padre que orienta, corrige y acompaña, y también al maestro que entiende que leer no es juntar sílabas, sino abrir ventanas hacia el mundo. De aquellos años recuerdo los cuadernos, las cartillas, las tareas escolares, las explicaciones pacientes y esa forma suya de convertir una palabra en camino.

También recuerdo mi primer viaje como lector: Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. Lo leí en la década del setenta, siendo un muchacho  de Calarcá, y aquel libro me llevó, desde mi pueblo, a navegar mares imaginarios, a conocer al capitán Nemo y a descubrir que una página podía transportar más lejos que cualquier camino.

No puedo separar mis primeras letras de Calarcá. Allí estaban la casa, la escuela, los barrios, los amigos, los maestros, las conversaciones de familia y ese ambiente cultural que fue formando una sensibilidad. En los pueblos, muchas veces, la literatura no llega primero por las bibliotecas, sino por la palabra hablada: por las historias de los mayores y por esa manera tan nuestra de recordar el pasado a través de la voz.

Mi vocación por escribir llegó después, en otro escenario: el Ejército Nacional de Colombia. Durante muchos años serví al país desde la vida militar, y en ese camino acumulé experiencias que marcaron mi existencia. Viví momentos tristes, buenos, heroicos, jocosos y dolorosos. Conocí regiones, comunidades, soldados, familias, sacrificios y silencios que muchas veces no son comprendidos por quienes observan la historia desde lejos.

Llegó un momento en mi vida en el que sentí que todo aquello no podía quedarse únicamente en mi memoria personal. Comprendí que esas experiencias debían ser contadas y preservadas. No por vanidad ni por deseo de protagonismo, sino por una convicción profunda: hay historias que, si no se escriben, terminan perdiéndose; y cuando una sociedad pierde sus historias, también pierde parte de su conciencia.

Así nació mi inclinación por la escritura. No apareció como un ejercicio literario, sino como una necesidad de testimonio. Escribir se convirtió para mí en una forma de ordenar la memoria, reconstruir hechos, dar contexto y dejar constancia de realidades que forman parte de la historia reciente de Colombia.

Por eso mi trabajo literario se ha orientado hacia la no ficción, con énfasis en la memoria histórica del país. Me interesa narrar hechos reales, investigar, documentar y ofrecer al lector una mirada que le permita comprender mejor los acontecimientos. La escritura, en mi caso, no es evasión de la realidad, sino aproximación a ella. Es una manera de servir desde otro lugar, ya no desde el uniforme, sino desde la palabra.

Calarcá tiene mucho que ver con ese camino. Aunque la vocación de escribir maduró en mi vida adulta, las raíces están en mi pueblo natal. Allí aprendí a mirar, a escuchar, a recordar. Allí recibí las primeras lecciones de lectura de mi padre. Allí comprendí que las palabras tienen poder para formar, unir, explicar y honrar.

Considero que Calarcá sí es una ciudad de letras. Lo es por sus escritores, maestros, lectores, cronistas, tertulias y tradición cultural. Calarcá no solo ha sido tierra de paisaje y café; también ha sido tierra de pensamiento, sensibilidad y palabra.

Hoy entiendo que mi vida empezó con mi padre, en los barrios de la Calarcá de mi infancia, y que mi vida como escritor nació de la necesidad de contar aquello que el país no debe olvidar. Entre una cosa y la otra hay un puente invisible: la memoria.

Por eso agradezco esta invitación. Me permite regresar a las calles, a los barrios y a la tierra donde comenzaron mis primeras letras. Escribir también es una forma de volver al origen. Y para mí, ese origen tiene nombre propio: Calarcá, Quindío.