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La transformación de las ventanas, postigos y cortinas de las casas de bahareque refleja los cambios que ha vivido la arquitectura tradicional de este municipio quindiano.

Uno de los aspectos más singulares de las casas de bahareque (construcciones estas que sustentan el Patrimonio Arquitectónico, uno de los atributos del Paisaje Cultural Cafetero Colombiano) corresponde a las ventanas sin balcón. Este detalle, logrado por los constructores iniciales, se ha venido modificando, debido a una refacción equivocada, que altera la tipología de dichas viviendas. Pues esa parte de la casa, en su fachada original e histórica, y especialmente en la de dos plantas, ya presenta balcón corrido. Esa añadidura se ha venido haciendo, desde hace unas tres décadas, desfigurando la arquitectura vernácula.

A las ventanas se les ha aumentado, en los últimos tiempos, un balcón extenso. El resultado es la configuración de una tipología extraña, que se identifica más con lo colonial. De ahí que gran parte de la información turística que se transmite invita a nombrar ahora a la arquitectura del Eje Cafetero con una denominación equivocada. Constantemente se dice que los municipios del Paisaje Cultural Cafetero cuentan con casas coloniales, olvidando que el nombre correcto de su arquitectura tradicional es el “de la colonización”. Algunos expertos también la denominan “de las colonizaciones”. La razón de tal equivocación es fundamentalmente por desconocimiento histórico. Porque la mayoría de los pueblos del Eje Cafetero nunca pertenecieron a la época llamada Colonia, y eso lo demuestran sus primeras casas, construidas hace siglo y medio por inmigrantes de diferentes partes de Colombia, pues son viviendas que se adaptaron al medio montañoso, creando nuevos espacios de lo que hoy se conoce también como una “arquitectura temblorera”. Su fortaleza, el bahareque, es la de soportar movimientos sísmicos y evidenciar rasgos propios de una vida sencilla.

Si bien se nos habló, durante mucho tiempo, sobre la “colonización antioqueña”, muchos de los fundadores de estos pueblos provenían de otros lares. Las ventanas de sus casas de bahareque han sido rasas desde el primer momento constructivo. En algunos casos, y eso lo vemos todavía en Filandia, Salento y Circasia, la ventana del segundo piso va con un balcón pequeñísimo, que obedecía más al ingenio del constructor, pero no al deseo de lograr la funcionalidad de asomarse constantemente. A esas ventanas con reducida salida se les llama también de “falso balcón”.

Además, algunas puertas de las casas de una sola planta tienen ventana incorporada.

Pero lo que nunca falta en la ventana del segundo piso es el postigo. Este detalle, creado por los constructores, es una respuesta a lo cultural y al manejo del medio ambiente. Pues el aire que entra ventila el interior de la vivienda, por eso algún postigo permanece abierto. Las ventanas rasas o de falso balcón tienen dos postigos, los que se entreabren lentamente, originando esa acción que se conoce con el verbo “postigar” o “postiguear”.

Los dos postigos son ventanas pequeñísimas, cada uno en la parte superior de las dos alas que conforman la ventana grande. Se abre toda para que entre iluminación al interior de la casa.

Aunque también se dio el caso de colocarle postigo a alguna puerta. Y es en Filandia donde sobrevive una de ellas. Esa “puerta postigo” está ubicada en el primer piso de la única casa de bahareque de dos plantas de “la calle del Hospital”.

El postigo fue el mejor invento de la historia constructiva, en el proceso de levante de las casas de bahareque. Obedecía más que todo a la humildad de la estructura, oponiéndose a la opulencia de las casas coloniales, las que ostentan siempre balcón corrido. En el argot popular, vinculado al concepto de “zoociedad” (las relaciones simbólicas entre el hombre y el animal), se habla que las casas con balcón sirven para “pavonearse” (el comportamiento del pavo real). Mientras el rol de los moradores de la casa de ventanas rasas se acerca más a la actitud de guardarse al interior de la casa, lo que se traduce en asumir la respuesta del topo que se guarda en su madriguera.

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Pero llegó en algún momento – y sobre todo por el desarrollo del turismo que no consulta la historia – la tendencia de construir balcón extenso. Con ello se perdió el sentido tradicional de mantener una rasa y sencilla arquitectura, pero también una modesta condición de vida. Aunque también es cierto que la evolución actual de las casas de habitación no puede ir en contravía de las innovaciones transformadoras que se dan, en lugares y municipios cercanos, y son emuladas por los vecinos. En otras palabras, el constructor contemporáneo copia los nuevos aportes de ornato que incluyen el balcón. Porque la percepción de la mayoría de los habitantes es que el balcón luce hermoso, siendo el mismo criterio de los turistas que visitan por primera vez un municipio del Eje Cafetero. Al materializarse el balcón se acercan a la identificación con lo colonial.

A pesar de la pérdida paulatina de las casas de bahareque, en su presentación original de ventana rasa, lo primordial es que ha quedado en el recuerdo la imagen de las abuelas, asomándose tímidamente a través del postigo. Y eso marcó una actitud de recogimiento familiar hacia el interior y corazón de la casa. Y no de abrirse al exterior, como ocurre con el balcón de la casa colonial. Cuando estos pueblos del Eje Cafetero eran tranquilos y pocas personas llegaban de visita a sus plazas, las abuelas abrían lentamente esas pequeñas ventanas (postigaban) para enterarse de lo que pasaba en el exterior, especialmente cuando el forastero recorría las calles desoladas.

Hoy es diferente el panorama, pues ya no se abre el postigo. Con un balcón de tipo colonial adicionado a la casa, los moradores se ubican en ese espacio amplio para abrirse al mundo. Con ello se modificó la vida tradicional de estos municipios. La armonía familiar se fortalecía hacia el interior del hogar y nunca se pensó que un balcón extraño eliminara tal intimidad.

A ese elemento importante llamado postigo se le adicionaba un elemento de ornato muy bello. Era la cortina de color blanco, de bordados de crochet y de tonos pastel. Y, últimamente, la de variados colorines. Hacía juego con otro elemento interno de la casa, que es la colcha de retazos.

Pero las cortinas de los postigos y de las puertas ventana también vienen desapareciendo paulatinamente con el influjo de un turismo avasallante. Hoy ya han quedado en el recuerdo las cortinas de Filandia, el municipio que más las lucía.

Dos cortinas siempre llamaron la atención en Filandia. En la esquina de la carrera cuarta con calle sexta, en una sencilla casa de bahareque, ya demolida, su color azul en la fachada siempre fue la constante cromática. En esa sencilla vivienda funcionaba una tienda. La entrada principal era en realidad una puerta ventana. Sus dueños cambiaban constantemente la cortina que se colocaba en la parte superior. Tuvieron el cuidado de variar en sus tonos, pasaron de un blanco inmaculado a los de varios colores; era la más admirada por los transeúntes.

Sobre la calle primera, entre carreras cuarta y quinta, la pequeña ventana de una casita humilde de una planta se embellecía con la cortina más colorida que se haya admirado en Filandia. Era el primor de los que pasaban frente a su vetusta pero muy cuidada fachada. La cortina fue colocada hasta el año 2020, pero después de esta fecha desapareció este adorno tradicional. La casa sigue en pie y se recuerda como que fue la más vistosa del paisaje urbano. Todo gracias a su cortina del recuerdo.

Ya es la cortina del postigo o de la puerta ventana un elemento de antigua decoración que, en adelante, solo se podrá conocer por las fotos y por los suspiros que ellas inspiraron. Desaparece también y pasará a la cámara del recuerdo de cada habitante.

Si la tendencia de modificar lo arquitectónico vernáculo sigue con tanta velocidad, seguramente, hacia el futuro también desaparecerá el postigo.