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En Filandia crece la preocupación por la posible demolición de dos símbolos históricos del municipio, decidida sin evaluaciones técnicas claras.

Filandia, mi tierra natal, por estos días de finales de septiembre de 2026, se ha llenado de desesperanza y de incertidumbre, por avisos de demolición de dos de sus construcciones simbólicas más importantes, el Mirador Colina Iluminada y la hoy llamada Casa del Artesano.

Lo más lamentable es que tal decisión ha salido del despacho del señor alcalde municipal, sin que se evidencien las primeras evaluaciones técnicas que comprueben el estado estructural lamentable, y que justifiquen llevar a esa decisión demolitoria.

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Tampoco se ha acudido al conocimiento de los antecedentes históricos de los dos hitos constructivos. Porque pareciera que solo importa esgrimir un presunto estado de daño sufrido después del terremoto del 10 de agosto, para desembocar en dicha acción.

Y es que se ha vuelto cotidiano en Filandia que se ignore el recorrido histórico de sus casas de bahareque y de sus símbolos constructivos. Las últimas generaciones ya no se preocupan por conocer quiénes fueron los fundadores del municipio y cómo se han desarrollado los procesos culturales de este pueblo que se apresta a cumplir 150 años de vida.

La Torre Mirador Colina Iluminada y la llamada Casa del Artesano son símbolos que representan, el primero, el auge del turismo y, el segundo, parte de la vida institucional del municipio en su ámbito educativo. Es irresponsable que, sin tener en cuenta las historias de ambos sitios, se emitan conceptos que puedan llevar a la desaparición de tan destacados hitos de la memoria.

EL MIRADOR COLINA ILUMINADA

Detrás de esta torre construida en el año 2007, de mangle rollizo, madera resistente que fue traída desde San Bernardo del Viento (tierras del departamento de Córdoba), todos los filandeños tenemos anécdotas para contar, cuando éramos niños, y vivencias para recordar cuando crecíamos en los impulsos de nuestra adolescencia. Hasta este sitio donde se construyó el Mirador -el más alto de los contornos del municipio-, llamado entonces “Cerro El Bizco”, subíamos a elevar cometas. Pero también nos disponíamos a visitarlo con nuestras enamoradas para contemplar el paisaje. Pues era la única panorámica que nos ofrecía -todavía lo hace- una amplia vista de los bosques de Barbas y Bremen, las montañas del oriente, las colinas circundantes y los perfiles urbanos de varios municipios, incluyendo el más cercano de Filandia.

Dábamos vueltas hasta caer exhaustos, embriagados por la panorámica inacabable, mientras nos extasiábamos con los atardeceres y el sol de los venados. Sin olvidar que muchas veces subíamos para tener una mejor visión del cerro Morrogacho y la corona blanquecina del nevado del Tolima.

Fue diseñada por el arquitecto Jaime Botero Medina y su altura total es de 27.5 metros. El mirador consta de una planta baja y nueve niveles desde los cuales se pueden observar alrededor de 16 municipios de los departamentos de Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío, sitios naturales y referentes históricos y culturales.

Pero este sitio también se enraiza en la historia más antigua. Conocemos una fotografía, dentro de un conjunto de registros que alguien tomó en la década de 1920, que nos muestra el perfil urbano no tan poblado de Filandia, donde se destacan, en la lejanía, las torres del templo religioso antiguo.

En la década de los años 40 ocurre algo que marcaría la importancia del cerro. Un sacerdote sueña con la construcción de un monumento religioso en su cumbre. El padre Antonio José Valencia recibe la donación de una franja de terreno para construir su proyectado Cristo, una imagen que marcaría el fervor religioso católico. Pero el traslado del sacerdote a Pereira, y luego a una pequeña población de Caldas, hizo que tal proyecto se gestara y se cristalizara en este último municipio. Pues el imponente Cristo de Belalcázar fue ideado para que se entronizara inicialmente en el sitio de Filandia. Pero el destino tenía marcado otro propósito para la hermosa colina “El Bizco”.

En los 80 aparece otro soñador, un campesino llamado Flaminio María Parra Galindo. Como todos los filandeños lo hacíamos, este boyacense habitante de la Vereda “La Palmera”, también subía al cerro para enseñorearse con el paisaje. Contemplando la maravillosa vista que se expandía, comenzó a soñar con un Mirador. Durante muchos meses visitó estancias oficiales, habló con gobernantes y presentó su propuesta de una torre que se elevara hacia las alturas. No pudo ver su sueño cumplido porque murió antes de levantarse el Mirador Colina Iluminada.

A principios del siglo XXI se cristalizó el sueño de don Flaminio. Desde antes del año 2007, ya se habían diseñado los bocetos para un gran Mirador, que comprendiera varias estaciones turísticas. Cuando se realizaron las remociones de tierras se encontraron evidencias arqueológicas, una descomunales lajas de piedra, que los pueblerinos llaman tumbas de cancel y los arqueólogos las denominan estructuras líticas.

Son detalles que hacen parte de la historia fabulosa, la que también pudo haberse dado en la época prehispánica, porque desde esas alturas tal vez los indígenas contemplaban las montañas y realizaban ceremonias dirigidas a las deidades y espíritus de la naturaleza. Las evidencias de piedra del Cerro El Bizco, desafortunadamente, fueron diseminadas y despreciadas, dejándose esparcidas en las laderas de la colina.

19 años cumple la misión turística del Mirador Colina Iluminada. Pero todavía son muchos los colombianos y extranjeros que no han podido subir hasta el último nivel de esta portentosa torre. La cual encierra otras historias relacionadas con su diseño y con los detalles visuales que se ofrecen al caminar sobre sus tablados, en 360 grados de su panorámica.

Además de la visual del sector urbano de Filandia se pueden observar las cumbreras de yarumos del bosque de Bremen, las casas del barrio San José, las terrazas arqueológicas, el cementerio María inmaculada, los detalles de la vía a Quimbaya, los verdores de la Vereda Argenzul y el Alto del Silencio, la lejanía del valle de Cocora. Además se ofrece información sobre otros aspectos históricos como el Tesoro Quimbaya, la historia fantástica de la “cometa de Chun”, detalles de la película “Milagro en Roma”, el relato del Camino del Quindío, la mención sobre la novela “Allá te espero”, la calle de la Pista y la información sobre los principales canasteros artesanos del pueblo, en una plazoleta proyectada llamada “Un tejido artesano”.

Las fotografías de la torre, en medio de brumas, con vista al atardecer y en todo su esplendor son compartidas por los turistas para invitar a la visita permanente a este atractivo de Filandia.

LA CASA DEL ARTESANO

No es su nombre original desde 1910, cuando se construyó. Se levantó para completar una serie de escuelas que el gobierno departamental de Caldas entregaba a las comunidades. Y, entre otras cosas, para celebrar el primer centenario del grito de independencia. Siempre se conoció esta casona como la escuela de niñas. Años después se le añadió el nombre del Libertador. La escuela de niñas Simón Bolívar era, junto con la escuela Felipe Meléndez y el colegio Sagrado Corazón de Jesús de las religiosas bethlemitas, la tríada de instituciones educativas de nuestro pueblo querido. Ese cariz se conservó hasta que llegó el turismo y la gran construcción cambio de destinación para otros fines.

Las niñas que retozaron por sus amplios corredores, en el primero y segundo piso, ya no están para contarnos sus historias. Y para hacernos ver cómo era la cotidianidad de la enseñanza. O para hacer remembranza de sus preceptoras, el título que se daba a las maestras en esas décadas de gloria educativa. Solo quedan las ruinas de su patio interior y, en el costado occidental, algunos vestigios de sus instalaciones sanitarias.

En el año 1998 el profesor Guillermo Trimmiño y sus estudiantes de las universidades de La Salle y América de Bogotá visitaron el municipio para hacer un inventario del patrimonio arquitectónico. En la ficha correspondiente a la Casa del Artesano consignaron que “el inmueble mantiene su arquitectura original y ha tenido alteraciones, pero se puede recuperar”. Pero advirtieron que en algunas partes de la casa, el cielo raso es de triplex y está muy deteriorado y que las divisiones de habitaciones en madera necesitan intervención, además de evidenciar un abandono total de la edificación.

Llegó el terremoto de 1999 y su posterior intervención, la cual fue adelantada por una profesional de Filandia, la ingeniera Norma Cadavid, quien la hizo siguiendo las normas de conservación, atendiendo las recomendaciones de los especialistas en ese momento histórico, para el mejoramiento de las casas de bahareque que habían sufrido con el terremoto.

De la Escuela de Niñas solo quedan algunas constancias de certificaciones que conservaron las abuelas, para recordar los mejores momentos de su infancia. Precisamente, se cuenta con un reporte de calificaciones de 1933. Lo conservó con celo una niña que luego sería la pintora más famosa de Filandia. Su nombre, Olga Alba, pero mejor conocida en el mundo artístico como Olga de Chica. En esa constancia aparecen las denominaciones de las asignaturas que, en su segundo grado de primaria, las infantes recibían en el centro educativo.

Se alcanzan a leer las calificaciones de las cátedras de Religión, Historia Sagrada, Lectura, Aritmética, Dibujo, Escritura, Geografía, Historia Patria, Historia Natural, Gramática, Redacción, Instrucción Civica, Ortografía, Física, Higiene, Trabajos Manuales, Gimnasia, Canto, Cosas, Corte y Culinaria. Y también se consignan el número de faltas en el año con excusa, como el dato sobre las faltas en el año sin excusa. El final del reporte da una información sobre la situación de calificación que podría llevar a la estudiante a reprobar, aplazar o aprobar. O calificar de notable y sobresaliente el comportamiento de la alumna.

El valioso documento nos consigna quiénes fueron sus preceptoras en ese momento. Otras referencias bibliográficas nos han relatado también quiénes fueron otras preceptoras en los años posteriores y quiénes se destacaron como directoras. Y, claro está, dentro de las primeras se destacan las hermanas bethlemitas y, dentro de las segundas, esta edificación dejó la marca del recuerdo de doña Esther Marín de Peláez, quien fue la directora que más persistió en la vigencia institucional de esta casa de enseñanza, la que hoy puede relatarnos la historia más antigua de Filandia. En la tarea pedagógica, en los años 60, doña Esther contaba con la colaboración de otras profesoras, entre ellas Nelly Valencia, Consuelo Tangarife, Melba Inés Ospina (actualmente insigne poeta), Gilma Ocampo y Edelmira Cortés viuda de López.

Desde la refacción adelantada en la época posterremoto de 1999, cambia la destinación y esta gran casa albergó muchas instituciones oficiales. Porque sus maderas añejas y sus amplios salones siempre han ofrecido resistencia de materiales. Es un placer caminar por su corredor del segundo piso, y hasta correr, para llegar al otro extremo. O bajar las escaleras hasta la primera planta. Lo hacemos mientras crujen sus centenarias tablas y se respira historia. Antes de una remodelación indebida que se efectuó, al entrar a cada uno de sus salones, captábamos la atmósfera de los recuerdos, escuchábamos otra vez las griterías infantiles y la voz recia de sus profesoras, frente a las alumnas. Lamentablemente, en meses pasados, la separaciones estructurales entre los salones fueron retiradas y hoy vemos un gran espacio en el segundo piso, que no corresponde a la organización física que idearon los pioneros carpinteros.

Desde el exterior, esta casa infunde respeto. No solo por la vista que ofrece desde la calle de la Cruz. Sino, también, por la apreciación de las ventanas auténticas de Filandia, que se perfilan a lo largo de la fachada del segundo piso, sobre la carrera quinta. Son los aspectos arquitectónicos más fidedignos, porque todavía tiene esta casa las ventanas sin balcón, los verdaderos testimonios de la arquitectura de principios del siglo XX.

Desde los años 90, esta casa albergó, entre otros, al Archivo Histórico y Fotográfico que había organizado don Jorge Arango Gutiérrez. También se exhibió, desde finales de esa década, una maqueta que había ganado un premio nacional como el “Bien Local” más importante de Colombia, mérito que obtuvo en un concurso nacional, organizado desde el Programa “CREA, Una Expedición por la Cultura Colombiana”, en el año 1997, a instancias del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura). Representaba en madera la miniatura de la plaza principal y había sido elaborada por dos artistas del pueblo, Luis Gonzaga Peláez y Conrado Angel. Lamentablemente, el descuido hizo que este aspecto del Patrimonio Inmaterial filandeño se deteriorara poco a poco, pues de ella solo quedan los pedazos.

Una historia importante para contar es la del “Centro de Interpretación Interpretación del Bejuco al Canasto”, un museo interactivo que comenzó a funcionar desde el año 2007, cuando la cestería de bejucos fue declarada Bien de Interés Cultural Intangible del Quindío, a través de la Ordenanza número 032 del 16 de octubre de ese año. Funcionaba en los amplios salones del primer piso, donde la fundación territorio Quindío se encargó de elaborar el guión y hacer el montaje del museo interactivo. Por orden de la alcaldía fue desalojado En días pasados para acordonar el inmueble.

Siempre llamó la atención la reproducción de un bosque nativo, donde se podían ver los bejucos y lianas enredadas, que los bejuqueros recogen en los bosques cercanos como materia prima para elaborar los canastos. Era uno de los museos más importantes del departamento, porque destacaba el arte de la cestería de bejucos, la actividad más importante que ha tenido el municipio a nivel de Patrimonio Inmaterial.

No es justo que estos detalles sean abolidos por una decisión gubernamental que, sin contar con lo que representa el recuento de ellos, se tome a la ligera. Porque, demoliendo este importante edificio histórico, también se suprime algo que tiene Filandia, entre pocos municipios del Eje Cafetero. Es la única evidencia de tapia pisada de una casa en su primer piso. Ello nos cuenta otra historia, la arquitectónica, que tuvo que ver con los principios del desarrollo constructivo heredado de los colonos fundadores.

Dos tapias más se demolieron en el pasado, estaban en las casas correspondientes a la esquina donde hoy se encuentra el Banco Agrario y en la actual casa de doña Irene López (como siempre se le conoció históricamente) y que hoy conserva el único balcón corrido original del municipio. Hay que tener en cuenta que la otra evidencia de tapia de Filandia se encuentra al interior de la pared norte del templo principal María inmaculada.

Ojalá se reconsidere la medida de demoler estos dos monumentos. No es justo para los filandeños, y tampoco para los nacionales, que se derrumben sin ninguna consideración. Porque al hacerlo, especialmente, con la Casa del Artesano, se destruiría el comienzo de la cuadra mejor conservada en bahareque que tiene la población.

Es la que se levanta desde la esquina de la calle sexta, hasta la esquina de la calle quinta, sobre esa carrera cuarta, la misma vía que fue llamada en el pasado la calle Bolívar. Porque por allí entró el Libertador en 1830, cuando Filandia no existía, pero todavía estaban sus caminos ancestrales, sus colinas verdes rodeadas de bosques y los trazos del Camino del Quindío.