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Don Israel Román fue el propietario de una singular tienda peluquería que durante décadas se convirtió en punto de encuentro, memoria y muestra de las tradiciones de antaño en Filandia.

En la esquina de la carrera cuarta con calle cuarta de Filandia, hasta el año 2020, funcionó la última versión de peluquería inmersa en una tienda. Y es que era un local de fantasía. Para ingresar en ella, nadie se resistía a detenerse, como transeúnte, o en el recorrido por vehículo, cuando se dirigían a la población de Quimbaya.

El negocio era atendido por su propietario, don Israel Román, uno de los últimos patriarcas del municipio, que murió este miércoles 16 de septiembre a muy avanzada edad. La descendencia de la familia Román Peláez es muy extensa. Otros de sus miembros notables fueron don Salomón, el hermano de don Israel, quien era comprador de café, comerciante y, ante todo, un filántropo, muerto en el año 2010. Lo mismo que su hijo, José Horacio, quien falleció el 14 de marzo de 2026.

Don Salomón vivía con su familia en una gran casa de bahareque de dos plantas, en el sector de la “calle del tiempo detenido”, pero que hoy ya ha sido totalmente refaccionada para la apertura de un centro comercial y un restaurante.

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La tienda peluquería de don Israel fungía como una muestra histórica singular. No solo estaba la silla añeja del peluquero, en la que tantas veces don Israel motiló a sus paisanos, y a mí también. Esa silla era el centro de interés. Lo eran también cada uno de los componentes de la tienda, como remembranza de aquellos elementos que la surtían, colocados ellos en estantes de madera que él había armado en la pared interna.

De tal suerte que los clientes entrábamos y observábamos el acumulado de diferentes productos, la mayoría de ellos correspondientes a las épocas pasadas. Acto seguido, nos sentábamos en alguna de las cuatro sillas de vaqueta que tenía el mobiliario del teatro Bengala en los años 50. Mientras tanto, saboreábamos un confite, que amablemente era ofrecido por el tendero peluquero. Así se matizaba el momento más recordado de ese lugar, con el recuento de pequeñas historias que salían de los labios del singular personaje, el que nunca olvidaremos los filandeños.

El viejo, en el año 2020, tomó la determinación de retirarse al interior de la sencilla casa de una planta, de más de cien años de antigüedad. La construcción de fina madera es una de las pocas que no ha sucumbido a la destrucción de los conjuntos patrimoniales de bahareque. Pues ella, y el resto de inmuebles de la cuadra, fueron parte crucial en la dinámica comercial de las primeras décadas del siglo XX, ya que en ese entorno estaba la plaza de ferias. Era llamada entonces la calle de la pista.

Al tomar la determinación de descansar, don Israel escogió la mejor opción, el disfrute con su núcleo familiar.

El ambiente del establecimiento se transformó, mutó de tienda a pequeño estanquillo. Clausurado el espacio, también se confinó lo vernáculo, como que el paisaje urbano perdió uno de las manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial más bellas, la que hacía de esa calle un factor de identidad.

Cuando funcionó la tienda peluquería, don Israel permanecía tras el mostrador, con acceso visual a la sala de recibo improvisada que él dispuso, para que fuera el pequeño espacio social. De tal suerte que su negocio de tienda peluquería también derivó en el de un punto de encuentro para la charla amistosa.

La sensación de permanecer en una tienda de antaño lo producía también el cúmulo de objetos que colgaban del techo. Recuerda ello el nutrido surtido de la tienda tradicional del pasado, donde todo tipo de cositerías y mercaderías se veían por todas partes. Pendiendo del cieloraso, en las paredes, en el piso o en cualquier rincón, se colocaban los artículos para la venta.

El viejo recreó el espacio, para dar cabida a la mayor parte de las bagatelas de la tradición. Alcanzamos a ver la vitrina que guardaba la parva, los suspiros o merengues, los caramelos y las cucas para saborear con un vaso de leche. En los frascos de vidrio, las delicias dulceras invitaban a dar rienda suelta al deseo goloso. Guardaban en su interior mentas, confites y bananas, además de las sabrosas “manzanitas” (dulces con base de panela y coco), la especialidad del local.

Como toda tienda de fonda, algunos productos de aseo, arriería, del agro y otras variedades atiborraban los estantes. A la derecha estaba su espacio, el del oficio peluquero con la silla giratoria, su repisa, toallas y los implementos para corte de cabello y barbería. Un espejo de marco metálico, que comúnmente llamamos gabinete – donde aparecía un aviso que decía “corte de pelo a 4000” – no podía faltar. Porque allí guardaba los preparados de perfumería, agua florida de Murray, lociones refrescantes y las cuchillas de maquina de afeitar.

Pero la atracción de la tienda peluquería de don Israel se disponía en el pasillo, a un lado de las sillas de vaqueta. Tal cual un aire de anticuario, allí estaban algunas joyas históricas de Filandia, representadas en tres despulpadoras de madera, elaboradas por Jesús Benjumea y Rufino Toro, inventores de las primeras décadas del siglo XX. Una maciza cuchilla para rajar astillas de madera destinadas a la techumbre de las primeras casas que se instalaron en el proceso fundacional. Y una ortofónica, entre otros elementos de la vida antigua.

Peluquería, tienda, muestra singular de antigüedades, tertuliadero y hasta exhibición fotográfica. Todo ello, junto con la presencia del guarda de la memoria que fue don Israel, era esa tienda peluquería el lugar más bucólico de la escena urbana de Filandia.

Queremos manifestar nuestro sentido pésame a sus hijos y a sus nietos, lo mismo que a los familiares de la extensa familia Román Peláez. Filandia perdió uno de sus mejores hombres, pero queda en el recuerdo una bella memoria de la vida de antaño y de su honorabilidad sin tacha.