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Entre lo que se muestra y lo que se vive, cada vez más jóvenes enfrentan una sensación persistente de insuficiencia alimentada por redes sociales.

En Colombia, el uso de redes sociales y contenidos digitales se ha consolidado como una práctica
cotidiana entre niños, adolescentes y jóvenes. Datos de la Comisión de Regulación de Comunicaciones
(CRC) evidencian que el celular es el principal dispositivo de acceso: el 61 % de niñas, niños y
adolescentes tiene uno propio, cifra que asciende al 81 % en jóvenes entre los 14 y 17 años. En ese
entorno, el consumo de piezas audiovisuales alcanza niveles intensivos, con promedios de hasta 8,9
horas entre semana, principalmente a través de plataformas digitales y redes sociales.

A este escenario se suma que más de 36 millones de colombianos utilizan activamente estas
plataformas, según cifras de Así Vamos en Salud, en un contexto donde el acceso es cada vez más
individual y menos mediado por adultos. La exposición sostenida a contenido asociado a viajes, logros
personales, rutinas productivas y estilos de vida aspiracionales no solo redefine las formas de
entretenimiento, sino que introduce una lógica permanente de comparación.

Según el psicólogo clínico Jhon Carlos Buitrago, la exposición continua a este tipo de material digital se
relaciona con dinámicas de comparación social. En ese contexto, la envidia deja de manifestarse como
una reacción puntual y se expresa como una sensación sostenida de insatisfacción frente a lo que otros
muestran. Es decir, no se parte del deseo por lo ajeno, termina percibiendo como insuficiencia frente a
los estándares que se construyen en el entorno digital.

De la diversión hasta el desgaste

En muchos casos, la presión no llega de manera inmediata, ya que se construye de forma progresiva, a
medida que el uso de las redes sociales deja de ser espontáneo y empieza a responder a dinámicas
externas como la visibilidad, la aprobación y el alcance.
Eso fue lo que experimentó Adrián Calle, de 23 años, quien durante varios años se mantuvo activamente
en la creación de contenido digital. “Eso era divertido, era más de juegos, de hacer vocecitas, de reírse”,
recuerda. En ese momento, no había una intención clara de posicionamiento ni una expectativa de
crecimiento.

Sin embargo, a medida que aumentaban las visualizaciones y la interacción, también lo hacían las
exigencias. El funcionamiento de las plataformas está marcado por la novedad permanente y la
retención de audiencia, lo que empezó a imponer un ritmo difícil de sostener. “¿Qué pasa? si usted no
hace algo nuevo, la gente ya no ve sus videos. Entonces eso ya era estresante”, explica para La
Crónica.

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La producción de contenido dejó de ser una actividad ocasional para convertirse en una obligación
constante. La necesidad de innovar, de mantenerse vigente y de responder a lo que exige el algoritmo
transformó su relación con las redes. Lo que antes era espontáneo comenzó a planearse, medirse y
evaluarse en función de su rendimiento.

A esa presión se sumó un factor determinante: la referencia constante frente a otros. “Yo veía gente que
viajaba, que tenía buen celular, buena ropa, buenos lugares para grabar, y yo decía: quiero hacer esto,
pero no tengo plata”, cuenta. La distancia entre las condiciones materiales de otros creadores y las
propias no solo limitaba lo que podía producir, sino que alimentaba una sensación de desventaja
constante.

En este escenario, la exposición dejó de ser una oportunidad y comenzó a representar un riesgo. Los
comentarios negativos, las críticas y los ataques frecuentes en entornos digitales empezaron a afectar
su disposición para seguir publicando. “Yo ya me metía a hacer un video y pensaba qué miedo que me
empiecen a decir cosas”, afirma.

Con el tiempo, el desgaste fue acumulativo y la presión por sostener una presencia activa, sumado a
una dinámica de comparación permanente y el impacto emocional de la exposición, terminó por
modificar su experiencia en redes sociales. La decisión de dejar de publicar llegó como una forma de
cortar con esa dinámica.

“Fue una transformación total. Uno se limpia mentalmente, porque era algo diario: despertarse y
meterse a ver todo y preguntarse ‘¿por qué yo no hago eso?, ¿por qué no tengo esto?’”, relató.
Sin embargo, abandonar la producción de contenido no implicó salir por completo de esta lógica y,
aunque ya no publica, sigue expuesto al mismo flujo de información. “Aún me pasa. Me meto y digo:
¿por qué yo no tengo esto?, ¿por qué no hago esto?”. La diferencia, señala, está en la intensidad con la
que lo experimenta.

La presión de mostrarse

Si para algunos jóvenes la referencia constante a otros se intensifica desde el consumo de este tipo de
material digital, para quienes producen en redes sociales la presión se configura de manera distinta,
dado que no solo observan, también deben construir y sostener una imagen pública de forma constante.
Camilo Ramírez conocido como “Twentythre”, creador de contenido en la ciudad, describe ese proceso
como una adaptación progresiva a la mirada de los otros. “Al principio fue muy difícil, sobre todo porque
estamos en una ciudad pequeña. Aquí uno se encuentra a todo el mundo y siempre está esa pena de

En contextos locales, donde las audiencias no son anónimas, la visibilidad adquiere una dimensión más
directa, lo que puede generar inseguridad y limitar lo que se decide publicar.

La producción de contenido comienza a regirse por criterios de alcance, impacto y aceptación, a medida
que aumentan las interacciones. “Siempre se muestra lo mejor, lo que más llama la atención”, señala.

Ese criterio de selección para publicaciones no implica necesariamente una falsificación de la realidad,
pero sí una representación parcial de la experiencia cotidiana.

“Todo el mundo miente para poder salir adelante. En redes sociales todo es una mentira”, afirma y,
aunque su afirmación es contundente, la matiza al explicar que no se trata de inventar, sino de editar.
“Siempre subimos el mejor momento. Nunca se ve lo que hay detrás”.

Esa construcción constante de una versión optimizada de la vida tiene efectos en la forma en que los
propios creadores se perciben. Ramírez reconoce que, en etapas anteriores, la comparación con otros
usuarios influyó en su percepción de progreso.

“Uno comienza a ver que los demás tienen carros, casas, cosas materiales, y siente que está en el
mismo punto mientras otros siguen subiendo. Eso genera estrés”.

En ese entorno, la visibilidad no solo implica reconocimiento, sino también presión. Cada publicación
entra en una dinámica de evaluación permanente, donde los resultados son medidos en visualizaciones,
reacciones o seguidores, lo que puede incidir en la percepción de éxito personal. “Parece que todo lo
que subes es inútil, que no estás avanzando”, dice.

Con el tiempo, asegura, ha desarrollado estrategias para manejar esa presión; sin embargo, advierte
que no se trata de un proceso inmediato. “La única forma de combatir eso es dejarlo pasar y enfocarse
en lo que uno quiere. Porque si no, uno se enferma creyendo que tiene que ser otra persona”.

Compararse sin publicar

No todos participan activamente en la creación de contenido; no obstante, la comparación no depende
de publicar. Nicol Morales, joven consumidora de redes sociales como Instagram, Pinterest y Tiktok lo
describe con claridad: “Aunque no publique, sí me comparo”.

Su relación con las plataformas es, en principio, positiva. Consume este tipo de publicaciones y material
digital que le aporta, que la motiva y con el que se identifica. Pero reconoce que incluso puede generar
efectos contradictorios.

“A veces me siento motivada, pero otras veces me queda como una sensación de vacío, como si
estuviera atrasada o pudiera estar haciendo más cosas”, explica.

La comparación no se da necesariamente desde la envidia directa, sino desde una percepción de
desfase. “Siento que voy a otro ritmo. Veo personas que se atreven, que tienen claridad en lo que están
haciendo, y eso me hace cuestionarme por qué yo no he dado ese paso”.

Esa presión es, en gran medida, interna y no proviene de una exigencia explícita, sino de la exposición
reiterada a múltiples formas de vida, decisiones y trayectorias. “Siento que tengo que elegir bien,
avanzar más rápido. Eso abruma”, afirma. A pesar de ser consciente de que lo que ve no refleja la
totalidad de la realidad, la comparación sigue presente.
“Sé que hay cosas que no se muestran, procesos que no se ven, pero igual uno no deja de
compararse”.

Entre la comparación constante y la realidad filtrada

La comparación social no es un fenómeno reciente desde la psicología, se entiende como un
mecanismo propio del comportamiento humano que permite a las personas evaluarse, ubicarse en su
entorno y proyectar expectativas. En el contexto digital actual, ese proceso ha adquirido una dimensión
distinta, marcada por la intensidad, la frecuencia y el volumen de información al que están expuestos los
usuarios.

El psicólogo clínico Jhon Carlos Buitrago explica que esta transformación está directamente relacionada
con la forma en que operan las plataformas digitales. “Siempre nos hemos comparado. Nuestro cerebro
está diseñado para eso: para evaluar, proyectar, identificar patrones”, señala. Aún así, advierte que las
redes sociales han amplificado ese proceso al integrarlo en dinámicas de consumo continuo.

“El diseño de estas plataformas se aprovecha de esa estructura psicológica. Estamos recibiendo un
bombardeo constante de estímulos que generan pequeñas dosis de dopamina”.

Eses flujo permanente de publicaciones no solo incrementa la frecuencia de la comparación, sino que
también modifica la manera en que se interpreta la información. En redes sociales, los usuarios no
acceden a experiencias completas, sino a fragmentos seleccionados de la vida de otros. “Estamos
viendo partes muy específicas, pero las interpretamos como si fueran la totalidad”, afirma Buitrago. Esta
diferencia entre lo que se muestra y lo que realmente ocurre configura una percepción distorsionada de
la realidad.

El contenido que circula en estas plataformas responde, en gran medida, a una lógica de selección. Se
priorizan los logros, los momentos positivos, los avances personales y las experiencias que pueden
generar mayor impacto o interacción. “Publicamos lo más atractivo, lo más fotogénico. Nadie sube sus
tragedias”, explica el especialista. Como resultado, se construye una narrativa dominante donde el éxito,
la estabilidad y la felicidad aparecen como estados permanentes.

En ese contexto, la evaluación frente a otros deja de ser un ejercicio ocasional y se convierte en una
referencia constante. La percepción sobre los avances acelerados o mejores condiciones se intensifica,
en parte, por la repetición de este tipo de contenidos.

Buitrago relaciona este fenómeno con el FOMO (fear of missing out), o miedo a quedarse por fuera:
“¿Cómo así que todos viajaron y yo no? ¿Cómo así que todos están avanzando menos yo? Ese tipo de
pensamientos se intensifican con las redes”.

A esta dinámica se suma el papel del algoritmo, que organiza y prioriza la información en función de la
interacción del usuario. Esto implica que, en muchos casos, las personas reciben de manera reiterada
contenidos similares a los que ya han consumido, lo que refuerza ciertas percepciones. “Si no se
interviene, el algoritmo te muestra más de lo mismo. Por eso es importante tener una posición activa
frente a lo que se consume”, señala.

Las principales consecuencias de este entorno no se limitan a la comparación y exposición; de hecho se
ha asociado con alteraciones de la atención, patrones de sueño y la percepción del bienestar. En ese
escenario, la envidia no aparece necesariamente como una emoción aislada, sino como un efecto
acumulativo de la comparación sostenida. “No es negativa en sí misma, pero cuando se vuelve
permanente, puede afectar la autoestima y generar frustración”, concluye Buitrago.