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El proyecto de ámbito rural es aplicado desde el Mercado Campesino de La Tebaida.

El proyecto Escuela Verde y Artesana para la Vida se ha convertido en el vehículo para que los productores del campo puedan transmitir sus conocimientos a la comunidad, especialmente la joven.

Desde recetas, hasta cocina artesanal, son las alternativas que se transmiten para que lo rural no se extinga y que las presentes y futuras generaciones mantengan vivo el agro.

La iniciativa la encabeza Mercado Campesino de La Tebaida y Manuela Ricarte Romero, quien hace parte del grupo, contó a La Crónica aspectos de esta propuesta que toma cada día más fuerza en el ‘Edén Tropical’. 

 

¿En qué consisten los proyectos en favor de la ruralidad del Mercado Campesino de La Tebaida?

El Mercado Campesino de la Tebaida ha ido trabajando en una escuela que se quiere hacer como itinerante, se llama Escuela Verde y Artesana para la Vida. La finalidad es principalmente compartir con la comunidad y que ella comparta con los productores, con los campesinos principalmente, todos sus saberes y que los campesinos y productores compartan los saberes con las comunidades.

Estamos muy enfocados en ese proceso porque sabemos que hay muchos campesinos que tienen muchísimos saberes, pero muchas veces no saben cómo compartirlos a las comunidades.

 

¿En qué momento surge la idea y cómo se empieza a aplicar?

Desde el Mercado Campesino identificamos que muchas personas venían y nos preguntaban, por ejemplo, por plantas o por alimentos que desconocían, también nos preguntaban cómo cuidar las plantas, cómo reproducirlas, si una huerta se puede o no se puede tener, por ejemplo, en la zona urbana, en un apartamento.

Vimos una oportunidad de compartir el conocimiento que ya traen los campesinos, que digamos, han divulgado y aprendido durante toda su vida, pero que casi no se han dado la oportunidad de enseñar. En una primera instancia empezamos con talleres de siembra, de soberanía alimentaria y de compostaje, tratando de conectar a la zona urbana con el campo y que la zona urbana reconociera la importancia que hay, digamos, en cada uno de los productos que llegan desde el campo hasta la mesa de ellos, el trabajo que hay, las historias que hay y toda una vida de aprendizajes. Empezamos a compartir esos saberes principalmente con los niños y jóvenes, porque se está abandonando el campo y es importante inyectarles esta motivación a ellos.

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¿Y cómo ha tomado la comunidad esta propuesta?

La comunidad ha llevado a los niños a los talleres, ha compartido también sus conocimientos, ha hablado sobre lo que saben. En un principio, digamos que los nervios, por decirlo así, eran de algunos campesinos, porque ellos se han dedicado toda su vida a trabajar el campo, tienen el conocimiento, pero les daba susto compartirlo porque no sabían precisamente cómo la comunidad lo vive.

Pero cuando iniciamos el proceso de la escuela nos dimos cuenta que la comunidad es abierta al aprendizaje, o por lo menos a las que hemos llegado. Esto hace que los productores del mercado campesino se sientan mucho más libres a la hora de hablar y se sientan en más confianza con ellos mismos porque las comunidades lo reciben bien.

Este mes hemos visitado ya tres espacios, la vereda El Alambrado con un proceso de gastronomía ancestral liderado principalmente por Efigenia Truque y Carmenza Rayo, ellas han enseñado a hacer tamales, a transformar la sidra en empanadas, a hacer hamburguesas con plátano que cultivan, han hecho varios procesos. La comunidad se siente muy, ‘untada’ del proceso y le da una confianza muy grande al productor.

 

Dentro del proyecto ustedes tienen el tema de cartografía, ¿en qué consiste?

Se trata de cartografía social narrativa, un espacio más dado a lo emocional y lo vivencial, digamos que allí con la comunidad indígena Wounaan, que es nativa de Chocó pero que tienen validación en La Tebaida, es una comunidad que tiene más de 40 familias habitando un espacio llamado Altos de Hierba Buena.

Les propusimos acompañarlos con este taller de cartografía social narrativa y en ese espacio lo que nos encontramos es que hay unos liderazgos que era lo que queríamos reconocer, hay unos saberes ancestrales, reconocemos que ellos tienen un saber y nosotros el nuestro, puede que la gente lo vea como iguales, pero realmente ellos lo sienten muy diferente.

Nos plantean que ellos tienen unas plantas en su territorio y que al llegar al nuestro ya no son iguales. Por ejemplo, no encuentran las plantas que las mujeres utilizan para la menstruación, sino que acá manejamos otra como la altamisa para los dolores. Ellos desconocen esta planta, tienen otras plantas como nativas y al llegar a nuestro territorio ya no las encuentran. Entonces también cómo hacer esa diferenciación, por decirlo así, de los saberes que ellos tienen y de los saberes que nosotros tenemos y de una u otra forma cómo se complementan.

 

¿Cómo les afectó el terremoto el desarrollo del proyecto?

El terremoto del pasado 10 de agosto, gracias a Dios, no generó afectaciones muy grandes y graves, principalmente a las personas que hacen parte del mercado. Sí afectó muchas veredas que desde el mercado hemos venido tratando de acompañar, pero son de personas que no eran como tal participantes del mercado, sin embargo, como es la zona rural, nosotros decidimos acompañarlos porque entendemos también que ese sismo fue muy fuerte y ocasionó no solo daños materiales, sino también emocionales.

El proyecto también ha sido muy importante porque, por ejemplo, la vereda El Alambrado, que fue la primera que impactamos después del sismo, nos agradeció demasiado que fuéramos con el taller de gastronomía ancestral, porque nos decían que habían quedado muy nerviosos y con este apoyo los relajamos, los concentramos para que aprendieran.