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La abogada filandeña combina su trabajo en escenarios de participación juvenil con una iniciativa de apoyo a familias rurales afectadas por el terremoto del 10 de agosto.

A los 8 años, Daniela Sánchez Agudelo llegó al Quindío con su madre y sus dos hermanos, después de que el conflicto armado le arrebatara a su padre y la vida que su familia había construido en Puerto Boyacá. Esa experiencia marcó su manera de entender la participación y el servicio a los demás. Hoy, a sus 25 años, combina su formación como abogada con espacios de representación juvenil y el trabajo comunitario. Tras el terremoto del 10 de agosto, una iniciativa para ayudar a dos familias rurales de Filandia a recoger los escombros de sus viviendas se convirtió en el colectivo ‘Lxs Escombrerxs’, que, según cuenta, ya ha acompañado a unas 16 familias.

Daniela se reconoce como “filandeña de corazón” porque considera que el municipio le dio a su familia una segunda oportunidad. Su padre fue líder sindical y, desde niña, comenzó a participar en espacios de representación estudiantil y comunitaria.

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Es abogada de la Universidad de Córdoba y estudia una especialización en Derecho Administrativo. Su formación también la ha llevado a promover entre las comunidades el conocimiento de herramientas jurídicas para la defensa de sus derechos. Actualmente participa en escenarios de representación juvenil y coordina la Comisión de Cooperación Internacional del Consejo Nacional de Juventud, desde donde busca establecer vínculos con organismos de cooperación.

El terremoto convirtió esa experiencia de participación en una acción concreta. Lo que empezó con dos familias terminó reuniendo a cerca de 30 jóvenes y extendiendo el apoyo a otras viviendas rurales afectadas. Ahora, además de retirar escombros, el grupo busca gestionar recursos para materiales de construcción y apoyar la recuperación de algunas viviendas.

Para Daniela, la emergencia no termina cuando se retiran los residuos de una casa. Su propósito es que las ayudas permitan recuperar los hogares en condiciones dignas y que la iniciativa pueda continuar después de la emergencia, con asuntos como educación, derechos sexuales y reproductivos y otras necesidades de los jóvenes de Filandia.

¿De dónde nace esa vocación de liderazgo y servicio que hoy hace parte de su vida?

Creo que esas raíces de liderazgo y de querer levantar la voz por los otros o por aquellas personas a las que a veces les vulneran sus derechos vienen de casa. Mi papá era líder sindical en Puerto Boyacá y, desde ahí, aprendí que no solamente se trabaja por el bienestar de los más cercanos, sino también por aquellas personas que ven vulnerados sus derechos y que, por miedo, no levantan la voz.

A raíz de la muerte de mi padre dije: “Tengo que seguir este legado”. Estaba muy pequeña, tenía 8 años, pero mis acciones fueron llevando hacia eso. Fui personerita en primaria y después contralora en el bachillerato. Creo que todo viene de ese núcleo y de esa vocación de servir que hay en mi familia.

¿Cómo nació la iniciativa después del terremoto?

Todo parte de mi mamá y un grupo de adultos mayores que tienen una huerta comunitaria. Después del terremoto vimos que una familia cercana estaba recogiendo sus escombros sola. Entonces dijimos: “Vamos a ayudarle”.

Fuimos a la vereda, ayudamos a una familia y luego a otra. Cuando terminamos, nos preguntamos cuántas más estarían en esa misma situación y cuántas tendrían a sus familias lejos. Publiqué en redes que, si conocían personas que necesitaran apoyo para limpiar sus casas, me escribieran. Así llegó más gente y, al día siguiente, cuando hice una convocatoria, aparecieron 30 jóvenes.

Desde ahí dijimos que esto no podía quedarse solamente en una actividad. Había más familias que necesitaban ayuda. Empezamos a llamarnos así porque eso era precisamente lo que estábamos haciendo: recogiendo escombros.

¿Por qué es importante para ustedes que las ayudas permitan una reconstrucción digna?

Siempre parto de la idea de que, si yo quiero vivir dignamente, ¿por qué no entregarle a otra persona la posibilidad de vivir dignamente también?

No se trata solamente de dar por dar. El terremoto ya les arrebató todo y nosotros queremos ayudar a que vuelvan a reconstruirse de una manera en la que se sientan felices y tranquilos.

Una pareja de Bogotá, una alemana y una colombiana, conoció nuestro trabajo a través de las redes sociales y recaudó $1 millón para llevarlo a las veredas. Con ese dinero podemos comprar tejas para algunas familias. Hemos recogido aproximadamente $1,5 millones y queremos utilizarlos para ayudar a que dos familias puedan tener nuevamente un techo.

Usted participa en la Comisión de Cooperación Internacional del Consejo Nacional de Juventud. ¿Cómo llega a este espacio y a qué se dedica allí?

El año pasado, en octubre, me postulé para representar a la juventud filandeña por medio del Consejo de Juventudes. Ingresé por un partido político junto con José Fernando Sánchez Agudelo, mi hermano. Nos postulamos creyendo que la educación es la base para servir, conociendo herramientas, insumos y derechos para llegar a la sociedad y a las instituciones y, asimismo, exigirles.

Posteriormente, me escogieron como representante ante el Consejo Departamental de Juventud del Quindío. Desde la cooperación internacional tenemos la posibilidad de tejer puentes entre instituciones públicas, privadas, ONG y demás.

Ya hemos tenido dos acercamientos con un componente de una comisión de apoyo a la juventud en escenarios de participación, porque es importante que la participación juvenil no se tome solo como un aporte consultivo, sino que sea más vinculante. Cada país de la Unión Europea nos puede aportar desde sus fortalezas en temas de derechos internacionales, emprendimiento, educación, entre otros.