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El ingeniero agroindustrial combina su trabajo en gestión del riesgo con la fotografía de naturaleza, una actividad que comenzó a practicar hace siete años.

Faber Mosquera Álvarez ha dedicado buena parte de su vida profesional a estudiar el territorio desde la gestión del riesgo. En paralelo, encontró en la fotografía de aves otra manera de observarlo: con paciencia, atención a los detalles y recorridos por espacios naturales.

Ingeniero agroindustrial, nacido en Armenia y radicado actualmente en Salento, Mosquera acumula cerca de tres décadas de experiencia en áreas relacionadas con la academia, la seguridad y salud en el trabajo y la gestión del riesgo de desastres. Entre 2016 y 2019 se desempeñó como director departamental de Gestión del Riesgo de Desastres del Quindío.

Se formó en la Universidad La Gran Colombia y posteriormente cursó cuatro especializaciones y una maestría relacionadas con la seguridad y salud en el trabajo y la gestión del riesgo de desastres. También ha ejercido la docencia en programas de pregrado y posgrado en universidades del Quindío y de Caldas.

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Su experiencia con las emergencias también tiene un componente personal. Vivió el terremoto del 25 de enero de 1999 en Armenia y posteriormente trabajó con organizaciones como la Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, la Cámara de Comercio y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.

En 2019, cuando aún se desempeñaba como director departamental de Gestión del Riesgo, un amigo lo invitó a pajarear. Aquella salida de fin de semana abrió una actividad que con el tiempo se convirtió en una afición ligada a la fotografía.

Desde entonces, la observación de aves le ha permitido cambiar el ritmo de sus jornadas. Esperar el momento adecuado, identificar los movimientos de una especie y trabajar con las condiciones de luz forman parte de una actividad que desarrolla principalmente en espacios naturales.

Su casa, Villa Lina Birding, en Salento, también funciona como escenario para esta actividad. Allí asegura haber registrado 233 especies y ha dispuesto espacios para la fotografía y el avistamiento. Su proyecto incluye además recursos dirigidos a personas con discapacidad visual y auditiva, entre ellos reproducciones en 3D de unas 12 o 13 especies y plumas que permiten explorar características físicas de las aves.

La fotografía también lo llevó a participar en concursos. En 2026 obtuvo un reconocimiento de Audubon en la categoría de aves en paisajes colombianos con una fotografía de un guácharo en vuelo. Para conseguirla realizó cerca de mil tomas en la Cueva de los Guácharos, en Pijao, hasta seleccionar la imagen que posteriormente presentó al concurso.

Su interés por las aves se relaciona además con el aviturismo. Mosquera considera que el Quindío puede aprovechar su diversidad para generar ingresos en las zonas rurales, siempre que esa actividad esté acompañada de la conservación de los hábitats.

La gestión del riesgo y la fotografía, aunque parten de actividades distintas, terminaron conectándose en su manera de observar el territorio. Después del terremoto del 10 de agosto de 2026, esa experiencia profesional volvió a ocupar un lugar central. Actualmente participa en un proyecto de cooperación internacional para evaluar daños y condiciones de reparabilidad de edificaciones en Caldas y Risaralda.

¿Qué representa Villa Lina Birding dentro de esa pasión por las aves?

Aquí tenemos registradas 233 especies de aves. Me levanto todos los días, pongo cuchuco, plátano, banano y néctar para los colibríes. Muchas de mis fotografías las he hecho aquí mismo, en mi casa.

Hemos montado un proyecto que se llama Villa Lina Birding, pensado para fotógrafos y también para el avistamiento de aves de personas ciegas y sordas. La idea es que una persona ciega pueda llegar y tener una experiencia sensorial. El ave está cerca, canta y la persona puede escucharla. Tenemos las formas en 3D de unas 12 o 13 aves. La persona puede tocarlas y reconocer su forma, y también le entregamos una pluma para que tenga la sensación de la textura. De esa manera puede construir un mapa mental del ave que escuchó.

¿Cómo fue conseguir la fotografía del guácharo en vuelo que posteriormente fue reconocida en el concurso de Audubon 2026?

El guácharo es un ave nocturna. Normalmente vive en cuevas y durante el día uno puede encontrarlo descansando. La mayoría de las fotografías que se hacen son del guácharo acostado o quieto. Pero a mí me gusta mucho más la fotografía de aves en vuelo y pensé en conseguirla.

Fuimos con un grupo de amigos de Pajareros Quindío a la Cueva de los Guácharos, en Pijao. Para llegar había que entrar por el río y pasar por unas rocas, con todo el riesgo de llevar las cámaras.

Tomé casi mil fotografías. De esas mil, posiblemente había diez que podían ser buenas y finalmente una fue la que revelé. Después llegó el concurso de Audubon. Mandé cinco o seis fotografías en diferentes categorías. Luego me dijeron que mi fotografía había pasado a la semifinal y me pidieron la original, la editada y otra serie de características. Finalmente me informaron que había ganado la categoría de aves en paisajes colombianos.

¿Qué significa para usted fotografiar aves en un territorio como el Quindío y qué papel puede tener el aviturismo?

El Quindío es un departamento con una gran diversidad de aves. Tenemos cerca de 600 especies y, por el tamaño del territorio, tenemos una densidad muy importante. Hemos salido a pajarear y hemos tenido conteos de 110 o 112 especies. En mi casa hemos registrado hasta 83 especies en medio día, con características que parecen increíbles. Tenemos especies exóticas, coloridas, raras y endémicas.

El departamento tiene un potencial muy importante para el aviturismo. Es un territorio pequeño, con buenas condiciones de biodiversidad, y tenemos que aprovecharlo conservando los hábitats.

Creo que podemos aprovechar las bellezas de la naturaleza y preservarlas al mismo tiempo. Cuando hacemos una fotografía también estamos buscando conservación. Uno quiere que la gente vea una imagen, se interese por esa ave y entienda que necesita un entorno natural para vivir.

Además, el aviturismo puede ser una solución para los agricultores que tienen especies en sus alrededores pero cuentan con ingresos bajos. Llegan las especies, llegan los turistas y se generan ingresos. Entonces se puede hacer aviturismo con conservación.

¿Qué le ha enseñado la fotografía de aves sobre la paciencia y sobre la manera de mirar la vida?

La fotografía de aves le exige a uno mucha paciencia. Uno puede estar esperando durante mucho tiempo para que llegue un ave, para que haga un movimiento determinado o para que se dé una condición especial de luz. Eso también le enseña a uno a bajar el ritmo, a observar y a disfrutar el momento. Muchas veces uno está esperando una fotografía y no pasa nada, pero también aprende que estar ahí, en contacto con la naturaleza, ya es parte de la experiencia.

Después de haber trabajado durante tantos años con la gestión del riesgo, ¿qué relación encuentra entre conocer las amenazas del territorio y aprender a observar la naturaleza?

La gestión del riesgo me ha enseñado a mirar el territorio de una manera diferente. Uno aprende a identificar las amenazas, las condiciones de vulnerabilidad y las cosas que pueden pasar. Con la fotografía de naturaleza también aprendí a mirar, pero desde otro punto de vista. Ahora observo un árbol y no solamente pienso en el árbol, sino también en las especies que dependen de él, en lo que produce, en el agua y en todo el entorno que permite que esas aves estén allí. Son dos maneras diferentes de mirar un mismo territorio.

Tras el terremoto del 10 de agosto, usted trabaja en un proyecto de cooperación internacional. ¿De qué se trata?

Obviamente nadie quiere que las personas resulten lesionadas ni que pierdan sus viviendas, pero cuando ocurre un evento de esta naturaleza también se pueden presentar proyectos ante la cooperación internacional para generar apoyo a los territorios.

Ya anteriormente habíamos trabajado con Miyamoto International, levantamos la mano y dijimos: “Aquí hay un proyecto”. Había ocurrido un terremoto y podíamos presentar una propuesta al Gobierno de Estados Unidos para hacer una evaluación rápida de daños, un proceso en el que Miyamoto International tiene experiencia a nivel mundial. El proyecto se presentó en menos de 24 horas y el Gobierno de Estados Unidos, a través de la Secretaría de Estado, aprobó los recursos para desarrollar durante 90 días un trabajo en Caldas y Risaralda, incluyendo Pereira y Manizales. Allí estamos evaluando rápidamente los daños, la reparabilidad de las edificaciones y el tema de los escombros.

En el Quindío también hubo afectaciones importantes. El departamento no tuvo la misma afectación del terremoto de 1999, pero eso no significa que no haya familias y territorios que necesiten atención. Nosotros quedamos trabajando en Caldas y Risaralda porque fueron los lugares donde obtuvimos información rápida y de primera mano de los gobiernos locales, lo que nos permitió presentar el proyecto rápidamente.