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El ingeniero civil nacido en Armenia ha dedicado buena parte de su carrera a la ingeniería sísmica y estructural, la investigación y la docencia. Su trabajo incluye estudios sobre edificaciones afectadas por fallas estructurales y la coordinación técnica de la microzonificación sísmica de Armenia.

Hay profesiones en las que un error puede quedarse en un cálculo, un documento o una cifra. En la ingeniería estructural, una decisión puede tener consecuencias sobre cientos o incluso miles de personas. Esa responsabilidad ha marcado durante más de tres décadas la trayectoria de Leonardo Cano Saldaña, ingeniero civil nacido en Armenia, cuya carrera se ha desarrollado alrededor del estudio de los sismos, las estructuras y las condiciones que determinan su comportamiento.

Cano Saldaña se formó como ingeniero civil en la Universidad del Quindío. Después cursó una maestría en Ingeniería Sísmica en la Universidad de los Andes y un doctorado en Ingeniería Estructural en la Universidad de Puerto Rico. Su ejercicio profesional se ha concentrado en la docencia, la investigación y la consultoría en ingeniería sísmica y estructural.

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También ha participado en la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica y en la Comisión Asesora del Reglamento de Construcciones Sismorresistentes. Según explica, esta comisión reúne representantes de distintos sectores y trabaja en documentos técnicos que sirven de base para disposiciones relacionadas con el diseño y la construcción de edificaciones.

Su experiencia incluye estudios y peritazgos relacionados con casos como el colapso del edificio Space, en Medellín; la tribuna occidental del estadio Guillermo Plazas Alcid, en Neiva, y las fallas registradas en el puente Hisgaura. Asimismo, ha participado en proyectos de microzonificación sísmica en Bogotá, Pereira y, más recientemente, Armenia.

En el Quindío, su trabajo también está relacionado con investigaciones sobre la actividad sísmica del territorio. Junto con el ingeniero Hugo Monsalve Jaramillo, quien fue su profesor y referente en el campo de la ingeniería sísmica y estructural, desarrolló investigaciones sobre sismos de subducción y el sistema de fallamientos locales en el área de influencia del Observatorio Sismológico del Quindío. También ha trabajado en materiales para concreto, dosificaciones y resistencia de elementos utilizados en las construcciones.

Uno de sus proyectos actuales es el estudio de microzonificación sísmica de Armenia, del cual es coordinador técnico. El estudio fue socializado con diseñadores estructurales, ingenieros geotécnicos y constructores; posteriormente se presentó ante la Asamblea Departamental y se entregó a la Alcaldía de Armenia. La expectativa es que sirva como herramienta para la reconstrucción y para orientar nuevos proyectos en la ciudad.

Para Cano Saldaña, el alcance de la ingeniería no depende únicamente del tamaño de una obra. Está relacionado con la confianza que las personas depositan en quienes diseñan, construyen y supervisan los espacios donde viven, trabajan, estudian o se reúnen.

¿En qué momento de su vida decidió convertirse en ingeniero civil y qué lo motivó a elegir una profesión ligada a la transformación del territorio?

Gran parte de la decisión tuvo que ver con que mi papá trabajaba con una compañía de ingeniería. Yo veía el quehacer de los ingenieros civiles y eso me llevó a inclinarme por la profesión.

En cuanto a la ingeniería estructural y sísmica, la inclinación obedeció al ingeniero Hugo Monsalve. Él me guió y me condujo. Realmente, esta parte de mi carrera es producto de su orientación.

Usted vivió el terremoto de 1999 y ahora este nuevo evento sísmico. ¿Qué diferencias encuentra entre ambos y qué explica que la afectación haya sido tan diferente entre Armenia y Pereira?

Son dos fenómenos sísmicos distintos y su génesis es muy diferente. El de 1999 fue un sismo de una falla superficial, hacia la zona de Córdoba, mientras que el del 10 de agosto fue un sismo de subducción profundo. Por eso, su mecánica y sus características son diferentes.

Parte de la explicación de por qué la destrucción se concentró esta vez en Pereira y no en Armenia tiene que ver con las condiciones que encontraron las ondas sísmicas en cada ciudad.

En 1999, el sismo venía de la zona de Córdoba, era superficial y estaba aproximadamente a 15 o 20 kilómetros de Armenia. Las ondas llegaron con gran intensidad y afectaron buena parte de la Armenia antigua, que tenía muchas deficiencias en materia de sismorresistencia.

Esas ondas continuaron viajando hacia Pereira, pero, al tratarse de un sismo superficial, se fueron atenuando. Por eso, la afectación allí no llegó a los niveles que tuvo Armenia.

Ahora ocurrió algo diferente. Pereira conservaba sectores que no habían sido afectados de manera importante en 1999 y que, por diferentes circunstancias, permanecieron vulnerables. Armenia, en cambio, había tenido un proceso de reconstrucción y muchas de esas zonas fueron intervenidas bajo criterios de sismorresistencia.

Eso no quiere decir que en Armenia no haya pasado nada. Aquí hubo una afectación importante, pero los niveles fueron diferentes y esta vez Pereira recibió un impacto mucho mayor.

Después de un sismo, los ingenieros deben decidir si una edificación puede seguir siendo habitada o si las personas tienen que abandonarla. ¿Qué significa asumir esa responsabilidad?

Es una situación muy compleja porque, después de un sismo, hay que tomar decisiones sobre la marcha. Hay que determinar si una edificación es habitable, si puede ocuparse con algún riesgo, si no puede ser ocupada o incluso si está próxima a colapsar y no puede recuperarse.

Eso tiene implicaciones sociales enormes porque significa decirle a una persona que tiene que salir de su vivienda, del espacio donde está su vida familiar, porque ese lugar representa un riesgo.

Las decisiones son difíciles, pero se toman fundamentalmente a partir de aspectos técnicos y de años de conocimiento. Hay daños que pueden considerarse irreparables y que dejan una edificación en condición de riesgo inminente, bien sea ante la posibilidad de un nuevo evento sísmico o porque los propios materiales continúen cediendo.

Es algo parecido a lo que ocurre en medicina con el triaje, que es la clasificación de las personas afectadas durante una emergencia. En nuestro caso, también tenemos que clasificar las edificaciones y atender primero aquellas cuya condición representa una gravedad inminente y puede poner en peligro a sus habitantes o a las personas que transitan por el lugar.

No es fácil. Uno tiene que desprenderse de cualquier consideración que no sea técnica. La decisión debe estar fundamentada en esos aspectos.

¿Qué considera que debemos aprender como sociedad después de estos dos grandes eventos sísmicos?

Respecto a la normativa sismorresistente, vamos por buen camino. La norma necesita una actualización porque es de 2010 y han pasado 16 años. Eso no quiere decir que esté mal, pero sí requiere actualizarse para llevarla al estado del arte.

También hace falta fortalecer el control de calidad y tener un mayor acompañamiento de los procesos constructivos. La filosofía de contar con un supervisor técnico independiente para determinadas construcciones es buena, pero existe un aspecto que podría revisarse: ese supervisor es independiente de la obra, pero está a cargo y es pagado por el constructor.

Hay otro punto que me parece fundamental: la preparación para el evento.

El evento siempre nos ha tomado por sorpresa, aun sabiendo que va a ocurrir. Que un sismo igual o mayor pueda ocurrir dentro de 20 o 25 años no significa que no pueda ocurrir mañana, dentro de seis meses o dentro de dos años. Esto es un asunto de probabilidades.

Después de que pasa el desastre y la reconstrucción, bajamos la guardia. Nos falta capacidad de reacción. Necesitamos un esquema de preparación y disciplina de la población: enseñar, entrenar y establecer qué hacer. Ahí hemos fallado y todavía nos falta.

Hay mucha valentía y mucho corazón durante las tragedias, pero la respuesta puede mejorar. No podemos prevenir el sismo como tal, pero sí podemos prepararnos para reaccionar ante él.

Eso debe comenzar desde los niños. Necesitamos una organización clara, una autoridad que permita atender la emergencia y que la gente sepa qué hacer y hacia dónde dirigirse. Todo eso requiere recursos, planificación y asistencia estatal.

Después de toda esta trayectoria, ¿qué huella quisiera dejar como ingeniero y qué consejo le daría a las nuevas generaciones?

Creo que la trascendencia principal está en la gente. Más que en la materialización de un diseño o en ver una obra construida, la verdadera importancia del quehacer está en las personas.

Puede ser algo muy pequeño, una edificación pequeña, pero todas las personas que están allí confían en nuestro trabajo, en nuestro diseño, en la ejecución de la obra y en el control de los materiales. Nos confían su vida y eso es crítico.

Si diseño un bus, soy responsable de 50 pasajeros. Si diseño un estadio, soy responsable de 40.000 personas. El grado de impacto de nuestra responsabilidad profesional es enorme.

Ese es un punto que debe recalcarse en la formación de las nuevas generaciones de ingenieros: la responsabilidad y el sentido hacia nuestros semejantes, hacia nuestra población y nuestra sociedad, que depositó en nosotros esa confianza.

Las personas se acuestan a dormir tranquilas con sus familias porque sienten que están respaldadas por profesionales de la construcción y del diseño que hicieron bien su trabajo. Ahí está el verdadero sentido, sin importar si se trata de un gran puente, un gran edificio o una obra pequeña.