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A los 88 años, continúa enseñando, aprendiendo y participando en actividades comunitarias en Armenia.

A pocos días de cumplir 89 años, Lesbia Alzate de Gómez recibió ayer la Medalla al Mérito Cívico 2026 de la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia. La distinción reconoce una trayectoria vinculada con la enseñanza y el trabajo comunitario, actividades que todavía hacen parte de su cotidianidad.

Alzate nació en Circasia y comenzó a ejercer como maestra a los 16 años, después de formarse con las Hermanas Vicentinas. En 1953 llegó a la escuela rural de la vereda Potosí, en Bolívar, Valle del Cauca, donde inició una carrera que posteriormente continuó con diferentes actividades de formación.

A sus 88 años, continúa enseñando sastrería y confección femenina en un curso de Comfenalco Quindío, preside el Voluntariado Vicentino de la Caridad de Armenia, aprende sobre inteligencia artificial y mantiene actividades como el tejido.

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Más allá de las condecoraciones, Lesbia identifica como uno de sus mayores motivos de satisfacción los encuentros con antiguos alumnos que todavía la reconocen en la calle y le cuentan cómo utilizaron lo aprendido con ella.

Es madre de seis hijos. Su esposo, Camilo, murió hace siete años. A casi nueve décadas de vida, mantiene una idea que ha acompañado buena parte de su trayectoria: mantenerse activa mientras pueda aprender y prestar un servicio a los demás.

¿Qué valores recibió en su hogar y en la educación que tuvo durante su juventud y que todavía conserva?

Para mí la juventud fue muy linda. Nací en Circasia, que en ese entonces era un pueblo muy pequeño, donde prácticamente todos éramos una misma familia. Fue una época sencilla, con mucha comunicación y sin tanta tecnología. Todo era con cuaderno y letra; había que estudiar y levantarse temprano.

Me eduqué desde primero con las Hermanas Vicentinas y creo que fue una educación muy bonita. Nos inculcaron unos valores que todavía hoy nos permiten dar ejemplo. A mí me enseñaron a ser humilde y, aunque fui muy consentida por mis padres, hermanos y tías, nunca fui caprichosa. Siempre he tenido mucha paciencia y creo que eso también viene de la formación que recibí.

¿Cuáles considera que son esos valores que una persona debe conservar durante toda su vida?

Primero que todo, que se valore como persona. Si me quiero y me valoro, también valoro a los demás. Segundo, tener una fe ciega. Respeto mucho a quienes pertenecen a otras religiones, pero creo que hay que tener fe y saber que existe un Dios que es de todos.

Y hay otro valor que para mí es fundamental: entender que uno nace para servir, no para que le sirvan; tener la dicha de poder prestar un servicio. Soy más feliz cuando doy que cuando recibo. Creo que todos hemos sentido alguna vez que nos sentimos mejor cuando damos. Eso es algo muy lindo de la vida.

Después de tantos años de enseñanza y de recibir reconocimientos, ¿qué significa para usted encontrarse con antiguos alumnos que todavía la recuerdan?

Para mí no hay regalo más grande que ir por la calle y, de pronto, alguien me abrace y me diga: “¿Usted se acuerda de mí? Yo fui alumna suya hace 35 o 40 años”. Entonces le pregunto qué aprendió.

Tengo, por ejemplo, una señora que vive en Canadá y que aprendió conmigo confección. Ella regresaba en Navidad y me llamaba para saludarme. Después me contó que tenía su propia empresa de ropa interior y que sus sobrinas eran las modelos que desfilaban en las pasarelas.

Eso me llena de satisfacción porque uno se da cuenta de que lo que enseñó sirvió para la vida de alguien. Incluso cuando me ofrecieron oportunidades para irme y trabajar en otros lugares, siempre pensé que mi hogar valía mucho y no lo cambiaría por dinero.

A sus casi 89 años continúa aprendiendo y enseñando. ¿De dónde nace esa necesidad de mantenerse activa?

Le doy gracias a Dios porque todavía me conserva esta mente. Le pido que, hasta el último día que me dé, pueda tener la mente buena y prestar un servicio. Para mí sería lo más lindo poder seguir cumpliendo con lo que siempre he querido.

A mí me llega algo nuevo y empiezo a aprenderlo. He pensado en estudiar lengua de señas, en aprender inglés y siempre estoy buscando qué más puedo hacer. Todavía doy algunos talleres porque no quiero aislarme del todo y porque me encanta enseñar.

Creo que uno tiene que ser optimista. Lo que uno se proponga debe tratar de conseguirlo. No podemos vivir con miedo pensando que algo no va a salir bien.

Si pudiera elegir cómo quiere que la recuerden cuando ya no esté, ¿qué le gustaría que dijeran de usted?

Como una persona que quería compartir con todos, que trataba a todos por igual. Me siento muy contenta cuando llega mi gente al voluntariado y puedo atenderla, prestarle un servicio y hacer que nos sintamos como una familia.

Quisiera que hubiera mucha paz y mucha hermandad. Y que me trataran con la mayor sencillez. A mí me encanta sentirme del montón.