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Durante la emergencia por el terremoto, siete grupos scouts apoyan la atención en centros de acopio, albergues y zonas rurales, mientras niños, jóvenes y adultos ponen sus conocimientos y tiempo al servicio de las comunidades.

Hay preguntas que parecen sencillas, pero pueden convertirse en una manera de entender la vida. Para los Scouts del Quindío, una de ellas es: ¿qué favor puedo hacer hoy por el mundo? La respuesta se construye con acciones: clasificar una donación, preparar un mercado, acompañar a una familia, apoyar en un albergue o poner una profesión al servicio de quien lo necesita.

Esa vocación de servicio adquirió una dimensión especial después del terremoto del 10 de agosto. Los grupos scouts del departamento convirtieron sus sedes y otros espacios en centros de apoyo para organizar donaciones y acompañar a las comunidades afectadas. En esa tarea participan niños, jóvenes, dirigentes y padres de familia, cada uno desde las labores que puede desarrollar de acuerdo con su edad y preparación.

Lina María Sánchez Parras, jefe del Grupo 7, y Johnny Fabio Wills, integrante del equipo de emergencias, cuentan cómo el movimiento respondió a la emergencia: mientras los voluntarios especializados participaron en labores de búsqueda, rescate y atención de desastres, otros integrantes asumieron tareas logísticas, de apoyo psicosocial y organización de las ayudas.

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La respuesta también ha involucrado a profesionales vinculados al movimiento y a las familias scouts. Médicos, psicólogos, enfermeros, gerontólogos e ingenieros han puesto sus conocimientos al servicio de las comunidades, mientras los padres de familia han ayudado a gestionar el traslado de donaciones hacia sectores donde la asistencia todavía resulta difícil.

Para los más pequeños, la emergencia también se convirtió en una oportunidad de aprendizaje. Los “cachorritos” y “lobatos” participan en tareas seguras, como clasificar ropa, organizar mercados y acomodar elementos livianos. Así, el principio de “aprender haciendo” deja de ser una idea abstracta y se convierte en una experiencia concreta de solidaridad.

¿Cómo se estructura el apoyo de los Scouts en una situación de desastre como la que vive el Quindío?

La región cuenta con una línea especializada, el Equipo Scout de Emergencias. Son primeros respondientes capacitados en búsqueda, rescate y atención de desastres. Mientras ellos trabajan en la “primera línea”, como lo hicieron durante tres días en Pereira, los demás grupos se encargan del apoyo psicosocial y logístico y ponen a disposición profesionales en medicina, psicología y gerontología para atender a la comunidad en albergues y centros de acopio.

¿Cuál es el papel de los niños más pequeños en estas labores de auxilio?

Para los niños, el servicio hace parte de nuestro modelo educativo no formal. Durante la emergencia los vinculamos a tareas que no ponen en riesgo su integridad. Ellos ayudan a clasificar ropa, armar mercados o acomodar elementos livianos, como papel higiénico.

Esto les enseña, mediante el “aprender haciendo”, que incluso en las dificultades se puede reír, cantar y, sobre todo, ser útil para los demás.

¿Qué acciones específicas han realizado en los municipios más afectados y en la capital?

Hemos realizado valoraciones estructurales de edificaciones junto con ingenieros y labores de rescate en Quimbaya. En Armenia apoyamos la digitalización de censos, la entrega de ayuda humanitaria y el manejo de la convivencia en alojamientos temporales, como el Coliseo del Sur.

Además, gracias a los contactos de los padres de familia, hemos movilizado camiones con ayudas desde Bogotá para llegar a veredas alejadas donde la asistencia no llega fácilmente.

¿Cómo han logrado mantener la resiliencia entre sus propios miembros tras el impacto del sismo?

El proceso comenzó por verificar el estado de las familias de los propios scouts. A pesar del susto inicial, los jóvenes han mostrado una gran resiliencia. Son ellos quienes motivan a sus padres a ir a los centros de acopio.

El movimiento les ha dado herramientas para entender que, cuando están bien, tienen el deber de retribuir y ayudar a quienes lo necesitan. Así cumplen con su propósito de hacer un favor cada día.

¿Qué motiva a un adulto profesional a donar su tiempo a este movimiento voluntario?

Muchos adultos, como en mi caso, se vinculan al ver el proceso de sus hijos y terminan enamorándose de la metodología scout. Después de los 22 años, los miembros pueden convertirse en dirigentes voluntarios que no reciben pago alguno.

Lo que los motiva es la convicción de que, al sumar talentos profesionales —médicos, odontólogos y otros— con esfuerzo personal, pueden marcar la diferencia y contribuir a formar mejores ciudadanos para el futuro.