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Brahyam Reyes preside la Junta de Manuela Beltrán Alta, pero tras el sismo asumió la vocería del barrio vecino, arrasado por el terremoto.

El terremoto del 10 de agosto no tocó por igual a los dos lados de la Manuela Beltrán. En Manuela Beltrán Alta, según cuenta Brahyam Reyes, “hubo algunas fisuras, pero ninguna vivienda se destrozó totalmente“. Unos metros más abajo, en Manuela Beltrán Baja, la tierra se abrió de otra manera.

Las casas del sector quedaron con cuartos sin paredes y el piso partido por grietas que, en varios tramos, dejan pasar la luz de un lado al otro. Caminar dentro de ellas se ha vuelto un ejercicio de equilibrio: el piso se mueve a cada paso y en algunos puntos los vecinos han tendido tablas sobre los huecos para poder cruzar de un cuarto a otro sin caer en las fisuras. Varias viviendas quedaron con una inclinación inusual hacia el voladero que las sostiene. Por eso, muchas familias optaron por no volver a dormir adentro: instalaron carpas al pie de sus propias casas, y entre esas carpas y las paredes agrietadas los niños del barrio pasan el día revoloteando, ajenos por momentos a la gravedad de lo que los rodea.

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El día que se enteró

Reyes no vivió el temblor con angustia. Estaba donde una vecina cuando comenzó el movimiento y, según relata, “lo único que me acordé fue como ir a despertar a mi mamá para que sintiera el terremoto que estábamos viviendo”. El susto llegó después, cuando una amiga del sector subió hasta donde él estaba y le dijo: “Ey, Bray, la casa se me cayó”.

Bajó esa misma noche, alrededor de las siete, después de confirmar que en su propio barrio, Manuela Alta, los daños habían sido menores. Fue en ese momento, cuenta, cuando los vecinos de Manuela Beltrán Baja lo eligieron como su vocero ante la ausencia de una Junta de Acción Comunal con personería jurídica vigente.

Los primeros días los ocuparon en grabar videos para que la alcaldía y otras entidades se enteraran de la magnitud del daño. La administración municipal, dice Reyes, tardó cerca de ocho días en llegar. Cuando lo hizo, realizó un censo y ordenó la evacuación por riesgo de “alerta roja”, calificando el sector como “barrio subnormal”. Desde entonces, según el vocero, ningún ingeniero ha vuelto a revisar las viviendas para determinar si pueden reforzarse o si deben demolerse: “Todo está en veremos.”

Mientras tanto, fue el apoyo de fundaciones y personas particulares el que sostuvo a las 32 familias que Reyes calcula afectadas entre los dos costados del barrio, 17 de un lado y 15 del otro, además de otras que, aunque conservaron su vivienda en pie, dependían de familiares en Pereira que no han podido enviarles sustento. “Gracias a ellos tenemos las carpas, tenemos cobijas, tenemos repelente, porque hubo como una pandemia de zancudos por las cañadas. Los niños todos estaban picados, tenían una virosis”, relata.

Entre las viviendas más comprometidas está la de doña Ángela, que Reyes describe como inhabitable y a punto de desplomarse hacia el barrio La Milagrosa. Las gestiones para que la empresa de gas desconecte el servicio de esa casa no han prosperado, y si la estructura cae, advierte, también arrastraría un poste eléctrico. A esto se suma un desplazamiento de tierra en la parte trasera del sector, cerca de Girasoles, que según el vocero tampoco ha sido atendido por las autoridades.

Un vecino sin obligación

Reyes no vive en el barrio que representa. Cuando se le pregunta por qué decidió ayudar, responde: “Yo digo que no es lo que a uno le toque, es lo que a uno le nazca.” Y agrega que, si bien Manuela Beltrán Alta y Manuela Beltrán Baja son sectores distintos, comparte con sus habitantes una vecindad de toda la vida: “Son personas de bien, entonces debemos ayudarnos unos a los otros”.

Ese rol también le ha traído señalamientos. Reyes cuenta que algunos vecinos de Manuela Alta lo han acusado de quedarse con los mercados destinados a los damnificados. Lo niega de forma tajante: asegura que las fundaciones y entidades reparten las ayudas casa por casa, sin pasar por sus manos, y que son los propios damnificados de Manuela Beltrán Baja quienes pueden dar fe de que nunca se ha quedado con nada.

Lo que sigue

Las familias descartan por ahora trasladarse al albergue habilitado por la alcaldía, por temor a perder las pocas pertenencias que lograron rescatar de sus casas. Prefieren esperar una solución definitiva, reubicación o refuerzo estructural de las viviendas, antes que abandonar el lugar. Reyes, que no ocupa un cargo formal en ese barrio, resume así su compromiso: “Siempre van a tener apoyo en mí. Lo que yo pueda hacer por ellos, de una.”