Lunes, 11 Nov,2019

Cronistas clandestinas

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En El motel del voyeur de Gay Talese, se cuenta la historia de un hombre que compra un motel con la intención de adecuarlo para satisfacer sus deseos voyeristas. Con la ayuda de su esposa reforma las rendijas de los techos de las habitaciones para que, por los espacios de las mismas, sus ojos puedan ver y rastrear cuerpos y formas, sin ser descubierto. Gerald Foos es un hombre común, sin atributos diferentes al deseo de observar y de anotar en un diario aquello que ve: parejas disfuncionales que discuten por banalidades, personas ambiciosas que continuamente hablan de dinero y de trabajo, mujeres insatisfechas sexualmente, hombres que las utilizan como objeto de sus goces, y en general, gente aburrida y frustrada que tiene poco o nada de sexo en un motel. Sin embargo, ante este curioso caso de un voyeur que escribe lo que ve —que no son precisamente orgías—, Talese dice que hay ocasiones en los que un voyeur es una especie de historiador social, un cronista clandestino, un periodista que ve los defectos del mundo, las imperfecciones de la gente y los lugares.

***

No recuerdo con precisión hace cuánto lo descubrí observándome. Han pasado muchos años desde aquel día, quizá han sido siete, ocho o diez, y todavía me mira. Tampoco recuerdo muy bien cómo lo descubrí, era difícil notarlo porque siempre estaba en el mismo lugar y en la misma posición y casi que con la misma ropa. Él vive en el edificio que queda frente al mío, un piso más arriba de Tati, mi excompañera de colegio. Su apartamento y el mío tienen grandes ventanas que dan a la calle, en el mío no hay cortinas, en el suyo sí. Desde que llegamos a vivir ahí me asomaba cada tanto a la ventana, el paisaje es bonito, pasan muchos carros y mirar a las personas desde arriba, cuando ellas creen que no son vistas, me parecía muy divertido. 

Tenía doce años. Era un día común y corriente, estaba observando la rutina de esa calle y de esas casas cuando vi a un hombre parado, asomado en la ventana del edificio de enfrente, estaba mirando hacia la dirección en que yo me encontraba, en camisa blanca y chorcito rosado de flores. Al parecer, lo interrumpí mirándome. Volteó la cara bruscamente, miró hacia otra dirección como si algo le hubiese incomodado y esa tarde sus ojos no volvieron a mí. No sé cómo fue exactamente la sucesión de esos días, pero lo encontré más de una vez mirando para mi ventana. Creo que tenía cincuenta años, alto, blanco, de gafas, pantalón y camisa, su cuerpo muy quieto, casi rígido, impávido, su rostro serio, muy serio, imperturbable.  

Me demoré mucho en codificar la información que probablemente llevaba días guardando y procesando: cada vez que me asomaba a la ventana él estaba ahí, mirando hacia mí. No sabía qué hacer, estaba asustada, no quería comprobar que efectivamente ese hombre me observaba. Como quien intenta recordar un tiempo en el que fue feliz, comencé a repasar minuciosamente recuerdos y pruebas en los que su imagen pudiera aparecer, comencé a mirarlo en distintas horas del día desde distintos ángulos, comencé a medir la posible distancia de la sala hasta donde él tenía visión. Me preguntaba por qué observaba a una niña como yo, qué era lo que miraba y por qué con tanta insistencia. Al principio buscaba excusas para ir hasta la ventana, entre excusa y excusa podían pasar dos y tres horas, el resultado siempre era el mismo: él todavía estaba ahí. Me vi forzada a disminuir el tiempo de revisión. ¿Qué tal si era pura coincidencia que nos asomáramos a la ventana a las mismas horas del día? Tenía que descartarlo, así que la disminución de tiempo comenzó y con ella, una manía por verlo. Mantenía intranquila. Mis hábitos se vieron constantemente interrumpidos, no podía ver una película completa sin levantarme a mirar cuatro o cinco veces. Si hacía tareas me sentaba cerca a la ventana, cuando conversaba con alguien en casa y estaba lejos de ella, me veía obligada a interrumpir la charla; cuando estaba fuera de casa me preguntaba qué hacía él sin mí, me preguntaba si tal vez estaba esperando a que yo llegara o si prefería no asomarse si no estaba. 

No me miraba cuando yo lo miraba a él. ¿Cómo sé entonces que me miraba? A veces, intencionalmente, jugaba a hacerme la que no sabía nada de sus observaciones, entonces miraba la calle, miraba las nubes, miraba cualquier cosa mientras sentía sus ojos sobre mí, después de forma rápida, giraba el rostro hacia su ventana y confirmaba lo que ya sabía. Entonces él jugaba a hacer como si mi ventana no existiera, como si dentro de todo lo posible por ver, mi ventana fuera la última cosa del mundo en la que se detendría. Quizás por eso mi obsesión fue en aumento. Era un hombre comportándose como un niño. Cuando el hombre dejaba de mirar y el niño disimulaba su deseo de observar, comenzaba mi rol. No podía quitarle la mirada de encima. Tenía que decirle que yo también podía hacerlo, aunque no entendiera la finalidad de lo que hacía. Para ese entonces era venganza pura. 

Un día, hablando con mi hermana, descubrí que él no solo me observaba a mí, lo hacía con muchas personas más, según su ventana se lo permitiera. La respuesta a mis preguntas había llegado: cuando yo no estaba, él miraba a más personas. Creo que fue ahí cuando la obsesión comenzó a desvanecerse. La intimidad que nos había unido existía sólo en mí, o él tenía intimidad con muchos más, y eso no era lo que yo entendía por intimidad. Fuera quien fuera la persona que viviera en mi apartamento, sería observada. No tenía que ver conmigo sino con él, entonces a la niña de doce dejó de importarle. 

Pasaron varios años y comenzó a inquietarme otra vez, pero de forma muy distinta, la figura, la quietud y la vida de ese hombre. Con ese paso del tiempo y la distancia, empecé a preguntarme seriamente por él, comencé a crear historias ficticias, a darle motivos y razones que explicaran el porqué de lo que hacía. En uno de esos intentos pensé en todo el tiempo que había pasado y en lo que tuvo que haber visto en esos diez años. Es un voyeur, un testigo. Nadie en esta calle sabe tanto de las personas y familias que han vivido en estas casas y edificios como él. Nadie podría hablar mejor de nuestras desventuras, de nuestros cambios, de nuestros afanes. Él sabe, sobre mis padres y hermanos, datos que nunca tendré porque él ha hecho lo que yo no: observarlos. También debe saber mucho de mí, debe haber visto mis manías, las que no se reflejan en el espejo y que solo quienes nos observan con cautela conocen. Tal vez recuerda días míos que yo ya perdí en algún lugar oscuro de la memoria. Él debe saber mucho más de todas nosotras, de todos los que, ocupados en el trabajo, estudio y un sin fin de cuitas, miramos muy poco para adentro, y con mucha rapidez para afuera.

Ahora me he preguntado qué hace ese hombre silencioso con todo lo que observa y sabe. Me pregunto si tal vez tiene un libro de anotaciones como Gerarld Foos, me pregunto —de ser así— qué escribirá, quiénes seremos, qué personaje malvado o triste o inútil somos y no lo sabremos. Si no lo escribe, me pregunto si como yo, en su cabeza tiene cajones con la información de sus observados y si esos cajones están agrupados por categorías: “los justos”, “los que llegan pisando duro”, “los memoriosos”, “los que no saben hacer silencio”, “los trogloditas”, “los otros”. También me pregunto si ya reconoció que su contemplación de acciones y actitudes íntimas de otras es voyerismo, o si todavía cree que eso es solo una cosa para depravados que observan momentos eróticos que no deberían ser observados; también me pregunto si él comenzó como todas nosotras, que observamos momentos ajenos, que nos inmiscuimos en la cara triste de una mujer que va en el bus, que nos detenemos en las cicatrices del cuello de un niño que pasa, que observamos largos minutos a señores sentados en parques, que miramos a la gente que camina por nuestra acera mientras jugamos a adivinar de dónde vienen o para dónde van, que miramos mucho para poder llegar a casa y contarle a mamá cualquier historia pequeña de nuestras diarias observaciones. Gerald cuenta que su voyerismo comenzó de niño cuando encontró un lugarcito para observar a su joven tía desnuda. Como buena cronista clandestina, me he preguntado por el origen del voyerismo del hombre del edificio de enfrente, también me he preguntado, después de tantos años observándolo y divagando sobre él, por el origen del mío, y ahora, mientras escribo, me pregunto por el origen del de todas ustedes, que leen mientras piensan y recuerdan ese primer cuerpo observado. Somos como ellos. Somos esas personas que miran y que hacen anotaciones para construir una realidad basada en ventanas abiertas de la intimidad de otros. 


Hay gente que observa los pájaros, gente que observa las estrellas, y hay gente como yo que observa a los demás.
Gerald Foos

 

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