Ciudad / ENERO 25 DE 2022 / 4 meses antes

La Armenia de antaño: vestigios arquitectónicos de ciudad

Autor : Valeria Urán Sierra y Luis Hernando Restrepo Aristizábal

La Armenia de antaño: vestigios arquitectónicos de ciudad

Esta ciudad es como una gran mano entrelazada, cruzada de quebradas y cultura popular en el sur; moldeada entre pequeñas colinas en el centro.

Cuando la tierra se mueve, vibra la historia. Y es que cuando las placas tectónicas bajo el suelo sucumben ante el caos, esperar la vida y la muerte es la única opción. Se conmemoran 23 años del terremoto del Eje Cafetero, y aunque esta generación quindiana poco conoce sobre lo ocurrido aquella tarde de enero, las historias de los viejos, de las madres, y de las antiguas casonas aún persisten. Cuando se pretende hacer memoria, a las ruinas del ayer hay que ayudarlas a resistir.

Es innegable que el 25 de enero de 1999 parte en dos la historia de la ciudad de Armenia. Antes, como un pueblo forjado por colonos de otras tierras que llegaron a la Hoya del Quindío, para erigir nuevas poblaciones hacia el inhóspito sur del Viejo Caldas, para luego recibir la llegada del ferrocarril e imponer un milagro cafetero, convertido en un sabroso tinto mañanero, y ahora, como una ciudad capital, que ha tratado de ocultar mucha de su añeja memoria bajo los cimientos del desarrollo de una arquitectura moderna, en muchas ocasiones, compleja de asimilar.

Espacios que desaparecieron y otros que cambiaron su carácter social, aún se mantienen vivos en la memoria de una ciudadanía que rebuja los libros de la historia, para desempolvar un poco los recuerdos del ayer. Lugares como el antiguo Teatro Bolívar y la vieja galería o plaza de mercado desaparecieron para siempre; otros, como el Parque Uribe, el Parque Sucre, la Parroquia Nuestra Señora del Carmen y el Colegio San Francisco Solano, aún se mantienen, pero han cambiado su reconfiguración tanto física como social.

Barrio Uribe: de casas quintas 

El barrio Uribe se fundó en 1918, como uno de los primeros lugares residenciales de una joven Armenia. Construidos a partir de casas quinta, en el sector de La Manga de don Nicolás Martínez, vía al Río Quindío. Su inauguración fue el 15 de octubre de 1919.

La arquitectura se forjó alrededor de las nuevas tendencias de la época: casas aisladas y con antejardín. El vecindario fue habitado por lo que se conocía en la época, como familias distinguidas. Algunas de las casas que perduran en las memorias de sus vecinos, son las de don Wolf Knietzko con grandes palmeras, marcando la entrada y compitiendo con la de don Marco A. Quintero, que denominaron el Castillo de Getsemaní. 

Del Parque Uribe, sus actuales calles, olvidaron con premura, sus viejas y aristocráticas casonas. Barrio de lujos y muchas historias. La Fontana, con su rocola legendaria, con las canciones de Rodolfo Aicardi y Pastor López, eran la banda sonora, que siempre alegraba el tocar de las aldabas con cabeza de león, que en los pórticos de las casas daban la bienvenida al vecino inmediato, al familiar inoportuno o al forastero perdido. 

De aquellas épocas clásicas de los años 60 y 70 muy pocas historias permanecen, entre ellas, las anécdotas de los ‘cocacolos’, que hacían gala de sus atuendos de fiebre de sábado por la noche, siendo la vida y la broma del centro de la ciudad.

Teatro Bolívar: la matiné 

El Teatro Bolívar, ¡cuántas películas vistas, cuántos rollos perdidos! y que de eso solo quedó el recuerdo de la infancia, la adultez y los noviazgos.

Para mediados del siglo XX, los cinemas y los teatros de la ciudad de Armenia se consolidaron como destacados puntos de encuentro, de diversas clases sociales, para el disfrute de las películas que llegaban desde otras latitudes. El Teatro Municipal, el Colombia, el Apolo, el Bolívar, el Yanuba, el Izcandé, el Yuldana, entre otros, fueron algunos de los antiguos cinemas más importantes de la ciudad. Muchos de estos teatros, desaparecieron a través del tiempo, mientras la urbe cambiaba y se modernizaba.
Pero, el Teatro Bolívar sucumbió ante el sismo de 1999. Inolvidables historias del cine de matiné y el social doble de las tardes, donde las familias compartían bebidas y el maíz pira, entre las viejas sillas de aquel teatro esquinero, ubicado en el cruce de la carrera 13 y la calle 21. que hace 23 años quedó partido a la mitad, y sus rollos de película bajo los escombros. 

El teatro se inauguró con la película Mi reino por un amor. Su dueño fue Luis Horacio Gómez, pero años más tarde pasó a la sociedad Promotora Gómez E & CÍA. S en C. El teatro fue vendido en 1993, a la Gran Cadena de Cines Ltda. Después del terremoto de 1999, el Teatro Bolívar tras haber sufrido considerables daños, tuvo que ser demolido. 

Parroquia del Carmen: cúpulas pérdidas 

La historia feligrés y de los templos religiosos como puntos de encuentro, han marcado la historia de la ciudad, incluso desde su fundación. 

La Iglesia del Carmen comenzó como una pequeña capilla, construida en guadua, por el sacerdote boyacense Nicolás Gutiérrez en un lote que originalmente llegaba hasta el actual Terminal de Transportes. Según testimonios de la época y de las personas que promovieron su construcción, la iglesia se forjó a partir de la venta de empanadas, bazares y fiestas. El padre franciscano Fray Samuel Botero fue el párroco durante su construcción. 

El terreno, tanto de la parroquia como del colegio San Francisco Solano, se denominaba La Ceiba, y anteriormente quedaba allí el primer cementerio que había sido donado por la hermana de Botero, doña Inés Gutiérrez de Ángel. El lote contiguo lo regaló el señor Pedro Piedrahita. La iglesia terminó de construirse en 1954. 

La demolición de este templo religioso, días posteriores al terremoto, arrebató a los feligreses del barrio Santander y de buena parte del sur de la ciudad, su monumento más preciado. Esta se convertiría más tarde, en una parroquia con una arquitectura moderna, que dista de la clásica estructura religiosa.

Colegio San Solano: ruinas y lápices 

El colegio San Francisco Solano, antiguamente ubicado en el barrio Santa Fe, ha sido una de las instituciones educativas más destacadas de la ciudad de Armenia. Fundado por Fray Samuel Botero Restrepo el 20 de julio de 1952, para atender la necesidad de las familias de escasos recursos que se encontraban ubicadas en el sur de la ciudad. Su nombre proviene en honor al misionero franciscano San Francisco Solano. 

Gran tristeza generó en la comunidad el hecho de ver en ruinas uno de los colegios más tradicionales de Armenia, que días previos al terremoto, preparaba una nueva temporada estudiantil para enfrentar los retos del nuevo milenio. Se perdió la sala de dibujo técnico ubicada en el último piso; era una de las mejores del país

Posterior al terremoto, el colegio San Solano funcionó durante 4 años, en la jornada de la tarde en el colegio San Luis Rey. Para el año 2003, se dio de manera oficial el traslado a la sede campestre ubicada en Calarcá, vía Barcelona.

Galería: encuentro y memoria 

La primera plaza de mercado que tuvo Armenia, se quemó en 1935. Los arquitectos Antonio Bernardini, Luis Jaramillo y Roberto Henao se encargaron del diseño del nuevo edificio. La construcción comenzó con los dineros de la indemnización que pagó el seguro del incendio.

La galería, conformada por 4 manzanas, tenía calles interiores pensadas para el aprovisionamiento y servicio de aseo y mantenimiento. Sus pabellones se distribuían por productos: el pabellón de la carne, el de frutas y verduras, el de cacharro y dotaciones, y el de granos. La torre de administración funcionaba como vigía de la ciudad, —llegando a ser en su momento la estructura más alta de Armenia—, y se divisaba desde cualquier rincón de la ciudad. 

Se convirtió en el principal punto de encuentro y reunión, entre campesinos, comerciantes, desempleados y cafeteros. Allí llegaban todos los transportadores del campo, las flotas y los jeeps Willys. Durante la época clásica de la Vuelta a Colombia en bicicleta, la galería fue la meta de los ciclistas. Uno de los que alcanzó la gloria en este lugar, fue Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez. 

La edificación estuvo catalogada como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Pero, la administración municipal posterior al terremoto, decidió su demolición, generando un conflicto entre los ciudadanos, ante la pérdida patrimonial, porque era uno de los hitos urbanos más representativos de Armenia

Actualmente, en este lugar se encuentra el Centro Administrativo Municipal, CAM, y pese a que han pasado los años, esa memoria como punto de encuentro sigue vigente para las clases populares.

Parque sucre: jardín de antaño 

El Parque Sucre era un jardín, pero en 1910 se convirtió en parque. Este lugar ha sido uno de los espacios más representativos en la historia de la ciudad. Ha estado rodeado por instituciones educativas, y diversos escenarios para el entretenimiento. 

Durante muchas décadas, el Parque Sucre tuvo fuentes de agua con gran variedad de especies de flora y fauna. Caracterizándose entonces, como un espacio para el disfrute de la naturaleza en el centro de la ciudad. 

A partir de la renovación posterremoto se realizaron diversas modificaciones en este parque para conectarlo con la peatonalización de la carrera 14, lo que significó la pérdida de esa característica de jardín de antaño, para convertirse actualmente, en un lugar para el entretenimiento, pero que ahora asiste al abandono y la desidia institucional y ciudadana

Aún se mantiene en pie una ceiba centenaria, que conserva la memoria del parque. 

La historia también da cuenta de que la ciudad tuvo un movimiento cívico, conformado por hombres y mujeres, que desde el sentimiento genuino, y el deseo de contribuir al fortalecimiento de unos valores, dieron paso a la construcción de obras, y al mantenimiento de lo público. Se aventuraron con la realización de ventas, bingos, cocteles, rifas, bazares, desfiles de modas, y eventos sociales de todo tipo. Esto fue conocido como el civismo, apadrinado por la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia.

 

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Desde la cordillera se contempla una ciudad, que siendo joven aún, afronta con valentía los recuerdos de antaño y las complejidades del presente. Armenia, está destinada a ser pueblo memoria.

Esta ciudad, que es como una gran mano entrelazada, cruzada de quebradas y cultura popular en el sur; moldeada entre pequeñas colinas en el centro, que bordean los adoquines de la plaza central; y el norte, con vías curvas y contemporáneos edificios que se olvidan forzosamente de las cumbres montañeras y el Paisaje Cultural Cafetero. Entre los dedos como barrios y sus espacios como cañadas, la vida recorre sus calles, haciendo de los corredores biológicos únicos en diversidad.

El tren ya no llega a Armenia, y los rieles no son más, pero en sus céntricas calles y los ancianos con prensa en mano, los recuerdos siempre están. Eso, el papel, aún se distingue como un medio que de mano en mano acaricia la historia y permanece en la posteridad. Pocas quedan, las antiguas casonas de bahareque y esterilla, que con el paso del tiempo solo se ubican entre los marcos de los álbumes de fotografías, que las abuelas y abuelos, celosos, aún conservan. Mientras los viejos y viejas, pasado el tinto mañanero, esperan en la tarde, que el sol de los venados refleje en sus rostros la sombra que pronto será indicio de nocturnidad.

El tren ya no llega y los rieles no son más, pero en sus calles y los ancianos con prensa en mano, los recuerdos siempre están.

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