Editorial / SEPTIEMBRE 28 DE 2022

¿Prohibido protestar?

Algo está mal, además de casi que ser motivo de enemistad y hasta agresión hablar públicamente de preferencias políticas, también lo es salir a protestar.

¿Prohibido protestar?

No puede la protesta social en Colombia ser sinónimo de violencia. Manifestar públicamente insatisfacción con las decisiones o actuar de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial es un derecho constitucional y por eso debe respetarse y garantizarse, siempre y cuando se haga con pleno acatamiento de las normas. Muy doloroso es el recuerdo de la última gran protesta nacional, contra la reforma tributaria del entonces presidente Duque; tragedia y zozobra, cualquiera de esas dos palabras, resume para la mayoría la manifestación masiva en los estertores del anterior mandato nacional. Terminó el odio incubado en el país, enfrentando colombianos que, a lo mejor, estaban de acuerdo en los reclamos, lamentable. 

No es comprensible que el anuncio de una manifestación, como ya ocurrió en el reciente pasado, obligara a comerciantes a cerrar sus negocios y proteger ventanas y puertas con tablones, como si tuvieran culpa alguna de lo que tanto molestó a millones. Los excesos aparecieron de parte y parte, entre los manifestantes se infiltraron delincuentes, pagados por quienes creyeron que la violencia y no la protesta pacífica era el camino. Madres y padres de familia se quedaron llorando en casa por la salida de un hijo a participar en las protestas, como si en lugar de caminar la calle para hacer uso de un derecho se hubiera ido para la guerra. Muchos de quienes arengaron en nombre de la libertad, lo hicieron por la vía de la amenaza y el insulto. 

Acaba de pasar una nueva jornada nacional de protesta, esta en contra del actual gobierno nacional, la primera, tal vez no la última. La participación de manifestantes a nivel nacional, incluido el departamento del Quindío, fue masiva. No tuvo tantos marchantes la movilización del pasado lunes, como las que se organizaron contra el gobierno Duque Márquez, pero no por eso había que desestimarla. La de esta semana, como las anteriores y las que vengan, deben reivindicar la civilidad de quienes caminan con carteles y de quienes observan. Pensar diferente no es causa de agresión ni justifica la violencia. Como sociedad, está toda la tarea por hacer para aprender a respetar la opinión ajena. En la jornada de marras, como en las últimas del gobierno de Iván Duque, hubo excesos, de quienes protestan y de quienes no encuentran motivos para hacerlo. 

Cuando Duque Márquez, la protesta se satanizó, especialistas en transformar mentiras en verdades para generar odio, reinaron. Por eso tanta rabia entre los colombianos. Ganó la desinformación el año anterior. A casi todo aquel que marchó lo tildaron de delincuente, aunque hubo muchos malhechores generando y aprovechando el caos. El lunes anterior volvió la agresividad, esta vez de muchos de los que a ultranza y hasta con fanatismo defienden el actual gobierno, las redes sociales se inundaron de insultos y burlas a quienes marcharon de forma pacífica. Rechazo total a quienes, para protestar, hace un par de días, apelaron al racismo e incitaron a la violencia contra el que piensa diferente. Todas esas manifestaciones exageradas incuban y causan tragedias; muy lejos está la transformación y el bienestar social de acciones como estas. Mientras la política y el disenso no sean admitidos como una oportunidad para cambiar lo que está mal y mejorar como sociedad, la violencia y el temor reinarán.

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