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Opinión / JULIO 08 DE 2012

¿A quien hacemos caso?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

  Es apenas natural que siempre que requerimos de alguna asesoría, opinión o consejo referente a algo que nos inquieta y que necesitamos decidir, acudimos a personas que nos generen plena confiabilidad, que tengan los conocimientos, la experiencia, el criterio y la madurez. Aunque no pocas veces, por precipitación, por razones de costumbre o por moda, acudimos a conceptos generalizados que, así no tengan la sustentación racional o científica,  los asumimos para nosotros como normales y adecuados, así vayan contrarios a los principios y valores. 

En ese orden de ideas, llegamos a descalificar personas éticamente bien estructuradas, sobre la base que están fuera de foco, desactualizadas o de tiempos supuestamente “superados”. La pregunta sería, ¿superados en qué?  Salen aquí a relucir las mas famosas  trampas éticas a las cuales  hizo referencia el profesor de Harvard Bussines School, James Austin en los siguientes términos, como excusas para justificar o tranquilizar nuestra propia conciencia: “Solo por esta vez”. “No se darán cuenta”. “Al lugar donde fueres, haz lo que vieres”.  “No existe una norma que diga no sobre lo que voy a hacer”. “El que obedece no se equivoca”. Puntos bien interesantes en lo que valdría la pena reflexionar.

Hoy se nos habla de las dificultades que dentro del común de las gentes de su tiempo y seguramente hoy en nuestros días, debió enfrentar Jesús en desarrollo de su vida pública, por el mero hecho de tratarse del hijo de un carpintero.  Y es que tal como nos lo plantea en la web Ciudad Redonda,  Jesús, hecho por su encarnación “uno cualquiera”, pero también, por eso, alguien cercano, “uno de los nuestros”, sigue hablando y actuando por medio de gentes normales.

Pueden ser esas madres creyentes que les recuerdan a sus hijos los principios elementales del bien y sus deberes para con Dios; puede ser un amigo que con sus actitudes nos recuerda que no todo está en venta, que no es obligatorio adaptarse a lo que “todo el mundo hace”; puede ser un hermano o hermana de comunidad que de palabra o de obra nos avisa que nuestro comportamiento se aleja del ideal que nosotros mismos afirmamos profesar… Todos aquellos que se toman en serio la Palabra de Dios, la escuchan y tratan de ponerla en práctica se hacen profetas de Jesucristo. Al hacerlo, asumen el riesgo del rechazo, del desprecio, de la exclusión.

Porque esta Palabra es una Palabra salvadora, pero también incómoda. Y podemos tratar de protegernos de ella rechazando a esos profetas, “gentes cualquiera” a los que creemos conocer muy bien y a los que no les consentimos que nos “sermoneen”, ni traten de enseñarnos nada. El problema es que, al hacer esto, podemos estar rechazando a Cristo, que profetiza por ellos, impidiendo que esa Palabra vivida y operante nos ilumine, nos toque e, imponiéndonos las manos, nos cure y haga entre nosotros milagros. Es importante estar abierto al bien, sin etiquetas, incluso si viene del más cercano; este es un elemento esencial de la verdadera fe. Y, si nos abrimos de esta manera, nos iremos convirtiendo en profetas, gentes libres, tocadas por la Palabra de Dios, que la transmiten, pese a las debilidades y defectos, con su forma de vida y también con sus palabras.

Pero tenemos que tener claro el precio que podemos tener que pagar por esa profecía de la vida cotidiana. Podemos atraernos el rechazo o el desprecio de los demás, a veces de los más cercanos. No por ello hemos de desalentarnos. Aunque esta Palabra (que no es nuestra, sino que nos la ha dirigido Dios) parezca no ser acogida ni escuchada, es importante que suene. Siendo una Palabra viva y eficaz, más aguda que espada de doble filo (cf. Hb 4, 12), es una palabra “que sale de mi boca y no vuelve a mí vacía, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión”.

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