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Opinión / MAYO 11 DE 2023

Algunas cuestiones sobre la Filbo

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El “hiperactivismo” y las ambiciones desbordadas son dos de los peores enemigos de la cultura, y muy especialmente de los ámbitos y los actores que buscan propiciar el goce de leer. Entre el 18 de abril y el 2 de mayo la Feria Internacional del Libro de Bogotá, en Corferias, fue un hervidero de oferta editorial, actividades y público ávido de libros ¿y de lectura? Planteo este primer cuestionamiento porque es muy claro que, si bien lo fundamental de la Feria es poner a disposición del público miles de libros, ello no significa que sea la lectura la que salga particularmente beneficiada en los quince días del evento. Y no lo puede ser porque el flujo descontrolado de público y la logística al interior del recinto contribuyen a que sea imposible encontrar un lugar tranquilo para tan siquiera hojear el libro que se ha comprado. Como centro de eventos Corferias ha tenido un crecimiento desbordado, pero que poco se han preocupado por organizar zonas verdes y estancias adecuadas para disfrutar de la lectura. Alguien diría que a la Feria se va a comprar los libros, no a leerlos, pero a mi parecer no hay nada mejor que poder hojear cuanto antes el título adquirido o despacharse las primeras páginas como parte de la experiencia en el lugar. 

De modo que pasada la Feria las cifras oficiales dan cuenta de número de visitantes –más de 600.000 personas− y millones de pesos en ventas, pero no creo que sea fácil establecer con claridad las experiencias significativas de lectura y los aportes verificables al incremento del índice de la misma. Nos enfrentamos entonces a algunas verdades incómodas: de los miles de libros vendidos un alto porcentaje irá a reposar en anaqueles durante largo tiempo y quizás nunca sean leídos; las “excursiones” de colegios a la Feria incrementan considerablemente las estadísticas de visitantes, y tal vez sean una forma provechosa de “capar clase”, pero la falta de control y el comportamiento antisocial de una buena parte de los estudiantes convierten la estadía en la Feria en algunos horarios en una experiencia traumática; aunque puede haber compradores y lectores para todo tipo de libros, mucho de lo más interesante y valioso se pierde entre montones de material deleznable. 

Capítulo aparte de contrariedades y decepciones merece la programación cultural y literaria. Una curaduría racional, sin el delirio de que en Bogotá “hay público para todo”, evitaría que, por ejemplo, los escritores de las regiones se sometan a la humillación de tener que dirigirse a públicos de tres o cuatro personas, además de no ver sus libros exhibidos dignamente, mientras las vedettes impulsadas por los grandes sellos editoriales llenan los auditorios más grandes; y que el público se enloquezca decidiendo a cuál de las diez charlas o presentaciones artísticas programadas a la misma hora asistir. 

Bastante por corregir en un evento tan bien financiado, sobre todo teniendo en cuenta que en otras ciudades se hace mucho más por la cultura y la lectura con menos recursos. 


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