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Opinión / ABRIL 25 DE 2024

Blanco y negro

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Si algo nos acercó con entusiasmo a la vida pública como estudiantes de colegio y universidad, era encontrar muchos líderes en los que confluían las características de hombres políticos y de letras, de estadistas y humanistas,  que protagonizaron un ciclo importante de la vida política colombiana. Eran ejemplo e inspiración de vigorosa intelectualidad, hasta se podría decir, incluso, que su claridad doctrinaria, inspiraba ideas, fijaba rumbos, establecía espacios, donde discutir era un ejercicio legítimo de la inteligencia. 

Era tal la solidez de concepciones y de posturas frente a la realidad con las que actuaban muchos de los políticos de entonces, que, más allá del acuerdo o desacuerdo que suscitaran y las discrepancias o afinidades que se tuvieran, nadie desconocía su autoridad y  peso específico.

 Si superponemos, a contra luz, esta imagen  del pasado con la realidad actual, encontraremos una elocuente radiografía de la decadencia conceptual de nuestra clase política actual, de la pobreza dialéctica de sus más visibles exponentes.

 La falta de imaginación de los políticos de hoy logra cosas tan lamentables como conducirnos a la dicotomía simplista que padecemos ahora los colombianos, reducidos a una división aparente y sin sentido del espectro político nacional entre uribistas y anti-uribistas

Parece que no hay nada más allá de esas dos opciones huecas, que tiene girando las esperanzas de un país como corcho en el arroyuelo, sin que se encuentre una salida decorosa, ni un líder inteligente que la lidere.

Esa polarización bobalicona y facilista parece vacunarnos contra la angustia de tener que pensar y crear caminos diferentes que resignifiquen el rumbo que reclama nuestro país. 

Pero la tensión no corre por la supuesta sustancia de la polarización, que en el fondo no es otra que la ruindad de ventilar en público acusaciones personales, que en un país serio ya las hubiesen descalificado por perjudiciales e inanes y que convienen a nadie más que a estas dos tendencias que distraen la atención de la galería sobre nuestros problemas principales.

Pintada la cara de simpatizantes y malquerientes entre estas dos divisas, las opciones políticas se circunscriben a la mediocridad de escoger entra la soga o el cuchillo para consumar algo parecido a un suicidio político colectivo, que oculta las inmensas posibilidades que existen en el universo político colombiano.

Pero eso mismo sucede en provincia donde la política también gira alrededor  de odios o lealtades gratuitas o alquiladas, centradas en las personas más que en las ideas, como pasa en el Quindío.

Que cese la polarización a eso aspiramos los espíritus independientes, para que pueda avanzar el país, los que entendimos la mano dura de Uribe de ayer y hoy estamos de acuerdo con la necesidad inaplazable de cambios de fondo, aunque tengamos nuestras dudas, por tratarse de exponentes de los mismo factores dominantes del poder económico y político, que por distintas vertientes son responsables de muchos de los males que padecemos.

Necesitamos empezar a romper algunas narrativas de la polarización del poder que impiden reflexiones más profundas sobre la realidad y la responsabilidad del conflicto colombiano. 
 


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