Opinión / SEPTIEMBRE 16 DE 2021

Comuna cinco

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Camino con Haru las calles de La Unión, Siete de agosto, El Recreo. Barrios clasemedieros: nidos de la mano de obra cuyabra. Los cestos rebosan de basura, los parques infantiles apestan a caca de perro, a orines de indigente. Temprano —antes de la 7 a. m.— me interno en El Bosque. El pasto devora los andenes, los árboles esconden en la hojarasca a los adictos al sacol. La plaza de toros es una muela con caries. Ni el CAI aleja de los pasadizos el puñal del maleante. Los habitantes del sur de Armenia no tienen sitios de esparcimiento distintos a la cantina: la delincuencia ha acaparado canchas, parques, ciclorrutas, vías. Bajo por la Canoa. Cuento las ventas de arepas —parrillas maltrechas, carbones al rojo—, las de buñuelos. La gente se agrupa allí: no conserva la distancia sanitaria ni se desinfecta quien entrega o recibe las monedas. En las esquinas, los moto-ratones ofertan servicios, tarifas: Hospital, tres mil, tres mil; centro, dos mil, dos mil. Miro los postes del alumbrado público: hojas oficio —impresas en escala de grises— ofrecen trabajo de modelos webcam. 

Los veo en las mañanas, en las noches. Suben al bus o cruzan raudos en motos. Salen impecables. Huelen a soflán. Van trajeados de celadores, enfermeras, taxistas, panaderos, mecánicos. Regresan marchitos. El cansancio los cubre. El tedio les gotea de los ojos, labios, gestos. A pesar del tapabocas y el sombrero unos pocos me reconocen: saludan con un mohín de cejas. Fuimos compañeros de pupitre, pizarra, microfútbol. Recuerdo los nombres, los alias. También sus flaquezas en la escuela, el arte en el campo de juego. Juntos descubrimos la amistad, el odio. Las primaveras carnales de algunas en su día alentaron los versos de la niñez, el erotismo adolescente. Ya son sus padres: entre semana reciben la visita del gota a gota; los viernes beben aguardiente, los domingos asean las casas al ritmo de baladas. Tienen hijos. Incluso nietos. Hoy les repiten a los vástagos la cantinela que con ellos ninguna eficacia tuvo: el valor del estudio, huir del embarazo, salir adelante. 

De entre el río de rostros —unos cuantos borroneados por el bazuco— identifico a dos. Estudié con Leonela en quinto de primaria. Ella, mayor un par de años, lucía entonces una falda de infarto, un desenfado sexi. Me gustó su nombre antiguo, la manera de besar a los mayores oculta en los rincones del patio escolar. Hace nada la vi con su hija y la nieta. Da pasos sin garbo: como a mí, la vida le pasó por encima, la trituró. Víctor ha sido celador, cajero en un asadero de pollos, domiciliario. Fuimos amigos en los primeros grados del colegio. Su madre murió, él quedó al cuidado de una tía y la abuela. Pasamos tardes enteras frente al televisor, enganchados a las series animadas de los canales peruanos —Frecuencia Latina, América—. Cuando vencemos las prevenciones para charlar unos minutos, noto su asombro por mi soltería. Los temas de la plática se evaporan pronto: el silencio incomoda. Haru y yo seguimos la ruta. 
 


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