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Opinión / SEPTIEMBRE 15 DE 2022

Cuando mueren los admirados

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Justo cuando terminaba de leer el domingo pasado un reportaje acerca del nuevo documental de Fernando León de Aranoa sobre Joaquin Sabina, se me cruzó la noticia de la muerte del novelista Javier Marías. De un obituario a otro recordé lo mucho que me costó entrar al principio en su universo narrativo, lo indigno que he sido como lector de sus novelas más monumentales −Mañana en la batalla piensa en mí, y Tu rostro mañana−, pero también rememoré el goce que me han entregado obras menos ambiciosas como Los enamoramientos y Corazón tan blanco. De esta última es ya lugar común reproducir su deslumbrante inicio que ha alcanzado la misma categoría mítica de los arranques de El Quijote y Cien años de soledad: «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados...»

El jueves pasado, mientras el mundo se debatía entre la incredulidad y la mofa por la muerte de la Reina Isabel, y por estos lares era noticia la partida del nefasto patriarca liberal culpable en buena medida del desastre político y moral que padece el Quindío hace décadas, los que crecimos en los 90 y vimos florecer la mejor época del rock en español lamentábamos la muerte de Horacio Eduardo Cantero, el hombre que decidió llamarse Marciano y componer y cantar con sus Enanitos Verdes algunas de las canciones más sonadas en la radio de entonces, y que se enquistaron en los oídos y el corazón del continente.

Por supuesto las redes se inundaron de pesar y admiración, y junto a su impasible rostro de ojos desorbitados por el aumento de las gafas se compartieron fragmentos favoritos de sus canciones, la mayoría de títulos y versos en la órbita del desarraigo y los amores frustrados de la juventud: “Cada vez que digo adiós”, “Solo dame otra oportunidad”, “Sumar tiempo no es sumar amor”, “Te vi en un tren”, “Mi primer día sin ti”, “Eterna soledad” “El día es claro”, “Luz de día”, etc.

Apartado de la estridencia y los excesos de la fama tan comunes en el rock argentino, Marciano Cantero se supo comportar como líder carismático y honesto, sin depender de atributos físicos, sin una presencia escénica avasalladora, pero sí con una voz melodiosa e inconfundible.

A riesgo de ser lapidado por los defensores de la “alta cultura letrada”, me atrevo a poner en el mismo escaño de admiración a Javier Marías y a Marciano Cantero: guardando las proporciones, ambos trabajaron el lenguaje con vocación y empeño para dar cuenta, el uno con relatos sofisticados, el otro con canciones pop, de que las pasiones son el combustible de la vida.


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