Opinión / SEPTIEMBRE 05 DE 2022

Dolor verde

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Un dolor agudo, profundo y punzante, es lo que se siente en la mitad del alma por la masacre ocurrida en el Huila, que cobró la vida de 7 integrantes de la Policía Nacional.

Es un dolor verde, que enluta el corazón y tiñe el espíritu de un color opaco e impotente… No es el vibrante de los bosques y llanos, no es el vital de la hoja del cafeto y de la guadua, no es el de las montañas que hacen parte del paisaje quindiano. Es un verde adolorido, un tono desfigurado por la angustia y el desconcierto.

Nadie debería morir de forma violenta, por ningún motivo. Ninguna persona debería perder la vida por el oficio que ha elegido tener o la misión a la que ha destinado su existencia.

Nadie, de ninguno de los bandos – ya no tendría que haberlos, deberíamos ser uno solo, un solo cuerpo de colombianos, enamorados de la familia y de la patria y comprometidos con su futuro –. Nadie debería perecer, fuera cual fuera su uniforme, porque la única piel que debería cubrirnos a todos debería ser la tricolor, en la cual el rojo tendría que ser solamente un homenaje a los héroes que ofrendaron su vida por la independencia y la soberanía… tendría que ser una memoria del pasado, solamente.

Se sigue derramando sangre ¿la causa? ¿Qué tan relevante puede ser? ¿De qué le sirve al hijo que jamás verá a su padre de nuevo, escuchar una explicación sobre las razones de una masacre – absurda como todas –, cuando lo único que entiende es el frío de la ausencia? ¿Para qué querrá una viuda, cuyo corazón cae roto en mil pedazos, escuchar argumentos que “explican” la muerte de un amor que no estará? ¿Qué consuelo le dará a una madre o a un padre que ha perdido a su hijo, a su orgullo, oír sobre situaciones que en nada alivianan su ser destrozado y su dolor sin nombre?

Nadie más debe morir, ninguna otra bomba debe detonar, ningún otro fusil tendría que disparar, ninguna sonrisa se debería apagar, ninguna vida tendría que terminar así. Porque ella es sagrada y cada ser humano, piense como piense, merece existir, retornar a la tibieza de su hogar y al abrazo de los que ama.

Son hermosos los homenajes, es bello tener junto a la fotografía del hijo, esposo y padre, el rótulo de héroe que (involuntariamente) “ofrendó” su vida por la patria, sin embargo, sería mejor que siguieran presentes y que esas manos que activaron el artefacto explosivo, estuvieran disponibles para estrechar a otras, en un gesto de reconciliación y paz.

Duele nuestra Policía y más duele la tierra, que tiene las entrañas saturadas de sangre, que no quiere recibir más a sus hijos de esta manera.

Seguro que ella desearía mejor ser depositaria de semillas, ser labrada por manos trabajadoras –no homicidas–, ser regada por el agua de la lluvia y sentir florecer en su vientre, toda clase de árboles, flores y frutos, en lugar de seguir recibiendo cuerpos fríos y ser regada con lágrimas inocentes.


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