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Opinión / OCTUBRE 17 DE 2022

Doña cacerolina lagañín

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Cuando leí en 1973, en el viejo Rufino, Una historia vulgar, de Pablo Neruda, nunca pensé que 49 años después, la historia podría repetirse, unas cuantas Cacerolinas Lagañín, gritando con pancartas en medio de sonidos asmáticos, en contra de un presidente que lo único que quiere es que los pobres vivan un poco mejor. Las cacerolinas y cacerolinos colombianos, el 26 de septiembre, se disfrazaron de pobres, pidieron prestados a sus jardineros, zapatos viejos, camisas sudadas, y sé de un multimillonario que, para parecer un pobre auténtico, utilizó  los calzoncillos de su chofer, mientras sus hijas suspendieron sus paseos por las islas griegas, para venir a apoyar a sus papás,  porque ven amenazada una billonésima parte de  sus billones; pues un presidente que sueña con un país más humano, los va a obligar a  pagar  un impuesto justo, para que no hayan senos sin leche, madres sin techo y fogones sin brasa. La manifestación de los cacerolinos fue apoyada por Anaco, Asociación Nacional de Corruptos, Fenapococori, Federación Nacional de Pobres con Complejo de Ricos, la Apepra, Asociación de Periodistas Prepago, Asexuninogue, Asociación de Exuniformados Nostálgicos de Guerra, también la apoyaron los congresistas huérfanos del poder. Fue una manifestación muy cabal. 

Muy temprano, doña Cacerolina Lagañín, en su casa estratosfera, ordenó su jugo de naranja tangelo, un perico de huevos de pavo real y un trozo traído desde Grecia, de carne de las vacas del sol, por las cuales fueron castigados por Zeus, los hombres de Odiseo, pero que, por la actual intervención de Pluto, le es permitido este manjar, a los millonarios llamados al banquete de los dioses. Doña Cacerolina, disfrazada de pobre, se entregó en su limusina a su chofer para disfrutar de los placeres de la carne, luego fue llevada, hasta el parque nacional, donde había una congestión de carros de alta gama, dejando a los neorevolucionarios. Fue una manifestación de gente de bien, bien disfrazada de pobre, bien evasora de impuestos, y muchos, bien reseñados, y unos cuantos pobres, bien equivocados. Las hijas de doña Cacerolina, desfilaron con bolsos Wayú, y flautas compradas en un mercado de pulgas en la base de la torre Eiffel. Doña Cacerolina, a las tres cuadras de la caminata, ya se quejaba de las ampollas, y deseaba estar tomando té con Pepita Mendieta. La manifestación no tan numerosa, se disolvió según Tola y Maruja, cuando un gracioso, gritó. Ahí viene la Dian, y otro advirtió de la presencia de la DEA. 

El gobierno del cambio incluye también el cambio de roles, ahora los multimillonarios desfilan como pobres, las cacerolinas quinceañeras no caminan por Champs Elysées, sino con mochilas Wayú hacía la plaza de Bolívar, los uniformados de ayer hoy son la primera línea de los revolucionarios de caviar. Quienes no cambiaron fueron los pobres que se siguen creyendo estrato seis, y doña Cacerolina Lagañín, que, según Neruda, después de la manifestación, “encumbrada el trono de su plata, regresa a los brazos de su jardinero, a gastar bien, su tiempo y su dinero”.


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