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Opinión / FEBRERO 01 DE 2024

Educación y sentido común

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Indagado por su opinión sobre la gran cantidad de recursos que existen hoy en día para que los padres sepan cómo afrontar la labor de educar a sus hijos más allá de las aulas, el filósofo y pedagogo español Gregorio Luri exponía hace algunos años la idea de una especie de “neurosis” de los padres jóvenes a los que, en cuanto a la responsabilidad frente a la formación de sus hijos, no les basta con hacerlo bien, sino que «quieren hacerlo pluscuamperfecto».

Aunque podría pensarse que este fenómeno aplica solo para familias de estratos altos, en las que podría haber mayor preocupación y compromiso con la educación de los hijos, la situación es generalizable a la educación pública y privada en todos los niveles, con los matices propios que imponen las brechas culturales y socioeconómicas, y la ya ineludible cuestión tecnológica, que para Luri es la detonante de las más persistentes preocupaciones. «Estamos envueltos en una cultura tecnológica que nos viene a decir que para cada problema hay una respuesta concreta, exacta y precisa», nos dice. La situación se complejiza cuando pretendemos que lo humano opere de igual manera que lo tecnológico. «…hay muchísimos medios relacionados con la educación que nos están bombardeando continuamente con mensajes del tipo “Las cinco cosas que has de hacer para…”, “Las tres cosas que has de evitar para…” En la cultura tecnológica actual estamos envueltos de la fe de que hay respuestas técnicas para los problemas humanos, y las cosas no van por ahí», señala. 

Como escenarios en constante diálogo y transformación, los de la educación y la tecnología someten a quienes estamos dentro de su campo de acción a la incertidumbre de no poder seguirles el ritmo, pues sus avances superan nuestra capacidad de entendimiento y asimilación. Así, entre la “neurosis” de querer hacerlo todo perfecto, la búsqueda incesante de respuestas y soluciones totales, y el vértigo de la tecnología y la virtualidad, hay un factor clave que se ve menoscabado cuando debería ser el fundamento de cualquier acción educativa por parte de estudiantes, docentes y, principalmente, de los padres de familia. Me refiero al sentido común, acerca del cual nos dice Luri: «Es urgente salir en defensa del sentido común, que lo que supone básicamente es pedir a los padres que tengan confianza en sí mismos, que claro que se van a equivocar, como se equivocaron nuestros padres y como se equivocarán nuestros hijos, pero es que la vida humana es eso».

La tensión entre lo humano y lo tecnológico en el campo de la educación abre la puerta a un sinfín de preocupaciones válidas que deben ser atendidas responsablemente, y asumidas como oportunidades de mejora por todos los que intervienen en el sistema educativo, desde los formuladores de las políticas públicas, hasta los padres de familia, siempre con la consciencia de que educar implica, entre muchas otras cosas, lidiar con el azar y la incertidumbre de la vida, y que pretender encontrar fórmulas mágicas solo puede conducir a desencuentros y frustraciones.  


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