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Opinión / DICIEMBRE 01 DE 2011

Educar para acoger y respetar

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La xenofobia, el racismo, la islamofobia, el antisemitismo, la homofobia, los integrismos y neofascismos, junto a otras manifestaciones de intolerancia, emergen en el viejo continente “ilustrado”. Anders Breivick (Oslo) puede ser un anticipado despertar de células durmientes, alimentadas desde internet, que esperan sus momentos críticos sociales ante la voracidad de una crisis económica alentada por ese ultraliberalismo depredador que se nos disfraza de “mercados”.

Decía Jacques Delors, en su Informe Unesco para el siglo XXI, que “la educación encierra un tesoro”, a lo que habría que añadir, a la vista de los acontecimientos, que, además, es en donde descansa el futuro de la humanidad. Su objetivo era impulsar el compromiso mundial por hacer de este valor superior de nuestro ordenamiento jurídico, como explicita el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea y otra normativa internacional, un principio político que deben aplicar los estados democráticos y una exigencia a asumir por sociedades y personas.

Educar para la no se debe confundir con concesión, condescendencia, indulgencia o cualquier otra manifestación relativista frente a la violación de la dignidad de la persona y sus derechos humanos que son universales, es decir, irrenunciablemente para todos. Muy al contrario, la Unesco establece como significado del valor de la tolerancia “el respeto, aceptación y aprecio de la rica diversidad humana, supone armonía en la diferencia y es la responsabilidad que sustenta el pluralismo”. Significa aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, situación, forma de expresarse, comportamiento y valores, tienen derecho a vivir en paz y a ser como son, siempre sobre la base de la preservación inalienable de la dignidad de la persona y sus derechos humanos.

Es un deber de los estados democráticos promover la tolerancia y corresponde a las instituciones públicas prevenir la intolerancia, contrarrestar las influencias que conducen al temor y a la exclusión del otro, de los demás, ayudando en especial a los más jóvenes a desarrollar la capacidad de juicio independiente, de pensamiento crítico y un razonamiento ético. En un mundo donde las intolerancias emergen y acompañan a la explotación y a la rapiña depredadora por las riquezas naturales, la discriminación, el odio y la violencia motivadas por negación de la diversidad, por doctrinas de superioridad que impiden la libertad e igualdad de los diferentes, educar para la tolerancia no sólo es un deber moral, jurídico y político. Es también un requisito existencial de la humanidad.

Hemos visto reaparecer la persecución de los gitanos, el odio al inmigrante, la intolerancia frente al musulmán, el antisemitismo, la homofobia y la negación de la identidad sexual; el ataque a las minorías religiosas, étnicas y lingüísticas, las agresiones a grupos vulnerables como a personas sin hogar, la violencia e intimidación de las personas que ejercen su derecho de libre opinión y expresión. Hemos visto, parafraseando a Victoriano Cremer, “el rebrote de los tiranos, de los envilecidos que aspiran a raer de la faz de la tierra a los diferentes, a los distintos, a los negros, a los amarillos, a los gitanos, a los judíos, a los que aparecen sin la marca de fábrica de sus creencias, a los que no conocen los signos del idioma, a los que cruzan por sus territorios de caza, a los que nos piensan como se establece en las definiciones, a los que dicen. Y muera el que no piense igual que pienso yo”.
 

Esteban Ibarra
Columnista invitado


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