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Opinión / OCTUBRE 13 DE 2022

El eco de las bibliotecas

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La palabra biblioteca tiene eco incorporado. Pero no el eco que se estrella en las paredes de una estancia vacía y se pierde en el aire, sino el que resuena con delicadeza en nuestros oídos, nos estremece el corazón y deriva en ideas, sentimientos, relatos e interacciones. Cada vez que la pronunciamos aflora un mundo de significados y posibilidades para entendernos y proyectarnos como sujetos sociales y culturales, consumidores y depositarios de información, ávidos de las historias, los versos y el conocimiento que esta inigualable institución alberga. Decir biblioteca es entonces nombrar y reconocer no solo un lugar, sino un dispositivo clave en el desarrollo sociocultural de nuestras comunidades.

Biblioteca y bibliotecario son sustantivos, pero también entrañan acción. Palabras que se mueven y movilizan. Por supuesto el eco y la capacidad dinámica de ambas palabras dependerá de quién las pronuncie, qué énfasis les imprima y las emociones que median al decirlas. A propósito del poder del decir y de las emociones que también movilizan y propician transformaciones, esta idea de Viviana Mazón Zuleta en el libro 1,2,3 por el Elefante en la sala: «Cuando decimos hacemos que ciertas cosas pasen, y lo que decimos depende de las emociones que nos habitan, por ello para construir memoria, para soñar un mundo y una vida sabrosa, digna, justa, es necesario que reconozcamos las emociones que nos impulsan y también las que impulsan a otros, reconocernos es el primer paso para transformar-nos».

¿Cuáles son los ecos necesarios de estas dos palabras? ¿En dónde resuenan o deberían resonar con más fuerza? Esto dependerá de quién las pronuncie. Cuando la palabra biblioteca es dicha por un niño o una niña resuena un eco de imaginación y alegría lectora recién descubierta; cuando es un adolescente quien la pronuncia, en el aire revolotean la curiosidad, la amistad y el ansia de la aventura posible al iniciar un libro, más si es compartido; si es de la boca de un joven estudiante universitario de donde sale, se percibe la pulsión investigativa y el ánimo por aportar ideas y talento a la comunidad. En la voz sosegada y dulce de los abuelos, la palabra biblioteca tiene resonancias de memorias individuales y colectivas, de relatos orales que se comparten en familia y son el vehículo de la sabiduría que es patrimonio de los pueblos.

En cuanto a la palabra bibliotecario, vibra todavía con más fuerza y humanidad al ser reconocida y pronunciada en todos los contextos de su acción transformadora. Quien dice bibliotecario dice primero que todo ser humano recargado de sensibilidad; quien dice bibliotecario dice líder sociocultural; quien dice bibliotecario dice promotor de ideas e impulsor de proyectos; quien dice bibliotecario dice forjador de sensibilidades y acompañante de sueños; quien dice bibliotecario dice guardián del patrimonio y conocedor de la historia y el devenir de su comunidad; quien dice bibliotecario dice dador de lectura, información y conocimiento, y por tanto artífice de alegrías y nuevos caminos para transitar acompañados; quien dice bibliotecario dice finalmente, y con profunda gratitud, amigo.


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