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Opinión / SEPTIEMBRE 29 DE 2022

El poeta detrás de cámaras

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cuando ‘Chinga’, el líder descalzo de la banda de rapazuelos adictos al pegante en La vendedora de rosas pronuncia una de las frases emblemáticas de la película −¿Pa´ qué zapatos si no hay casa, pa´qué hijueputas?−, los espectadores podemos apreciar no solo la gracia y la paradoja de lo que dice el personaje, sino el hálito poético del lenguaje crudo que atraviesa toda la cinta y que, en sintonía con la mirada hipersensible de su director y la estética del desamparo y la decadencia propuesta, componen la singularidad y potencia que la ubican entre las grandes producciones del cine latinoamericano en el último cuarto de siglo.

La semana pasada Víctor Gaviria estuvo en el Quindío invitado al Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales en sus 15 años como proceso cultural y educativo alrededor de la lectura, la escritura y la difusión literaria. Ya en otras ocasiones había participado del ciclo audiovisual del Encuentro y esta vez, además de estar presente en un cine foro en el que se revisitó Rodrigo D. No futuro, su ya clásico primer largometraje, compartió en otro espacio para hablar de su faceta como escritor, esto a propósito de la reedición de su libro Al fin de cuentas el campo no es tan verde.

Los inicios de toda actividad creativa y artística suelen ser azarosos, estar marcados por la incertidumbre, los fracasos y la frustración, pero también por la confraternidad, la complicidad y el empuje de quienes comparten los sueños y el anhelo de crear. La principal virtud del libro Al fin de cuentas el campo no es tan verde −editado originalmente en 1983− es la de presentarnos la voz y la mirada de un joven Víctor Gaviria que empezaba a afinar su pulso narrativo y poético escribiendo pequeñas crónicas personales y memoriosas para la revista Acuarimántima. publicación que desde la primera mitad de los 70 convocó a algunos de los poetas y creadores de Antioquia que más adelante alcanzarían visibilidad nacional con sus obras. Además de José Manuel Arango, Elkin Restrepo y Juan José Hoyos, en Acuarimántima coincidió un poeta de gran singularidad que sería clave en la formación de la sensibilidad de Gaviria hacia la ciudad, sus calles, sus rincones marginales y el lenguaje de los desposeídos: Helí Ramírez.

«Helí era un muchacho de barrio, de comuna… Lo de Helí es una voz de barrio, directa. No una traducción ni alguien que hace de puente… es el barrio directamente hablando», enfatizaba Víctor Gaviria en una entrevista reciente recordando al poeta que se convertiría en uno de sus grandes amigos y al que vería partir en 2019. Leer algunos de los poemas de Helí Ramírez es ver en el papel la bella y elocuente incorrección del lenguaje de los personajes de Rodrigo D. y La vendedora de rosas, seguir el rastro de su desasosiego como en estos versos que se preguntan «Manos para qué si no tengo cabeza / Cabeza para qué si no tengo una idea. / Y para qué ideas. ¿Para más confusión…?».


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