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Opinión / DICIEMBRE 03 DE 2023

En defensa de la changua

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

A Víctor, el changüero mayor

Huevos y alcohol

Recuerdo el día en el que un querido amigo logró la hazaña de alimentar a un ejército de universitarios enguayabados con cuatro mil pesos. Por esos tiempos, el salario mínimo era de $433.700, los invito a sacar cuentas. Estábamos pelados. «Pidamos arroz chino», propuso uno, «hagamos vaca». Todos nos miramos con lástima. La noche nos había golpeado mortalmente las finanzas. Mi amigo, al que llamaré Miguel, hizo un llamado a la calma: «¿Cuánto tenemos?» Cada uno revisó sus bolsillos y logramos reunir, a duras penas, 4.200 pesos. «Listo, con  esto yo me invento algo». Agarró la plata y salió de la casa hacia la revueltería del barrio. «¿Puedo acompañarlo?», le pregunté con más curiosidad que solidaridad. «Claro, Jorgito, camine», me dijo en su tono capitalino.

Una vez en la tienda, empezó a echar cuentas. Le alcanzó para cuatro papas, cinco huevos, un manojo de cilantro, un cubo de caldo de gallina y un tallo de cebolla larga. «Con esto tenemos», afirmó temerariamente. Volvimos a su casa. En la nevera tenía una bolsa de leche empezada, una papa maltrecha y un huevo sospechoso. Sacó una olla, la más grande que tenía, y la llenó de agua. La puso en la estufa y prendió el quemador. Lavó, cortó y agregó los tallos de cebolla larga. Peló y cortó las papas en láminas delgadas, y también las sumergió junto con el caldo de gallina. Agregó sal. Le sumó los cinco huevos. Picó el cilantro finamente. Diez minutos después sacó y botó los tallos deshidratados de la cebolla, apagó la estufa y sirvió nueve platos de encantadora sopa caliente. A cada uno le puso un chorro de leche y cilantro encima. Ese día, Miguel nos dio más que el desayuno, nos alimentó el alma.

La modestia hecha sopa

Desde ese instante soy defensor de la changua. Amante de su modestia, de su comunismo del bueno.  La considero el caldo hippie, la alternativa a «no quiero nada». La comida para gente sana que puede disfrutar el enfermo. Mis papilas reciben cada cucharada con gratitud y ternura. Cuando pido un plato en un restaurante en el que los meseros llevan corbatín, el paladar se me pone en modo Gordon Ramsay porque sé que cada centavo debe pagarse con calidad. Con la changua, en cambio, soy blandengue, flexible, alcahuete. Le perdono que esté medio insípida, que no me haya tocado ninguna yema o que no lleve pan o tostada (con el cilantro es otra historia). La changua está al alcance de todos los bolsillos: siempre podremos permitírnosla a no ser de que se extingan las gallinas, los extraterrestres abduzcan a todas las vacas o que un meteorito caiga exactamente encima de Boyacá. Es nutritiva, tiene pocas grasas saturadas, mínimo colesterol, muchas proteínas y vitaminas, y ninguna grasa trans. La changua es la sencillez encarnada, la Keanu Reeves de las sopas. Vive para recordarnos que la felicidad está en las cosas simples.


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