Opinión / JULIO 15 DE 2022

Entre cachiporros y godos

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Casiano y Baltazar, buenos amigos a pesar de todo lo que los separaba, nacidos en la misma comarca, pertenecientes a la misma clase social; únicamente diversos en lo corporal y de pensamiento político diferentes.

Baltazar, liberal radical, intolerante, dogmático, nervioso, extrovertido, locuaz, optimista, franco, arbitrario y ateo. En su concepto, la justicia, había sido hecha para favorecer a sus partidarios y oprimir a sus contrarios políticos. Proclamaba la igualdad entre los hombres, si eran liberales, ya que los conservadores, en su sentir, correspondían al reino animal. La concordia solo podía existir a su juicio, entre los miembros de su partido, porque los del contrario debían ser tratados como bestias feroces. Y en materia social consideraba que el gobierno estaba obligado a suministrarles pan, techo, educación, salud, vestuario y diversiones a los liberales – y solo a ellos -, a cambio de sus votos. Solía decir que todos los males del país se remediarían y se solucionarían todos los problemas el día en que los cachiporros llegaran al poder.

Casiano, conservador, calculador, hipócrita, desconfiado, malicioso, enamorado, beato y godo de tracamandaca, amaba el orden, aunque profundamente desordenado, celoso defensor del sacrosanto derecho de la propiedad privada, si bien jamás tuvo ninguna, adepto al principio de autoridad, pero aplicada por regímenes conservadores. Su filosofía política la resumía en dos fórmulas: “El poder es para poder” y “cada alcalde manda en su año”. Detestaba la libertad y la democracia, porque la primera – según decía – degeneraba en el libertinaje y la segunda era una farsa. Calificaba de petardistas a los políticos de izquierda.

Creyente convencido en materia religiosa. Cuando sentía hambre y no la podía satisfacer, se consolaba diciendo: “No solo de pan vive el hombre” y esperaba encontrar en el cielo todos los que el sistema capitalista le había negado en la tierra.

Cumplía a su manera, el precepto de: “Amaos los unos a los otros”, ya que amaba a los unos (los godos) como así mismo y odiaba a los otros (los cachiporros) como el diablo a la cruz. Añoraba las hogueras de la inquisición para “los cachiporros masones”. Se confesaba y comulgaba todos los primeros viernes, pero el sábado reanudaba sus actividades pecaminosas con renovado entusiasmo, pues pensaba, que: “El que reza y peca, empata”.

Por los tiempos de 1917, Colombia, una república teocrática, medieval y rural, compuesta por una alta sociedad, conformada por damas presuntuosas, ataviadas con sombreros de plumas y señores de cubilete y sacoleva, que se llamaban a sí mismos “distinguidos caballeros” y la de abajo, compuesta por “guaches” de ruana y “guarichas” de pañolón y alpargatas. Un país gobernado por políticos de pensamiento dogmático, poco conocían los principios de un estadista, pero si recitaban poemas como: “Anarkos”, “Cigüeñas blancas” y “San Antonio y el Centauro” y discurriendo apologías de los ídolos de su filosofía política.

El pueblo raso, vehementemente defendía sus filosofías políticas, de conformidad al momento de dominio político, siempre referían: ¿Estamos en una democracia o no estamos? ¡Ahora si le toca al pueblo!, gritaban los partidarios del nuevo poder, pero los adversarios perdedores, contestaban: ¡al pueblo nunca le toca! Se preguntaban: ¿Quién va a ganar? Y discutían: “¡El que escruta, elige”!
Fuente: Álvaro Slom Becerra. El pueblo nunca le toca. Edit. Tercer Mundo. 1979


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