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Opinión / SEPTIEMBRE 01 DE 2022

Eso que se extraña

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

«No se puede volver a un lugar porque querés oír silbar a la gente», dice el personaje de Martín, que interpreta Federico Luppi, en la película Martín Hache, del argentino Adolfo Aristarain. El pasaje se da mientras observa, junto a Dante (Eusebio Poncela), el video de despedida de su hijo, Hache, que ha decidido dejarlo y regresar intempestivamente de Madrid a Buenos Aires. La emotividad de la escena, en la que se resuelve la tensa relación padre-hijo, se acentúa con la mención de las cosas que ambos extrañan de su ciudad: Hache extraña los techos −aunque feos−; Martín extraña el silbido de la gente que va por la calle. Clásico del cine argentino contemporáneo, la película dibuja con precisión un mapa del extrañamiento, de la natural circunstancia de no pertenecer ni encajar en ningún lugar, ni siquiera en ese territorio seguro que se supone es la familia.

Irse –de un lugar, de una relación− es a veces también resignarse a extrañar, aprender a convivir con el anhelo de volver, por lo menos mientras el tiempo y el olvido hacen su parte. En ese tránsito habrá dolor y desasosiego, por supuesto, pero la vida continúa y se aprende a no persistir, a liberarse del peso de lo que no pudo ser más por las circunstancias que hayan tenido lugar, por injustas o difíciles de comprender que sean.

Pero apartándose del drama y las amarguras que suponen las rupturas, las partidas y las despedidas, a veces extrañar es también una forma de reafirmar nuestra sensibilidad más allá del sentimiento amoroso. Hay muchas cosas que se extrañan con cierto regocijo, con una nostalgia moderada que es un acicate para sonreírle a la vida.

Acaba de terminar agosto y de seguro muchas personas −me incluyo− echaron de menos los vientos y el cielo despejado surcado por cometas. Los caprichos de la naturaleza, las alteraciones climáticas y los fenómenos cíclicos componen escenarios y situaciones que pueden estar entre los más susceptibles de extrañarse y causar extrañamiento. Durante una parte de mi infancia viví en una finca a la orilla de un río y aun extraño el rumor de la corriente en la noche y el olor a lodo cuando bajaba la creciente en invierno. Lo olores mezclados de guayaba madura, lodo y boñiga de vaca cerca a una quebrada a la que iba a pescar sabaletas con amigos de la adolescencia hacen parte de esos recuerdos que se “desbloquean” cada tanto y que hacen inevitable extrañar esa época de despreocupación y felicidad.

Extrañar lo que sabemos que volverá es una forma de dosificar la felicidad. Las tardes de cerveza y buena conversación con amigos; el deleite en el paladar y la saciedad que nos deja la comida favorita también compartida con amigos −sushi, pasta, pizza…−; la lectura de ese pasaje del cuento o novela a la que llegamos espontáneamente, o por alguna recomendación, y se convirtió en favorito; y los versos o la melodía de la canción que tarareamos o escuchamos silbar en la calle.


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