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Opinión / MARZO 02 DE 2023

Historias “incorregibles”

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Cada tanto los delirios de la corrección política y los rancios moralismos se ensañan contra la literatura, pretendiendo arrebatarle los rasgos de libertad y subversión que le son propios. En las últimas semanas el mundo de las letras se ha sacudido ante la evidencia de que la editorial inglesa Puffin ha intervenido las historias de Roald Dahl para suprimir palabras y pasajes que, a su juicio, resultan ofensivas. Reescribir las obras de uno de los más grandes autores de la literatura infantil y juvenil para adaptarlas a las ridículas tendencias de los tiempos que corren es, además de aberrante e irrespetuoso, un lamentable caso de censura, en este caso con la cuestionable anuencia de los herederos del autor.

En uno de los ensayos de su libro Sombras, censuras y tabús en los libros infantiles, el escritor e investigador venezolano Fanuel Hanán Díaz se detiene en algunos de los aspectos de la corrección política en la literatura infantil y juvenil, fenómeno de larga data en nuestras sociedades. Señala Díaz: «Muchos contenidos provistos de una carga histórica peyorativa comienzan a ser cuestionados, especialmente por el lenguaje, que ahora se hace más limpio y preciso. Frente a ello, crece una forma de censura, que pone el ojo en el discurso literario y gráfico para la infancia: desaparecen alusiones sexistas o racistas, las puntas de las espadas se suavizan, los personajes que aparecen fumando o tomando alcohol se eliminan en las nuevas ediciones, las malas palabras se tachan, bajan las telas de los vestidos, las pieles se broncean, los fenotipos se diversifican… y como consecuencia de estos cambios, la lupa de la censura no se hace esperar y se establecen códigos para aceptar libros publicados.»

El caso de Roald Dahl coincide por estos días con la buena acogida que ha tenido la versión que del clásico Pinocho, de Carlo Collodi, ha hecho el director mexicano Guillermo del Toro. Aparte de la deslumbrante animación en stop-motion, entre los aciertos del guion están el ubicar la trama en la convulsa Italia de las primeras décadas del siglo XX, en pleno reinado del fascismo, lo que le permite al director acentuar y matizar la carga dramática de la historia. Pero, sobre todo, a la versión de del Toro se le agradece apartarse de la fórmula sensiblera y tendiente a la moraleja de Disney. Así, aunque el carácter de musical resulte empalagoso en algunas secuencias, y el final pueda llegar a ser decepcionante, el tratamiento a los rasgos característicos de la marioneta −ser díscolo y decir mentiras− resulta aleccionador sobre lo que le compete a los buenos relatos: mostrar el mundo y sus seres –reales o ficticios− con sus miserias y complejidades, resaltando lo que de poético hay en las tragedias y el dolor, sin enjuiciar, sino más bien permitiéndole a los lectores dudar de todo y cuestionarse, como cuando Pinocho le pregunta en la iglesia a Geppetto por qué todo el mundo “quiere” a la figura de Jesucristo, que también es de madera, y no a él.


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