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Opinión / ENERO 18 DE 2024

La escritura de la naturaleza

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Aunque no con la frecuencia que deberíamos, en algunos momentos nos detenemos a leer la naturaleza. Con más o menos precisión desciframos los múltiples códigos y mensajes que se configuran en el paisaje, los seres y los elementos a nuestro alrededor. Así, los árboles y el viento, las montañas y los ríos componen lenguajes y gramáticas particulares que nos permiten establecer con ellos una relación dialógica, que trasciende lo contemplativo, en la que nuestra sensibilidad se agudiza para percibir su majestuosidad y belleza. 

Esta interacción dialógica y simbólica con la naturaleza ha alimentado desde los orígenes de las civilizaciones a los creadores de todas las disciplinas artísticas. Desde las pinturas rupestres que daban cuenta de las jornadas de caza, pasando por las crónicas de indias en las que se relacionaban los descubrimientos de la flora y la fauna en el nuevo mundo, las odas y puestas en escena donde las deidades zoomorfas y los elementos eran recreados y exaltados, hasta la moderna escritura naturalista y el documentalismo fotográfico y audiovisual, el ser humano ha procurado retratar, contar y poetizar la naturaleza. 

Así se han afianzado entonces los lazos entre naturaleza y cultura, a tal punto que se ha vuelto inexcusable abordarlas conjuntamente en la planeación de las políticas públicas en todos los niveles. Con fundamentos filosóficos, sociológicos, éticos y culturales incorporamos el cuidado, disfrute y explotación de la naturaleza y sus bondades a las agendas políticas de nuestras sociedades. 

En ciertas tradiciones literarias, la escritura naturalista, la que da cuenta del asombro y fascinación frente a lo que encontramos en el entorno, ha alcanzado desarrollos notables, propiciando fenómenos estéticos y editoriales de gran impacto y difusión. El siglo XIX norteamericano, pródigo en obras y autores de las más variadas tendencias, vio aflorar la mirada, el pensamiento y la pluma de dos figuras emblemáticas de la nature writing: Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau. 

Contemporáneos, amigos y provenientes ambos del estado de Massachusetts, dedicaron buena parte de sus vidas a la observación y la escritura naturalistas, además de representar la corriente filosófica del trascendentalismo, la cual, entre otros postulados, promovía una especial relación con la naturaleza. 

Agudas, ejemplares y vigentes, sus ideas han acompañado en buena medida el desarrollo de las corrientes ecologistas de los siglos XX y XXI. Sus obras se siguen editando y leyendo con el deleite y la reverencia que merecen los clásicos, esos libros que, como afirmaba Calvino, otro amante de la naturaleza, «nunca terminan de decir lo que tienen que decir.»

«¿Dónde se encuentra la literatura que dé expresión a la naturaleza?», se pregunta Thoreau en su ensayo Caminar. En sus páginas qué duda cabe, en las de Emerson, Whitman, Neruda y otros tantos que, como ellos, apostaron por detenerse a leer la naturaleza en todo su esplendor para recrearla y enaltecer con el lenguaje sus colores, sonidos, olores, texturas y misterios. Repasar sus páginas siempre nos dará elementos para abordar con asombro renovado las de ese inagotable libro que es la naturaleza. 
 


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