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Opinión / ABRIL 19 DE 2023

La felicidad de llegar a la cima

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Estando con mis amigos en la cima de la montaña del valle de Cócora, comiéndome un huevo cocido con banano, experimenté una de las sensaciones de felicidad más intensas de mi vida. Esta sensación de plenitud donde me sentía lleno de mariposas en el estómago y con una cantidad de bienestar que se hace indescriptible, me hizo pensar en muchas cosas que me vuelven un ser más feliz y que disfruta más de lo sencillo de la vida.

Subir a una montaña y perderme en el bosque, asumiendo los retos del río, el clima, el camino y, por ende, las necesidades que pueda tener mi cuerpo es una de las experiencias que más disfruto en esta época de mi vida. Cuando empecé a tener esta disciplina me dolían las rodillas y me cansaba, en ese momento pensé que no podía permitir que mi cuerpo se envejeciera prematuramente por mi culpa y mi falta de movimiento, por lo que decidí moverme y hacer de ese movimiento una experiencia placentera, pensaba que lo importante no es vivir más, sino tener esa vitalidad por más años y que el dolor, el cansancio y los límites los había impuesto mi mente desde algunas creencias aprendidas tal vez por medio del discurso de mi cultura o familia en el proceso de crecimiento. 

Lo cierto es que en mi familia no encontraba referentes de disciplina deportiva, ni de movimiento que me permitieran haber tenido una idea de esto mucho antes para disfrutarlo, y solo repetía algunos patrones que me llevaban al sedentarismo. 

Este gran reto se convirtió en un proceso mucho más habitual, acompañado de otros como el entrenamiento físico de fuerza en el gimnasio y caminatas al caer la tarde, todo esto permitió un encuentro conmigo mismo donde no solo estaba generando un movimiento placentero, sino también permitiéndome entrar a mi mente para revisar procesos, experiencias, interacciones y por supuesto derivar mi ego siendo algo más que solo yo en la montaña, logrando entender el dolor físico y aprovechando cada momento para comprender que la felicidad no es solo un cúmulo de químicos en mi cerebro, ni mucho menos una emoción o un sentimiento efímero. 

Tal vez al comprender esto pude encontrar más esa felicidad como estado o como la constitución de mi propia energía, ahora cuando llego a la cima no me encuentro solo con una creencia o un proceso químico, me encuentro con la felicidad que viene de entender que existir es el camino hacia un propósito más consciente, que simplemente ser, es algo que nos puede llenar de satisfacción y que estar ahí es una oportunidad de entender que estoy vivo, que puedo moverme, que puedo contemplar una cima llena de belleza, que puedo tener más comunión con la energía del bosque y que esa integración con lo sencillo y natural me hace ser más feliz que en cualquier sitio del universo.


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