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Opinión / FEBRERO 03 DE 2022

La mirada de ellos

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Siempre ha habido perros en la casa. Algunos se murieron de viejos, otros han sido sacrificados por enfermedades degenerativas. Hasta donde me alcanza la memoria, han sido parte de mi familia los dóberman Casandra, Bruno y Polo; Manuela la rottweiler; Lulú la pincher; el inteligentísimo schnauzer Tyson —adoración de la abuela—; los enormes fila brasilero Yaco y Draco; Salma la pitbull y su hija Greta; Gitana la criolla; Brandy, hembra de pastor alemán y su camada de ocho cachorros, de los cuales nos quedamos con Igor, que aún me acompaña.  Con 10 años, Igor ha empezado a perder vitalidad, pero conserva el brillo de nobleza en la mirada y la forma de menear la cola de alegría. De todos los que lo precedieron, recuerdo la mirada y el movimiento de la cola. Hago una pausa en estas líneas y lo observo por la ventana. Me mira. Pienso que en la mirada y en la cola de Igor se concentran la inocencia, la nobleza, la inteligencia y la alegría de todos los otros. 

En tiempos de tristezas e incertidumbre, poner nuestra mirada y pensamientos en los animales que nos rodean siempre será estimulante. Tanto los domésticos como los silvestres tienen mucho para mostrarnos −enseñarnos− sobre la vida, y por muy normal que desde hace siglos sea su presencia a nuestro alrededor, siempre tendremos algo por descubrir con ellos, algo que nos confronte y nos ponga a pensar. 

Husmeando en los anaqueles menos consultados de la Biblioteca Pública de Calarcá encuentro el libro Mirar, del crítico británico John Berger. En el primer ensayo, “¿Por qué miramos a los animales?”, leo: «El animal “completa” a su amo, ofreciéndole respuestas a ciertos aspectos de su carácter que, de no ser así, no se verían confirmados. Puede ser para su animal lo que no es para nadie ni para nada en el mundo. Mas aún, el animal puede estar condicionado a reaccionar como si él también reconociera esta situación. Es como un espejo en el que se reflejara una parte, nunca reflejada, de su dueño. Pero, puesto que en esta relación ambas partes han perdido su autonomía (el dueño se ha convertido en aquella-persona-especial-que-sólo-es-para-su-animal, y este ha pasado a depender del amo para todas sus necesidades físicas), ha quedado destruido el paralelismo de sus vidas separadas». Somos pues uno solo con nuestra mascota, sea perro, gato, conejo, cerdo, gallina o lora, y en su mirada hay mucho por descubrir(nos). 

Pensando en la mirada de Igor, que es la de todos los perros que han pasado por mi vida, recuerdo y busco estas palabras del escritor Francisco Umbral en uno de sus brillantes artículos: «Que dulce curiosidad en la mirada del perro, que añosa gravedad, que dignidad de persona que no tienen las personas. No hay entre las especies, y menos en la humana, un ser capaz de mirar así, con tan respetable interrogación, con ese brillo de amistad que hay al fondo de sus ojos… Hace falta mucha humanidad para mirar como mira un perro».


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