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Opinión / FEBRERO 25 DE 2024

Las cenizas de Nariño

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Comenté en mi columna anterior la vida atormentada de Antonio Nariño bajo crueles suplicios, hasta terminar sus días, enfermo y abatido, en Villa de Leiva. El escritor Jorge Ricardo Vejarano relata paso a paso el tránsito del prócer por los tormentosos caminos que tuvo que recorrer, y deja en el ánimo del lector un sabor amargo por tanta vejación y tanta injusticia. Puede pensarse que con su muerte cesaron el odio y el vilipendio de que fue víctima, pero no fue así. 

Veamos ahora la dura historia que surgió con sus restos. Antes de expirar, pronunció estas palabras lapidarias: No tengo que dejar a mis hijos sino mi recuerdo. A mi Patria le dejo mis cenizas. Pero la Colombia de entonces, manejada por fuerzas adversas a sus ideas y su carácter, no pudo entender la grandeza del héroe. No hubo decreto de honores del alto gobierno ni acuerdo del cabildo de su ciudad nativa honrando su memoria.     

Frente a esa atmósfera de apatía, que al mismo tiempo lo era de desprecio, sus hijos se propusieron realizar las exequias solemnes en la catedral de Bogotá, y para el efecto contaron con el sacerdote Francisco José Guerra de Mier para pronunciar la oración fúnebre. El acto quedó previsto para el 13 de febrero de 1824, dos meses después del deceso. Pero tres días antes, el presbítero envió una carta a la familia informando que desistía de su compromiso debido a amenazas que había recibido.  

Antonio Nariño y Ortega, hijo del Precursor, fijó la carta en las calles principales de la capital, y las honras fúnebres fueron suspendidas. El biógrafo Vejarano hace en su libro esta anotación: “Santander era el presidente de la República. ¿Por qué enmudeció, por qué desapareció en el preciso momento en que era necesario atajar la villana afrenta, hacer abrir amplia calle de honor para que pasara el recuerdo del prócer?”. 

Sus cenizas fueron trasladadas de un sitio a otro en la iglesia de san Agustín de Villa de Leiva. En 1835, su nieto, el general Ibáñez, llevó la urna funeraria a Zipaquirá y la dejó en manos de Mercedes, su madre, que allí residía. En 1873, llegó la urna a Bogotá y quedó bajo el cuidado de su nieto. En 1885 –62 años después del fallecimiento–, el héroe continuaba insepulto. 

Resuelve entonces el general Ibáñez llevar los restos consigo en un viaje que realizó a Jamaica. En Colón, Panamá, un ciudadano español se robó la urna, creyendo que portaba un tesoro. Fue recuperada, pero por poco desaparece entre las llamas de un incendio que ocurrió en el puerto. Los restos regresaron a Bogotá, y en 1907 se depositaron en la capilla de la Virgen de los Dolores de la catedral. En 1913, fueron retirados de la capilla y trasladados al monumento que allí mismo se levantó. Pasaron 90 años en este peregrinaje que parecía no tocar fin. 

El eterno prisionero que evoqué en mi artículo anterior se convirtió en el eterno viajero a quien se le cerraban todas las puertas. Pero la Historia certera, tras esta larga cadena de infortunios, le abrió al fin –y ya para siempre– las puertas de la gloria y la inmortalidad. 
 


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