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Opinión / OCTUBRE 03 DE 2022

Las gónadas del papa

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El salvador en nuestra literatura fantástica, antes de emprender su viaje para estar al lado de su padre, hizo papa a Simón con el nombre de Pedro, es decir, fundó su iglesia sobre una roca. Entre el primer y  el último papa, todos los escándalos, complicidades y crímenes han sido a lo largo de dos mil años, la sombra asombrable, en la iglesia que fundó Cristo. El último papa, Francisco el jesuita, me atrevo a decir que tiene las gónadas bien puestas, el mero hecho de que condene y luche con todo su poder, contra  el abuso sexual a los niños, dentro de la iglesia, lo hace para mí un hombre de respetar. Pero no son de estas gónadas de las que voy a hablar. Cuenta la historia que alrededor de los años 856, aunque lo niega la iglesia, el papa Juan VIII dio a luz un niño, en plena procesión desde San Pedro, hasta el complejo de San Juan de Letrán, la multitud lapidó al papa Juan VIII, que resultó ser la papisa Juana, una mujer de una inteligencia superior, y un amor a cristo, que la llevaron a ser elegida papa, cuando fungía como hombre en los tiempos en que el conocimiento le estaba vedado a las mujeres. Los concurrentes a la procesión, entre ellos curas, obispos y cardenales consideraron el parto de Juan VIII como una obra del demonio y con la expresión “O Deus, quia non auxilium” permitieron que  Juana y su hijo fueran asesinados a piedra por la multitud. En medio de las piedras y su angustia, la papisa estiraba los brazos solicitando a su hijo, al que nunca pudo ver.

Cronistas de todas las épocas han afirmado la existencia de la papisa, y la iglesia siempre lo ha negado. Tal vez la alusión más importante la hizo Tolomeo de Lucca, discípulo de Santo Tomás de Aquino, en su historia eclesiástica le confiere el título de  Juan VIII y afirma que fue el papa 107 en la línea papal. A la existencia de la papisa aluden en sus escritos Rabelais y Bocaccio, y tal vez la más importante, Elisabeth Gossman, discípula de Ratzinger quien habla del escándalo de un papa mujer.

Para que no volviera a suceder, a quien fuera elegido papa, lo sentaban en una silla con un hueco en la mitad, para que un diácono de confianza después de palparlo exclamara “Tiene dos testículos y  cuelgan bien”, a lo que los presentes respondían “Deo gratias”. Hoy está en desuso dicha práctica, y la silla se encuentra en el museo de Louvre, después de que Napoleón saqueara los estados pontificios.

Hacía mucho tiempo, que en el Vaticano se necesitaba un papa que no solo las tuviera, sino que las tuviera bien puestas. Para bien de la humanidad y especialmente de los niños y niñas, Francisco, a diferencia del cómplice Juan Pablo II, trata hoy de poner orden en los testículos pederastas que desde los altares han asolado a la niñez del mundo.


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