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Opinión / JULIO 04 DE 2019

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En 2014 viví uno de los momentos más decisivos de mi vida adulta. Fue un choque, como pasar de un chorro de agua caliente —vaporosa— a uno de agua helada —gélida—: ese cambio brusco que corta la respiración, aunque este en particular, fue, también, doloroso. No fue una experiencia física, un ataque, un abuso, nada de eso, pero sí descansa todo en el contexto de la violencia.

 

Conocí a una grandiosa escritora, Gabriela Alemán, que hoy es una amiga muy querida. Ella conversaba sobre un libro suyo en el Encuentro de Escritores Luis Vidales, cuando de repente, comenzó a enumerar algunas escritoras que leía, admiraba y recomendaba. De repente, hice algún tipo de regresión, buscando respuesta a una pregunta que no quería hacerme, a una pregunta que no quería formular, me avergonzaba: no había leído mujeres.

Desde que tengo memoria, los libros y la lectura han hecho parte de mi vida, las bibliotecas de mi abuelo, mi mamá leyéndome, una amiga suya que me leía en otros idiomas cuando era muy pequeña y, tal vez, el punto de quiebre para consolidar mi calificativo como lectora para el resto de mi existencia: un concurso en quinto de primaria, quien leyera más libros ese año se llevaba un premio al final del curso. Soy competitiva a muerte. De esta manera, con once o doce años, leí 34 libros y, aunque no me entregaron ningún premio, ese hábito se afincó en mí, la avidez y el amor por leer pasó a ser algo definitivo, decisivo y necesario.

Pero, y acá viene lo alarmante, desde eso, hasta 2014, no había leído libros escritos por mujeres —Harry Potter, pero nada más—. No había leído mujeres. ¡¿Qué había pasado?! ¡¿Por qué era posible esto?! ¿Por qué en el colegio no nos pusieron a leer algún libro escrito por una mujer? ¿Por qué en las bibliotecas de mi abuelo no había mujeres? ¿Por qué nadie me había recomendado un libro escrito por una mujer? Y, lo peor, ¿por qué no había caído en cuenta antes de que no había leído nunca a una mujer?

Desde ese momento, me embarqué en la empresa de leer, casi de manera exclusiva, mujeres. Pero fui más ambiciosa, mujeres que escribieran, de preferencia, en español y que estuvieran vivas. Creo que ha sido la decisión que más ha enriquecido y conmovido mi vida. Adentrarme en la literatura de estas mujeres contemporáneas alteró mi forma de percibir el mundo desde lo más fundamental. No soy la misma persona que era antes de ellas.

Además de la experiencia que es leer a cada una, viene consigo la dificultad de conseguir sus libros. Casi todos son publicados en editoriales independientes y extranjeras, así que también son costosos. Muchos los tuve que pedir a otros países o aprovechar algún viaje para adquirirlos. Pero todos estos esfuerzos confluyen satisfactoriamente en ellas: Lina Meruane, Gabriela Alemán, Guadalupe Nettel, Ana Paula Maia, Fernanda Trías, Romina Paula, Selva Almada, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin, Carolina Sanín, María Gainza, Claudia Hernández, Valeria Luiselli.


Sara Giraldo Posada


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