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Opinión / ABRIL 25 DE 2024

Lugares hechos de palabras

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Entre los “lugares comunes” de la literatura y de los temas que son motivo de conversación para los lectores, está el de las obras en las que nos gustaría “quedarnos a vivir”. Porque leer es también una búsqueda constante de territorios que nos acojan, a los que entramos por diferentes puertas y que vamos construyendo con las palabras que nos ofrecen los autores, y la inestimable ayuda de nuestra imaginación: así de maravillosa y colaborativa es la literatura. 

Un especial reciente de la revista virtual W Magazín recopilaba «los lugares imaginarios más fascinantes de la literatura». Desde la Isla de Utnapishtim en la Epopeya de Gilgamesh hasta la escuela de magia Hogwarts de Harry Potter, pasando por la Atlántida, la Ínsula de Barataria, Narnia, Comala y Macondo, entre otros; se trata de un itinerario que daría para años de lecturas-aventuras. 

Dice la nota introductoria del artículo: «Hay lugares que están contados desde dentro y otros desde fuera. Hay territorios con vida propia, con sus fronteras e incluso idiomas, y otros que van libres de linderos y los completa la imaginación del lector. Hay espacios que nacen y terminan en esas historias y otros que dejan sus puertas abiertas para vagar por el Tiempo. Hay predios más realistas y otros más fantasiosos, pero todos verosímiles.»

Verosimilitud es esa palabra clave que sella la transacción entre el autor y el lector, y que le permite a este último disfrutar sin prevenciones de los mundos posibles que se erigen desde las páginas del libro y se completan en su cabeza. Con geografías y arquitecturas particulares, son mundos de atmósferas legendarias donde el espectro de lo posible es mucho más amplio que en la limitada realidad. Territorios que a muchos nos gustaría recorrer de la mano de los héroes que los pueblan y pasar temporadas que nos permitan vivirlos, sentirlos, padecerlos.

Pero también están los lugares mínimos, los espacios domésticos que en principio puede que no revistan mayor espectacularidad o sean paradigmas de lo mitológico y lo legendario, pero que, según la historia que transcurra en sus coordenadas, pueden ser inolvidables. Así, en sintonía con la popular frase de León Tolstoi «Describe tu aldea y serás universal», encontramos autores especialistas en la arquitectura y el ambiente de los lugares modestos, y que pueden, con pocas palabras, construir estancias y rincones de gran potencia narrativa: un taburete junto al fogón de leña en la cocina de una finca; corredores con baldosas de arabescos y materos de peltre; billares bulliciosos y barras de bares melancólicos; ventanas con alféizares donde acodarse a ver la vida pasar; callejuelas estrechas en un pueblo de montaña; esquinas de barrio en ciudades grises y tediosas; atrios de iglesias donde los parroquianos se engolosinan con el pecado del chisme antes de confesarlo.     

La realidad es imperfecta y la literatura nos ayuda a ordenarla y darle sentido. En los lugares que se construyen con palabras, la vida es más intensa y el tiempo es menos tirano. Con cada página la existencia se prolonga. 
 


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