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Opinión / ABRIL 15 DE 2024

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De niña siempre me llamaron por mi primer nombre. Mayra, Mayra, Mayra, repetían mi mamá, mis compañeros de colegio y los amigos del barrio. No me disgustaba, pero había algo en ese nombre que incomodaba. Papá también me decía Mayra, pero a él le sonaba distinto. Incluso ahora, cuando estoy cerca de los 30 y casi nadie me nombra de esa manera, él se mantiene: “Hola, May”, dice en sus episodios de tranquilidad. 

Recuerdo que en el colegio, cuando escribía mi nombre en los exámenes de biología o español, me causaba escándalo la ‘y’ y su falta de armonía. Me resultaba una intrusa que se erguía justo en la mitad de la palabra. A veces, para solucionarlo, la reemplazaba por una i. Maira. Sí, se veía mejor. Sin embargo, la victoria era fugaz pues algún profesor se alarmaba por el cambio y ordenaba: “Ovalle, escriba bien su nombre”. 

Cuando salí de Ibagué y llegué a esta ciudad en la que nadie me conocía, me di cuenta de que tenía una oportunidad: era el momento de elegir el nombre que me gustaba. Rápidamente, me presenté como Alejandra con todas las personas con las que me crucé. Me gustaba decirlo y deletrearlo: abrir la boca, subir y bajar la lengua, detenerme un poco para saborear cada sílaba. 

Ese primer nombre –al que miro con sospecha– solo existe para mi padre, algunas tías y mis hermanas. Anoche, después de cuatro años, volví a ver a una de ellas y me tomó por sorpresa su saludo: “¡Mayra, ¿qué másssss?”, chilló. Hubo desconcierto. Qué extraño sonó ese nombre. Me sentí tan alejada, tan distanciada de aquella versión de mí misma que dudé de si la bienvenida era para mí. 

Más tarde le di vueltas al asunto. ¿Qué me llevó a esa fractura? ¿Fue tan profundo el cambio? Creo que sí. No fue insignificante llegar a los 18, iniciar una nueva vida y asumir mi segundo nombre, uno que resultaba cómodo. Aquel cambio, tan mínimo, marcó una encrucijada en el mapa de mi vida. Entonces, recién me había mudado a Armenia para construir un hogar y una vida familiar de la que, desde mi experiencia –en el que la familia era un lugar seguro y tranquilo conformado por mamá y tía–, nada sospechaba. 

Si me detengo, parece simbólico. Fue el inicio de la adultez, así como el origen de lo que soy. Este manojo de incoherencias, esta mezcla de sensibilidad, autosuficiencia, temor, severidad y blandura. 

Reviso el pasado. Dos personas distintas habitaron este cuerpo. De Mayra lo que queda es poco y profundo. Los rezagos de la infancia: el entendimiento y las primeras experiencias del mundo, el sentido de la vida, los vínculos con los otros. Qué decir de Alejandra, la cercanía me obnubila. Qué difícil escribir sobre uno con la claridad que da verse desde afuera. Cuesta narrarse en tercera persona. 

No sé para qué le doy vueltas a todo esto. Tampoco por qué lo pongo en palabras. ¿Qué contar? ¿A dónde quiero llegar? ¿Qué busco entender? 

Escribir es una cárcel. Uno nunca escribe lo que quiere.


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