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Opinión / NOVIEMBRE 13 DE 2023

Mujer insatisfecha busca…

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En mi columna anterior, traté sobre la desnudez de mujeres despampanantes como Mónica Belluccí, Flora Martínez, y la embragadora Sonia Braga, vistas sin la morbosidad del espectador, sino a través de la mirada de los personajes. Hay otro tipo de cine de desnudez, encaminado a resarcir a la mujer. Un director con la misma mirada, pero con un estilo diferente, es el italiano Tinto Brass, discípulo de Roberto Rossellini; elogiado en todos los festivales europeos, la Paramount le ofreció la dirección de La naranja mecánica, la que declinó.   Brass evolucionó del cine pornográfico al cine erótico, cine de alta calidad como lo muestran algunas de sus películas que van desde Calígula, de la cual renegó, hasta Los burdeles de paprika. Llamado el Antonioni de los setentas, ha dirigido a actores de la calidad de Franco Nero y Vanesa Redgrave. El cine de Tinto Brass es un cine provocador con estéticas imágenes intimistas de alto contenido erótico. Las sensaciones despertadas en el espectador por los desnudos de los personajes de Tinto Brass, son diferentes a las despertadas por películas como Malena, Lolitas club, o Gabriela clavo y canela, pero el hilo de la película lleva a que al final de esta, el espectador vea a los personajes, con la mirada del director.  

Los burdeles de Paprika, de Brass, reafirman mi convicción de que las mal llamadas putas, no son más que esclavas sexuales. La hermosísima (Devora Caproioglio) Paprika, joven campesina, debido al amor que profesa por su novio Rocco (Stéphane Ferrara) se convierte en “prostituta”   para salvarlo económicamente. En la prostitución la joven campesina descubre los placeres ignorados y se convierte en la reina de los prostíbulos que va recorriendo en su carrera decadente. Paprika busca escapar de la prostitución, en la que más se hunde gracias a su insatisfacción por la incapacidad sexual de los hombres que solo ven un cuerpo, pero no a la mujer. Paprika, de alguna manera me recuerda a Madame Bovary, una mujer adelantada a su época, deseosa de disfrutar su mundo íntimo, pero incomprendida por la pequeñez de los hombres que la rodearon.

De Paprikas y Emas Bovary, está lleno este mundo, lo mismo de hombres incapaces de comprender la esencia femenina, debido a que han convertido a la mujer en un ánfora donde depositan su pegajoso e insatisfecho líquido masturbatorio. Los burdeles de Paprika, es una elegía, al derecho que tiene la mujer a encontrarse a sí misma, de encontrar su camino de placer, de satisfacer sus deseos, a pesar de la ilusa subyugación sexual a la que es sometida por el macho “satisfecho”. Con la linterna de Diógenes, deambulan por el mundo millones de Paprikas, en prostíbulos o en sus casas, con machos de una noche o con sus flamantes maridos, pero con la misma insatisfacción, y deseosas de encontrar en su propia cama o en cama ajena, un hombre capaz de salir con ellas, del escolasticismo sexual. Las mujeres como las guitarras solo entregan sus secretos a quien las sabe tocar.


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