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Opinión / MARZO 03 DE 2022

Reencuentros

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Ocurre que no somos los mismos de la primera vez. Me refiero a cuando releemos un libro, volvemos a ver una película o una obra de teatro, o repasamos algún álbum de un artista o agrupación favorita. En el amplio y complejo mundo del consumo cultural y la apreciación de las artes hay dos realidades contrapuestas, pero consustanciales a nuestra condición humana: siempre volvemos a donde hemos encontrado satisfacción, y nuestra capacidad de emocionarnos varía con el paso del tiempo. 

El caso de la relectura siempre ha sido motivo de reflexión, desde los abordajes eminentemente prácticos, hasta las miradas desde lo simbólico y metafórico. En lo concerniente a las lecturas y relecturas que compartimos con los pequeños, la investigadora española Elisa Yuste refiere, según algunos estudios, que «los niños aprenden más palabras nuevas si se les leen los mismos cuentos en repetidas ocasiones que si se les leen cuentos diferentes, aunque contengan el mismo vocabulario». De manera que al volver a leerle a la niña o al niño esa historia que ha escuchado decenas de veces estamos activando la capacidad de conocer e indagar el mundo a través del lenguaje, pero también permitiéndoles reconocer y apreciar las palabras en su individualidad, aisladas de una estructura sintáctica, lo cual me parece clave para engancharlos a la lectura, pues antes que el libro están las palabras, y enseñar a los pequeños a atesorarlas es sembrar la semilla de un amor para toda la vida. 

Para el lector adulto las implicaciones de la relectura, cuando se hace por placer, estarán asociadas indiscutiblemente a las experiencias infantiles y juveniles. Si se tuvo la fortuna de contar con una voz que nos leyera de pequeños, habrá en algún rincón de nuestra mente un recuerdo que se “desbloquea” al volver a esas historias o esos versos. Podríamos decir aquí que toda relectura es un retorno al lugar seguro y feliz de la infancia, al momento en que descubrimos que las historias y los libros serían compañía y refugio perdurables.  

«Releemos gratuitamente, por el placer de la repetición, por la alegría de los reencuentros…», dice Daniel Pennac en su ensayo Como una novela. ¿Y con qué nos reencontramos al releer? Nos reencontramos con palabras o versos que nos deleitan con su sonido y sus colores. Nos reencontramos con voces, descripciones y escenas que nos estremecen. Nos reencontramos con tramas que ponen a prueba nuestra comprensión y al final nos dejan extasiados. Nos reencontramos con personajes que podemos amar u odiar, pero jamás dejarnos indiferentes. Nos reencontramos con todas las emociones que puede suscitar la historia, sean positivas o negativas. Nos reencontramos con ese autor al que le permitimos entrar a nuestra vida con sus palabras, sus tramas, sus mundos, que hacemos propios en cada relectura. Nos reencontramos con el olor a tinta y papel, y la sensación irremplazable de tener el libro en las manos y pasar sus páginas. También nos reencontramos con los lectores que hemos sido, pues después de cada lectura no somos los mismos.


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