l
Opinión / ENERO 06 DE 2022

Salir de la vida

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En estos días de finales y comienzos, de balances y propósitos, pienso en las personas que han salido de mi vida, aquellas que por uno u otro motivo no he vuelto a ver. Son rostros y nombres que a veces espejean en la memoria o me asaltan en los sueños. La maestra Noemí que con paciencia irrestricta me enseñó a leer; los grandulones que en los patios de la escuela conspiraban para gastarme bromas que me dejaran en ridículo delante de las niñas; las niñas que me gustaron, pero a las que nunca dirigí la palabra por timidez; amigos y compañeros de estudio y trabajo; amores e ilusiones ingratas; desconocidos con los que cruzamos palabras en una sala de espera o en la fila de un banco; don Jesús el tendero; don Alfonso el cacharrero; Horacio el conserje del colegio; la loca Mira… Algunos de ellos sé que ya murieron, de otros no tengo la más mínima idea: irremediablemente salieron de mi vida.  

Entrar y salir de la vida de alguien es una realidad cotidiana que revela la volatilidad de nuestro comportamiento como seres sociales. Por supuesto no es algo condenable, y más bien podría decirse que hacerlo de manera consciente funciona como mecanismo de bienestar y supervivencia: cuando nos agobia la soledad abrimos la puerta de nuestra vida y echamos mano de todas nuestras habilidades para socializar, aquí entran en juego las estrategias para “romper el hielo” a la hora de entablar conversación, las cuales indiscutiblemente requieren de talento y un poco de suerte. A veces un simple “hola” y la pregunta por la hora pueden ser el inicio de una amistad entrañable o de un idilio de telenovela; otras veces ni la “labia” más convincente surte efecto. De otro lado, cuando una persona se hace indeseable − ¿tóxica? − cerrar la puerta de nuestra vida es lo más conveniente, sin importar los dolores que esto conlleve. Sí, sacar, cortar, desaferrarse de las personas duele, pero son actos que curan y liberan. 

En el mundo de la virtualidad, donde todo es acelerado y efímero, las personas entran y salen de nuestras vidas con abrumadora “promiscuidad”, y el socializar es cada vez más un juego, un ejercicio de los dedos pulgares. Damos clic para enviar, aceptar o rechazar solicitudes de amistad; los algoritmos nos dicen que hay personas que “quizás conozcas”; nos “encanta” la felicidad y la buena fortuna de los amigos, pero también nos enerva la suerte de los farsantes y el éxito de quienes consideramos que no lo merecen; nos detenemos en el perfil de fulano o fulana para enterarnos qué ha sido de su vida; “stalkeamos”, chismoseamos, navegamos en un mar de apariencias; hay quienes no pueden aceptar más solicitudes de amistad, pero el algoritmo nos da la opción de “seguirlos”. Ya todo eso, que hacemos desde una pantalla que nos cabe en el bolsillo, también es la vida. De ella saldrán y entrarán muchas personas, algunas se quedarán felizmente en nuestra cabeza y corazón. Feliz año, amables lectores.     


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net