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Opinión / DICIEMBRE 11 DE 2023

Saló. La grandeza de Pasolini

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Quiero terminar este ciclo de columnas sobre las distintas miradas de la desnudez en el cine, escribiendo sobre uno de los mejores cineastas de la historia, el malogrado Pier Paolo Pasolini a quien Átropos, la parca griega, vestida de Pelosi,  le corta los hilos de la vida, en forma tempranera. El polifacético Pasolini, con toda la influencia del marqués de Sade, antes que la parca lo señalara con el dedo, alcanzó a terminar su película Saló, los últimos ciento veinte días de Sodoma. Película prohibida en muchos países, difícil y asqueante para unos, bellísima y conmovedora para otros, es una discutida película, en la cual, con imágenes descarnadas, incluyendo la desnudez, el director italiano, nos muestra los lados más turbios y abyectos del ser humano. No podemos resaltar ningún aspecto de la película, sin caer en la liviandad del análisis. El sadismo, la sodomía, la coprofagia, el masoquismo tienen que verse como un todo, como una alegoría del mundo ocupado por los nazis. Al contrario de la desnudez vista en Malena, Lolitas club, Gabriela clavo y canela, Los burdeles de Paprika, Orquídea salvaje, y El artista y la modelo, la desnudez en Saló, nos atormenta, nos produce pesar y repulsión, y quisiéramos estar en la república de Saló, y como la parca Átropos, cortar los hilos de la vida del presidente, el duque, el obispo y el magistrado, que dan rienda suelta a su más baja y tenebrosa condición humana. La película al mejor estilo de Dante Alighieri está dividida en cuatro secciones, el anteinfierno, el círculo de las manías, el círculo de la mierda, y el círculo de la sangre.  Al final del recorrido por esos inframundos, donde ocurre todo lo peor y perverso que usted pueda imaginarse, como  servir en manteles la mierda de los jefes, tener que comerla y  luego comerse sus propias heces, llegamos al epilogo, que es una metáfora no solo del Saló ocupado por los nazis, sino del mundo actual, donde ocurren los peores genocidios, las peores masacres,  como la del pueblo palestino, a los ojos de un mundo que ante la irracional y desenfrenada ira del poder, cierra los ojos y baila al ritmo  de los Bad Bunny y las Vichota. En la saló de Pasolini, Mientras se subyuga al ser sometiéndolo a los más impensables y oscuros actos de degradación, los guardias insensibles, cómplices, conformes, desde las torres de vigilancia, miran la belleza del horizonte y solo aspiran a bailar con sus mujeres, cuando regresen a casas, sus valses favoritos, mientras tanto bailan entre ellos en sus torres donde el sonido de los valses ahoga los gritos angustiados en los patios de la fortaleza. Al igual que en el mundial de Argentina 1978, los gritos de los goles apagaban los gritos de dolor de los torturados de la dictadura militar. 

Pasolini, entendió cuál es la función del arte, y si este no sirve para dignificar al ser humano, sino para cantarle a los atardeceres, no sirve para nada. 


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