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Opinión / ABRIL 15 DE 2024

Señorita Gilberta, papa Juan VIII

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A escondidas aprendiste a leer, y a escondidas leías La odisea, pero tu padre, predicador religioso casi te mata porque según la iglesia, eso era influencia del demonio, “Que aprendas a leer, es contra la naturaleza, y es obra del diablo”, gritaba tu padre.

No sé cómo llamarte, si papa Juan VIII o papisa Juana, como te reconocen Bocaccio, Rabelais, y Elisabeth Gossman, la historiadora discípula de Ratzinger, o como Gilberta, tu probable nombre verdadero. Lo cierto es que debido a la iglesia, para poder estudiar las sagradas escrituras, cambiaste de nombre y de vestimenta, e ingresaste como hombre al monasterio benedictino. Gilberta, tu inteligencia siempre estuvo por encima de la opacidad mental de los religiosos del siglo IX, lo que te granjeó gratuitos enemigos, pero a pesar de ellos, tuviste un ascenso vertiginoso en la jerarquía eclesial.

Querida Gilberta, o papisa Juana o Juan VIII, la iglesia al descubrir tu verdadero sexo no pudo aceptar que como mujer estabas dotada de pensamiento, y que tu ansiedad de conocimiento nada tenía que ver con el demonio. En tu caso, tu inteligencia y sabia interpretación de las escrituras, te llevó a ser papa, pero tu esencia de mujer te llevó a ser madre, y pariste con dolor en una procesión, camino a san Juan de Letrán. La escasa materia gris de la clerecía dedujo inmediatamente, que el hijo de Gerold tu escudero, era obra del diablo, en el fondo sabían que no lo era y te lapidaron, porque la iglesia no podía aceptar que una mujer fuera inteligente, y menos que pudiera interpretar las sagradas escrituras. Del cielo llovieron piedras que acabaron con tu vida y la de tu hijo, en un escarmiento público, para que ninguna mujer en el futuro se atreviera a creer que podía pensar, y tenían que seguir condenadas a ser para siempre seres menores.

Gilberta, la iglesia niega que sucediste al papa León IV, y te borró de su memoria, pero no pudo borrarte de la historia de la humanidad. Tu pecado fue ser mujer y más inteligente que ellos. La iglesia que te lapidó nunca cuestionó a papas con verdaderos pecados, como a Baldassarre, el papa pirata, asesino del Mediterráneo que extrañamente gobernó la iglesia con el nombre de Juan XXIII, o a Juan XII, el porno papa, que copulaba sobre la tumba de san Pedro, en aquella época ninguna niña se dejaba ver en público por temor a ser desvirgada por el papa copulador. La iglesia nunca ha tachado a Borgia, Alejandro VI el de las fiestas de las castañas, orgías con niñas y niños para deleite de obispos y cardenales, y que preñó a su propia hija, ni tampoco ha tachado a tanto criminal vestido de papa, que tiñó de sangre los santos cielos. A esos papas, querida Gilberta, o Juan VIII, el hecho de ser hombres los salvó de las piedras sagradas y las llamas del infierno, pero a una persona sabía y decente como usted, la iglesia la condenó por el hecho de ser mujer.

Querida Gilberta, saluda de mi parte a Eugenia de Roma.
 


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