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Opinión / MARZO 16 DE 2023

Sobre lo que no fue dicho

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Con el auge de la “literatura del yo”, “autoficción”, o la más genérica denominación de “literatura testimonial”, pareciera que para los escritores la pregunta obligada ya no es “¿qué tanto de autobiográfico hay en su obra?”, sino “¿cómo hizo para contar tanto sobre su vida?”. Esta pregunta podría tener decenas de variaciones, algunas más o menos quisquillosas, pero seguro todas mediadas por la infaltable curiosidad hacia lo íntimo que nos asiste a los lectores. También podríamos hablar de “morbo” o “sed de chisme”, pues a la idea ya común de que todos los escritores son mentirosos se suma la de que todos los lectores somos “chismosos” consuetudinarios.

Nuestra pulsión lectora encuentra pues en buena medida justificación en la natural inclinación a estar enterados para tener algo que contar, más si es sobre alguien a quien conocemos o está en el espectro de personas a las que distinguimos por una u otra razón. En ello radica, creo, la popularidad de los relatos con sustrato testimonial que hoy por hoy se leen con avidez y son merecedores de reconocimientos y análisis críticos. Además de estar concebidos desde la primera persona y ahondar en las facetas más íntimas y a veces oscuras de los narradores-protagonistas, en algunos casos el magnetismo que provocan se sustenta también en la sutileza de su lenguaje y en las virtudes poéticas de sus líneas.

Dentro de las obras de esa estirpe que en los últimos años han merecido la atención de los lectores, la novela Lo que no fue dicho, de José Zuleta Ortiz, ocupa un lugar notable. Surgida de la inevitable necesidad de contar cuando se ha sumado mucha vida, se ha perdido lo que se tiene que perder, y se ha afinado la sensibilidad y pulido el lenguaje en función de narrar con la mayor belleza y precisión posibles, la obra de Zuleta entraña las virtudes de lo testimonial, pero también los buenos oficios de un narrador avezado que con el mejor pulso construye un entramado donde la acciones y las metáforas conviven con tal naturalidad que impulsan el avance del relato, con buen ritmo, pero sin artificios ni estridencias retóricas, marcando el proceso de transformación del personaje que busca cruzar dos historias que, por azares de la vida, se vieron distanciadas: la de su madre y la suya propia.

Saldar cuentas con la memoria y recrear las relaciones con su mamá, su papá, su abuela y sus hermanos en clave de indagación de hombre maduro, curioso, sin idealismos, dramas ni rencores, es algo que el autor logra con mucha solvencia. Pero también se trata tramitar deudas de gratitud con otros personajes −algunos anónimos, otros reconocidos− que a lo largo de la vida aportaron en la construcción de la identidad humanista, de hombre sensible a la belleza y a la crueldad del mundo. Igualmente, asistimos en sus páginas al surgimiento de la vocación literaria, que se afianza con la escritura de las primeras entradas de un diario, pero, sobre todo, con la devoción por la lectura.


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