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Opinión / JUNIO 27 DE 2019

Subrayar los libros

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Le presté un libro muy querido a una amiga, una noche, después de unos vinos. Es una novela divina de Guadalupe Nettel que trata sobre una joven que deja su país natal para estudiar una licenciatura. La verdad, más allá de la historia, que es lo suficientemente satisfactoria para recomendar el libro —con toda la responsabilidad que esto representa— el asunto es otro. Cuando lo recibió, le dio una ojeada y me reclamó que el libro estaba “muy rayado”. 

Sí, tengo una manía desaforada por subrayar y anotar mis libros. Me gusta destacar frases o fragmentos que me atraen, me chocan, me llenan. Me gusta anotar las reflexiones que surgen a partir de eso. Me gusta indicar referencias ocultas que solo existen en mi mente, pero que parecen tan evidentes. Por supuesto, todo esto es en extremo circunstancial, es decir, según lo que esté viviendo, pensando, estudiando o sintiendo, subrayo apartes o anoto reflexiones. Esto jamás trasciende, es un juego conmigo misma. 

Como madrugo bastante, alcanzo a tomar un café en casa, con tranquilidad, antes de salir a enfrentar el exterior. Así, muchas veces leo las noticias mientras lo hago, otras, cada vez con más frecuencia, leo poesía y, excepcionalmente, tomo algún libro ya leído y busco mis garabatos, o mis ‘tratados filosóficos’ escritos en las márgenes de las páginas. 

Siempre me sorprendo de lo que encuentro, bien sea porque me parece tonto lo que escribo, porque me sigue pareciendo atinado, porque no recordaba que hubiera pensado eso o porque no entiendo a qué me refería. Claro que, termino, y esto es lo más importante, transportándome con la selección de las frases al momento de mi vida en que las marqué. Es llamativo ese viaje, así como la introspección que conlleva. Se empieza a notar cómo nos reconfiguramos y cómo nos parecemos extraños nosotros mismos. “Yo soy otros”, decía algún autor. 

Ahora, desde la perspectiva externa, es decir, una cosa es que nosotros analicemos nuestros propios apuntes, pero otra muy diferente es que otro lo haga. Resulta uno expuesto, por lo menos me pasa a mí. En esas páginas quedan plasmadas las intervenciones más íntimas que se pueden hacer, es el fuero interior en su máxima expresión, es un diálogo con uno mismo. De manera que es un choque cuando alguien se refiere al fragmento que de nosotros dejamos plasmado en el libro. 

 A pesar de esto, parece que siempre estamos dispuestos a esa publicidad de nuestro interior, con tal de compartir una historia, un autor, con tal de poder dialogar con alguien sobre el mismo libro que nos marcó. Qué paradójico todo: pasar de la agenda íntima a la pública para poder conectarnos con otro utilizando la literatura. Esto no aplica para los puristas que prefieren contemplar la virginidad inmaculada y bicolor de sus libros, vaya uno a saber qué métodos utilizan. 

Días después, mi amiga me envió la foto de alguna página de mi libro, con una línea vertical, que demuestra la importancia de un fragmento grande, y tres corazones que hacen juego con el margen del texto, esto era lo señalado: “Vivir sin perder, en la medida de nuestras posibilidades, la capacidad para volver a un centro desde donde se puede confiar, esperar, ser-feliz-ahora-mismo-a-pesar-de-todo, a pesar del dolor y de la certeza de que la vida es, básicamente, imposibilidad y dolor.”


Sara Giraldo Posada


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