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Opinión / SEPTIEMBRE 05 DE 2022

Tras los huesos de Lalinde

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La vida de Lalinde se volvió aire, se volvió lágrimas, se volvió flores, se volvió huesos. Los huesos de Lalinde se volvieron el aire que respiraba su madre, los pasos de sus hermanos, el dolor de su padre, y el de sus amigos. El día más amargo en la vida de una madre es cuando encuentra a su hijo muerto, no fue el caso de doña Fabiola, madre de Luis Fernando. Cuando encontró los huesos de su hijo, afirmó que ese era el día más hermoso de su vida. La búsqueda de su hijo duró 17 años, con sus lágrimas se hubieran podido llenar 10.000 botellas de litro. Sumados los pasos buscando los huesos de su hijo, doña Fabiola hubiera podido ir y regresar a pie 3 veces a la  Patagonia. Gastó, tras los huesos de su hijo, 204 pares de zapatos. Todas las palabras de dolor que tenía guardadas en su corazón las gastó recorriendo puestos de policía y batallones del ejército, hospitales y procuradurías, calles y defensorías del pueblo. Buscando a Luis Fernando, gastó los días que le quedaban de dolor, no de vida, esta se le acabó el día cuando desaparecieron a su hijo.

Solo cuando vi las lágrimas de doña Fabiola, que son las mismas lágrimas de todas las madres, de todas la esposas, de todos los hermanos, de todos los hijos de los desaparecidos en Colombia, entendí a Fernanda del Carpio, que andaba con los huesos de su padre, al hombro, y cuando se perdieron en la memoria de los Buendía, su cloc cloc no los dejó dormir hasta cuando los rescataron del olvido. Los huesos de un desaparecido no son un montón de fosfato de calcio y colágeno, son la razón de vivir de sus dolientes. Un amigo mío, siempre en un restaurante, pedía un adicional para su hermano, no perdía la esperanza de que apareciera, compraba una  boleta más para el cine y le guardaba su puesto, le leía en voz alta las historias de Mafalda, y le cantaba canciones de Víctor Heredia para que las escuchara en el lugar donde lo tuvieran sus desaparecedores. Uno de nuestros gritos, plenos de dolor, ira y esperanza, era, y aún lo es: “Si no aparecen los desaparecidos, que aparezcan los desaparecedores”. Con los desaparecidos en Colombia podríamos llenar 5 estadios como el Campín. Parodiando a nuestro nobel de literatura, no saber dónde están los desaparecidos en Colombia es como si desaparecieran hoy a todos los habitantes de Sincelejo. Loable labor y hay que apoyarla, la de la comisión de la verdad, una labor de humanidad, un compromiso con la verdad y el dolor, un abrazo con la muerte; la mejor reparación para las lágrimas de dolor por los desaparecidos es que aparezcan al menos sus huesos. Cuando aparecen los huesos de un desaparecido, las campanas no  tañen a muerto, repican la alegría de la humanidad y la escuchan en las profundidades de la tierra, todos los huesos que buscan la paz del cementerio.


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