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Opinión / DICIEMBRE 30 DE 2011

Tributo a Fernando Mejía García

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Esta mañana al despertarme hubiera querido que el día de ayer no hubiera transcurrido. Un sol radiante se asomaba por mi ventana y contrario a la alegría que me despierta cada día, descubría un corazón de lluvia de lágrimas incesante, así que mientras volaba a esta querida ciudad que nos vio crecer en El Nogal, decidí escribir estas palabras que muchos de los aquí presentes quisieran pronunciar.

Los amigos son los hermanos que escogemos a lo largo de la vida, son aquellas personas junto a quienes Dios nos ha permitido recorrer nuestro camino. Son quienes cuando tropezamos están dispuestos a levantarnos para continuar caminando a nuestro lado y cuando triunfamos con un sentimiento honesto y verdadero celebran nuestra dicha. Los amigos son los hermanos del alma, de los días, de las horas y minutos de la vida y eso fuiste tú, querido amigo, el testigo de las horas, de los días y los años compartidos.

Y hoy quiero repetirte algo de lo que alcancé a decirte y lo que me guardé para mañana, cuando con inmensa ilusión venía a verte… pero te anticipaste a tu partida.

Fer, fuiste un amigo ¡extraordinario!

Un ser humano maravilloso. Ese hijo que honró a su madre y que junto a ella, nuestra querida e inolvidable Amparo, amasaba la felicidad en sus manos, y eras el orgullo de esa madre, como les consta a sus amigas del costurero de Fátima.

Ese hermano de Isabel Cristina, Clara Inés y Aurelio, que más que hermano fue como su padre y quienes no lo desampararon ni un segundo en este último tramo doloroso y arduo.

Ese cuñado del Negro, que más que cuñado fue su hermano, compañero inseparable de risas, alegría y llanto.

Inolvidable cuñado de Patricia, Efraín, Fernando, Nico, Martín y Mario.

Tío inigualable de Ximena, Mónica, Catalina, María Isabel, Ana Milena, Marcela y Gabriel y Juan Guillermo su niño consentido, que más que tío fue todo para ellos y quienes eran el tema de conversación de cada día, de lo cual pueden dar fe Tizo y Gloria, también aquí presentes.

Ese amigo entrañable de huella imborrable, compañero de viaje inolvidable. Discreto, pero con la palabra precisa en el momento oportuno. Buen conversador, alegre y de sincera sonrisa. Te elegimos como amigo y como las decisiones implican renuncias, renunciamos a la crítica, pues tu respeto hacía los demás y hacía nosotros fue inmenso. Nos ensañaste a renunciar al egoísmo, convertido en generosidad por ti mismo.

Te adelantaste con tu pronta partida Fer y aunque hoy el corazón alberga quizá la tristeza más grande que he sentido en mi vida y mi ser reclama tu presencia, sólo quiero decirte en esta despedida: Gracias y buen viaje de regreso a la verdadera casa, donde Dios, la virgen, tu padre y tu madre te aguardan.

Y un último deseo: si pudiera mandar a tus palomas mensajeras, les pediría volar hasta el cielo para llevarte un te quiero y un hasta pronto amigo del alma, amigo nuestro.


María del Socorro Jaramillo Velásquez
Columnista invitada


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