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Opinión / ABRIL 27 DE 2023

Un idioma, muchas palabras

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En El profesor Zíper y las palabras perdidas, la más reciente entrega de la serie de novelas juveniles del escritor mexicano Juan Villoro, los ancianos integrantes de una maligna y delirante Academia de Control buscan desaparecer las palabras que a su juicio no deben ser usadas por la gente del común. «¡El idioma no es del pueblo, es de los expertos!», exclama uno de los antagonistas en determinado momento. Un grupo de jóvenes inquietos, un maestro que es un trasunto del mismo Villoro, Francisco Hinojosa y El Fisgón, otros dos notables de las letras mexicanas para chicos, emprenderán la aventura para, con la ayuda del profesor Zíper, hacer frente a las pretensiones de los deschavetados académicos que, paradójicamente, «vigilan que el idioma no se desquicie ni se aloque» Atravesada por lo metaficcional y con las dosis justas de humor e ironía, rasgos distintivos de la narrativa de Villoro para jóvenes, la novela propone una reflexión sobre los desafíos del lenguaje, homenajea la literatura latinoamericana y exalta uno de libros que, aunque a Cortázar le parecía un “cementerio de palabras” −como recuerda el profesor Zíper en algún momento−, sigue despertando fascinación entre los devotos de las palabras y su belleza: el diccionario. De hecho, el libro está dedicado a la memoria de María Moliner, bibliotecaria y autora del célebre Diccionario de uso del español, destacando que «hizo un maravilloso diccionario mientras zurcía calcetines. No fue admitida en la Academia, pero mantuvo vivo el lenguaje.»

Por estos días, cuando abundan las manifestaciones celebratorias del idioma y el libro, quizás una buena manera de sumarse a la exaltación de estas dos fabulosas herramientas con las que contamos como seres humanos sea detenernos en las palabras como las unidades mínimas que, antes de estar destinadas a unirse con otras para lograr los actos comunicativos, narrativos o poéticos, y antes de ser contenidas en los libros para llegar a los lectores, entrañan en su individualidad belleza y elocuencia. Como unidades autónomas del lenguaje las palabras tienen pasado, presente y futuro –«Son antiquísimas y recientísimas», dice Neruda en su célebre elogio−, y me parece que por ello siguen siendo tan importantes los diccionarios: en él las palabras tienen identidades completas, se nos presentan como “seres vivos” −«Tienen sombra, trasparencia, peso, plumas, pelos…», de nuevo Neruda−, y su taxonomía resulta cautivadora en la medida que podemos apreciar lo que las hace únicas en términos semánticos y ortográficos, y, si se trata de un diccionario etimológico, encontraremos fascinantes relatos sobre sus orígenes más remotos. A propósito de ello, es muy recomendable el trabajo del periodista uruguayo Ricardo Soca con su serie de diccionarios etimológicos ilustrados.

Atesorar palabras es un ejercicio al que todos podríamos y deberíamos dedicarle un tiempo en nuestras vidas. Copiarlas, leerlas, pintarlas, vivirlas, celebrarlas, cantarlas, exprimirlas, soñarlas, liberarlas, compartirlas, honrarlas, perderlas y buscarlas, jugar con ellas, sembrarlas y cuidarlas teniendo en cuenta que, como dice uno de los personajes de Villoro, «cada vez que alguien habla en forma apasionada, protege las palabras que está usando.»


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