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Opinión / NOVIEMBRE 10 DE 2022

Voces encontradas

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«Lo más difícil de recordar de las personas que ya no están es la voz; el físico puedes verificarlo en fotos, pero para revivir sus voces tienes que escarbar en tu grabadora interna, donde todos los sonidos de tu vida están mezclados», escribe el periodista barranquillero Adolfo Zableh en el relato testimonial Paraísos en el mar. La idea nos pone frente a la realidad de la voz −la nuestra, la de los demás− como algo distintivo, pero a la vez efímero e inescrutable cuando pensamos que es la expresión de la compleja evolución humana y el mecanismo que nos permite operaciones básicas como comunicarnos, pero también acciones sublimes como leer para otros o cantar, cuando hay virtuosismo para ello, claro.

Aunque es la compañía más fiel y persistente, la única a la que no podemos renunciar, a veces pareciera que no somos del todo conscientes de lo que encierra nuestra voz, incluyendo ese misterio que refiere Zableh de que no sea uno de los atributos que permanecen con facilidad en el recuerdo. Cómo opera la memoria frente a algo etéreo e invisible, en términos prácticos solo vibraciones y aire, es un asunto complejo y apasionante al que creo todos nos enfrentamos cuando tenemos que ubicar el registro de la voz de alguien querido que ya no está. ¿Cómo sonaba la voz de los abuelos? ¿Se corresponde el registro en mi memoria con la realidad? 

Con la voz propia sí que entramos en un terreno de curiosidades y fenómenos inexplicables. Uno que siempre me ha llamado la atención es la diferencia entre la voz en nuestros pensamientos y la que sale de nuestra boca al hablar. La que suena en nuestra cabeza, me parece, es una voz sosegada, cadenciosa y necesariamente meditativa. Pero todo cambia cuando el cerebro da la orden de abrir la boca para hablar. Es entonces cuando se hacen perceptibles los rasgos significativos de la voz −timbre, tono, volumen, etc.−, en los cuales tampoco reparamos mucho, pero que definen y marcan en buena medida nuestra identidad y carácter. Como es habitual, solo nos fijamos en esos rasgos cuando comportan una singularidad o falla: voces agudas o demasiado graves, personas que hablan con demasiado volumen o muy bajito, voces moderadamente dulces o muy empalagosas. 

Otros ámbitos en los que la voz cobra matices interesantísimos son los de la lectura y la escritura. ¿De quién es la voz que escuchamos en nuestra cabeza cuando leemos en silencio y con profunda concentración? ¿La nuestra? ¿La del narrador? ¿La del autor? Me ocurre a veces que cuando releo a autores queridos como Cortázar, Rulfo o García Márquez tengo la sensación de que son sus voces las que leen en mi cabeza, y que he interiorizado por algún video o grabación escuchada previamente. 

También se habla de que el objetivo primordial en la formación de un escritor es “encontrar una voz”, y es que para que los versos, las historias y su belleza lleguen a donde deben se precisa de una voz inconfundible. 


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